Pura casualidad – Parte cinco: Iván

Parte uno: Eva.

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Parte dos: Ana.

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Parte tres: Zaida.

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Parte cuatro: Afrodita.

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Pasó al menos un mes en el que no supe nada de Zaida. No nos llamamos por teléfono ni nos cruzamos en la Ciudad Universitaria. Preferí no preguntarle nada a Sofía sobre su amiga. Tampoco a Alfredo. De a poco me fui olvidando de ella. Solo la recordaba cuando los parientes y amigos me preguntaban, e inexorablemente se lamentaban de que hubiera dejado partir a una chica tan bella. Yo a veces también me lamentaba. Ya no recibía ningún elogio ni felicitación por carácter transitivo. Pero me bastaba recordar nuestros recurrentes silencios, y su última frase cargada de verdad y resentimiento, para convencerme que la decisión que había tomado era correcta. Aunque en los hechos, más por cobardía que por cuidarla a ella, la decisión no la había tomado yo. Están los que dejan y los que hacen todo lo posible porque los dejen. No hace falta aclarar en qué grupo estaba yo.

Una tarde Iván me llamó por teléfono. No había razón para sorprenderse. Con él estábamos casi siempre juntos: en la facultad, donde nos anotábamos para cursar en los mismos horarios; en la casa de él o en la mía, cuando nos juntábamos para estudiar; viajando en colectivo, porque vivíamos a unas cuadras de distancia; o cuando íbamos al cine o a un recital. Los pocos días que no nos veíamos, hablábamos por teléfono. Esa tarde lo noté raro. Yo le hablaba y parecía nervioso o distraído. Cuando ya hacía unos diez minutos que estábamos conversando, me dijo que tenía que contarme algo que quizás no me gustaría. Le pregunté de qué estaba hablando y me dijo: “Estoy saliendo con Zaida. Hace un par de semanas. No sabía cómo decírtelo ni cómo lo ibas a tomar.” Un frío me recorrió el cuerpo. Me quedé callado. Cuando habían pasado más de quinces segundos, me dijo: «Por favor decí algo.» Rompí el silencio y me despaché con un montón de frases sacadas del arcón de los lugares comunes. Le pregunté qué clase de amigo era, le dije que me había traicionado a mis espaldas, que en la amistad existen códigos que él no había respetado, que quién sabe desde hacía cuánto tiempo que estaba con ella. Y muchas otras cosas que ya no recuerdo. Entusiasmado la teatralización de mi enojo, luego lo insulté de las formas más variadas y, antes de arrojar con todas mis fuerzas el tubo contra el aparato, le dije que ya no éramos amigos, y que de ahora en más para mí él sería invisible.

Por supuesto con Iván me cruzaba todo el tiempo. En las clases de la facultad, en el colectivo, y en reuniones de compañeros y amigos que teníamos en común. Yo hacía lo que le había dicho que haría: no le hablaba, trataba de no mirarlo, lo ignoraba. Reconozco que, durante ese tiempo, él tuvo el cuidado de no llevar a Zaida a ninguna de esas reuniones. De privarse de exhibir la belleza descomunal de mi ex novia que, ahora, era la novia de mi ex amigo. Comencé a preguntarme si, para Iván, Zaida era algo más que una mujer muy bella. Él y yo éramos, después de todo, diferentes en muchos aspectos. A Iván tampoco le importaba demasiado la política. Él no leía demasiado y, ahora que lo pienso, sus gustos literarios estaban muy influenciados por los míos. En la música sí coincidíamos bastante; pero en esa época todos escuchábamos más o menos lo mismo. Quizás Iván no estaba deslumbrado ni obnubilado por la belleza descomunal de Zaida. Después de todo él la conocía desde hacía varios meses, y el deslumbramiento por la belleza, así como el idilio amoroso, tiene fecha de vencimiento. Quizás Iván se había enamorado de Zaida y ella se había enamorado de él.

Decidí llamarlo por teléfono y terminar con el conflicto artificial que había generado. Le dije a Iván que no le guardaba rencor, que él sabía que nunca había estado enamorado de Zaida, y que mi enojo estaba más emparentado con el orgullo que con el dolor. Que le pedía disculpas por los insultos que le había dicho aquella tarde, y que si él quería volveríamos a ser los amigos de siempre. Iván me dijo que no podía estar más contento. Propuso que al otro día, a la salida de la facultad, nos fuéramos a tomar unas cervezas. Y así quedamos.

Al día siguiente yo salí un rato antes. Quería probarme unas zapatillas que había visto en un negocio a unas cuadras de mi casa. Cuando estaba por entrar lo veo venir a Iván. El negocio estaba al lado de la parada en la que él tomaba el colectivo para ir a la facultad. Yo lo tomaba en la anterior. Cuando se acercaba me puse en guardia de boxeo bromeando sobre nuestra pelea y distanciamiento. Él hizo lo mismo y jugamos un rato a arrojarnos golpes al vacío. Hasta que yo bajé los brazos y me acerqué a darle un abrazo, que precedí por un empujoncito que ponía fin a nuestra pelea simulada y a la real. Antes de que pudiera abrazarlo, Iván retrocedió, producto del empujón, y pisó una baldosa floja. Trató de mantener la vertical pero no pudo. Cuando me di cuenta que se estaba cayendo traté de sostenerlo pero mi intento fue tardío y fallido. Iván fue a dar con todo el peso de su humanidad al suelo. El golpe de su cabeza sobre el cordón de la vereda sonó como un estruendo. Él ni siquiera llegó a gritar. Me di cuenta que estaba inconsciente y comencé a pedir ayuda desesperado. En poco tiempo un grupo de personas estaba rodeándolo. Un médico decía que no lo movieran mientras intentaba maniobras para reanimarlo. Yo lloraba sin lágrimas. A los diez minutos llegó una ambulancia que habían pedido los del negocio de zapatillas. Cuando llegó al hospital estaba muerto.

La muerte de Iván se había alimentado de una cadena de casualidades Todas ellas de ocurrencia muy improbable: las que llevaron a mi nacimiento, las que incidieron en mi elección de la carrera de física a la que lo arrastré a él, las que desencadenaron en que conociéramos a Zaida y, por último, mi decisión de pasar por el negocio de zapatillas, nuestra pelea callejera simulada, ese empujoncito estúpido que cargo como una cruz y un secreto a nadie contado, y esa maldita baldosa que provocó que Iván trastabillase y perdiera la vida.

He pensado mucho en una casualidad que apenas mencioné al pasar, y que quedó perdida como una más entre tantas: la del cumpleaños de noventa de la abuela de Iván, que le impidió venir a la salida en la que fue reemplazado por Alfredo. Quizás si hubiera venido, el que se habría quedado con Zaida hubiese sido él; no yo. Después de todo, a ella y a mí nos había unido una casualidad; no la afinidad, menos aún el amor. Yo nunca vi en Zaida más que a una chica de una belleza descomunal. Iván, que sí la amaba, que no se obnubiló por su belleza y vio otras cosas que yo nunca pude ver, apenas pudo disfrutarla un par de semanas. Se murió a los veinte años. Nunca sabré si por mi culpa o de pura casualidad.

Pura casualidad – Parte cuatro: Afrodita

Parte uno: Eva.

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Parte dos: Ana.

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Parte tres: Zaida.

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Cuando la belleza es despampanante, como era la de Zaida, provoca efectos notorios en todo el mundo. Es difícil ignorarla, no hablar de ella. Discurrir si esa bendición genética, esa marca de fábrica, ese regalo de Afrodita, está o no acompañada de otras virtudes. Es por tal motivo que las personas bellas deben convivir con esos prejuicios, tantas veces más emparentados con la envidia que con razones que los avalen o justifiquen. Por eso es que estas personas, que en la azarosa repartija de virtudes les tocó la belleza, necesitan demostrar que esa no es su única virtud. Y cuanto más bellas son, el escrutinio al cual son sometidas es mayor. La lupa se acerca aún más cuando la belleza es femenina. Se habla, por ejemplo, de rubias taradas. De rubios tarados nunca escuché.

Pero me estoy yendo de tema. Yo estaba deslumbrado y obnubilado por la belleza de Zaida. Me deleitaba caminar por la calle con ella y sentir que todos la miraban. Pensar que, seguramente, a muchos varones les habría gustado estar en mi lugar para llevarla abrazada o tomada de la mano. Me agradaba ir con ella a fiestas y cumpleaños, y que me felicitaran por tener una novia tan bella. Como si su belleza, por carácter transitivo, me hiciera a mí merecedor de algún elogio o cumplido. También mis padres y mi hermana estaban contentos y no se privaban de mencionarlo: no solo a mí y a ella, sino también a sus amigos, a los parientes cercanos y a los no tan cercanos. Quizás, ellos, también presumían. Porque Zaida además de bella siempre estaba de buen talante, y tenía una sonrisa que le colgaba de la cara y que parecía que ni siquiera se la sacaba para dormir. Yo sentía que estaba enamorado de ella, porque el deslumbramiento por la belleza a veces embriaga y confunde. Como cuando decimos que nos enamoramos de un paisaje.

Pero yo no estaba enamorado de Zaida. Nos costaba tener temas de conversación. Hablábamos de los estudios de cada uno, de los conocidos que ahora teníamos en común para elogiarlos o criticarlos, de mi pasión por la filatelia y la de ella por las cajitas de música. Pero cuando yo trataba de que conversáramos de literatura, no teníamos lecturas en común. Lo mismo sucedía con la música que escuchaba cada uno. La política a ella directamente no le interesaba; a mí mucho. Cuando se presentaban yo intentaba que las desavenencias que existían entre nosotros pasaran desapercibidas, les restaba importancia. Si algo que alguna vez le dije no le cayó bien, no me di cuenta. Yo trataba de que nuestra falta de sintonía no se note. Pero siempre estaba presente. Podía intentar ocultársela, con mayor o menos éxito, a todo el mundo. A todos menos a mí.

El primero con quien compartí mis dudas, fue Iván. Me dijo que ni pensara en dejarla. ¿En qué otra parada de colectivo iba a conocer a una mujer tan bella? Que yo sobrevaloraba la importancia que tenían los gustos o las coincidencias en una pareja. ¿Acaso no suele decirse que los polos opuestos se atraen? Le dije que él sabía que ese era un postulado de la física que solía aplicarse con liviandad a las cuestiones del amor. Al final de la charla Iván me dijo: «Vos sabrás. Yo creo que Zaida no solamente es una mujer muy bella. También tiene otras cosas que quizás no estás viendo. Tené un poco más de paciencia. Ya te vas a dar cuenta.» A esa altura Iván ya la conocía a Zaida casi tanto como yo. Muchas veces ella pasaba por casa cuando estábamos estudiando. Cuando salíamos con Sofía y Alfredo ­—que se habían puesto de novios poco después que Zaida y yo—, Iván solía venir. Incluso bromeábamos que éramos el grupo de los cinco, y nos preguntábamos cuánto faltaría para que fuésemos el de los seis. Pero la situación con Zaida no mejoraba. Al contrario. Por eso cada vez me refugiaba más en esas salidas grupales. De esa forma reducía el tiempo en que estaba a solas con ella, e intentaba disimular nuestra cada vez más evidente dificultad para sentirnos a gusto y comunicarnos.

En esa situación estaba cuando me enteré que una tía —la hermana de mi madre— en poco tiempo cumpliría sesenta años y lo festejaría en un salón. Algunos sobrinos estábamos invitados; entre ellos yo. Mi tía, que había visto un par de veces a Zaida en mi casa, me dijo que no dejara de llevarla a la fiesta. Yo también quería llevarla. Al fin y al cabo esas eran las ocasiones en que más me gustaba estar con ella; cuando podía exhibirla como un trofeo. En esa fiesta tendría la oportunidad de hacerlo delante de mis tíos, de mis primos y del resto de la parentela. También pensé, no exento de culpa, que después de ese cumpleaños terminaría con la relación. Como se decía en aquella época, le diría que lo mejor para los dos era “cortar”. Lejos estuvo Zaida de decepcionarme esa noche. Ella nunca se maquillaba y se vestía de manera muy sencilla. Pero para la fiesta se había puesto un poco de rimel en las pestañas, un lápiz labial en un rojo suave, se había hecho un brushing que jamás le había visto y la madre le había prestado un vestido azul largo, que resaltaba sus curvas sin que pareciera que ese era el efecto buscado. Aunque para mí la belleza es una categoría que no conoce de matices, debo admitir que nunca la había visto tan bella. Cuando pasé a buscarla la esperé unos diez minutos hasta que bajó. Me preguntó sí estaba bien maquillada y vestida para una fiesta familiar. Yo me quedé unos segundos mirándola y le dije la cosa más estúpida de todas las cosas estúpidas que dije en mi vida: «Te amo.» Ella sonrió, bajó levemente la vista y dijo un poco incómoda: «Mejor apurémonos que si no vamos a llegar tarde por mi culpa.»

Como bien suponía en la fiesta recibí los elogios y felicitaciones a los que me había acostumbrado En muchos casos delante de Zaida; en otros sin que ella los escuchara. Estos elogios y felicitaciones por lo general venían acompañados de palmadas en la espalda cuando eran prodigados por mis tíos, y de besos ruidosos y suspiros cuando venían de parte de mis tías. Mis primos, por su parte, me preguntaban de dónde la había sacado; mis primas, usando otras palabras, también. En todo caso, eran elogios y felicitaciones que no me correspondían recibir a mí, sino a ella. Mientras bailábamos o conversábamos con las personas con las que compartíamos la mesa, por momentos sentía que me desdoblaba en dos personas: una que disfrutaba que la miren junto a su bella novia; otra que contaba los días para finalizar una relación en la que nunca se había sentido ni cómodo ni feliz. La fiesta terminó muy tarde. Cuando la llevé a la casa, a diferencia de lo que era costumbre, no me dijo de subir. Mucho menos, como también era habitual, que me quedara a dormir. «No te enojes, pero a mis viejos no les gusta que nos despertemos tan tarde y ya son las seis.» Le dije que no se preocupara; que para mí también esa era una situación incómoda.

Luego del cumpleaños me pareció que lo mejor sería esperar unos días. No quería que pensara que había postergado la disolución de nuestra relación solo para llevarla a la fiesta. No quería que pensara la verdad. Porque si se daba cuenta de eso comprendería que, exhibir su belleza, había sido el motivo principal, quizás el único, que me había unido a ella. Pasaron diez días y yo todavía no me había animado a hablarle. Mientras tanto nos seguíamos viendo y continuamos con la misma rutina de siempre. Esa noche, la del día diez, conversamos por teléfono y ella me pidió que pasara a buscarla por su facultad para ir a tomar algo. Me dije que tenía que tomar coraje y despacharme con el discurso que tenía preparado desde incluso antes de la fiesta de cumpleaños. No tuve tiempo. Apenas el mozo dejó sobre la mesa los cafés que habíamos pedido, Zaida me preguntó cuáles eran las cosas que más me gustaban de ella. Y me aclaró que no se refería a su aspecto exterior. «No hace falta que me digas que soy muy linda; eso ya lo sé.» No esperaba que me hiciera un planteo semejante. Me sentí turbado, desconcertado y, lo peor, paralizado. Ella me clavó sus ojos hermosos en los míos y me di cuenta que no estaba dispuesta a aflojar. Titubeando le dije que además de su belleza me gustaban un montón de cosas, pero cuando ella me pidió precisiones no fui capaz de mencionar ninguna. Cuando ya era tarde para responder le dije que era muy simpática y cálida. Fue peor que no decir nada. Zaida me dijo que quería que nos separemos, y lo hizo dando razones parecidas a las que desde hacía tiempo yo venía pensando. La diferencia es que yo las habría expuesto de manera culpógena y timorata, mientras que ella lo hizo con firmeza, convicción y cierta bronca, probablemente contenida. Yo asentía, intentaba mostrarme compungido y me sentía aliviado de que hubiera sido ella la que planteara lo que hacía tiempo era obvio; lo mismo que yo no me había animado a plantear. Todo iba bien hasta que, cuando ya habíamos pedido la cuenta para irnos y yo pensaba de qué manera nos despediríamos, y si correspondía o no que la acompañara a su casa, ella me dijo: «La próxima vez que quieras un juguete comprate un autito Matchbox, un juego de ajedrez o un yo-yo. Las que jugamos con las Barbies somos las chicas.» Ahí terminé de abrir los ojos. Me di cuenta que aquello que yo creía haber mantenido en las tinieblas había estado brillando a la luz del día. Zaida se paró antes de que el mozo nos trajera la cuenta, y se despidió con un chau seco que sonó como un hasta nunca.

Continuará…

Pura casualidad – Parte tres: Zaida

Unos años después con Iván nos preparábamos para rendir el final de Física 2, una materia correspondiente al segundo año del plan de estudios. Era diciembre, estábamos estudiando en mi casa y hacía mucho calor. A cada rato nos desconcentrábamos y nos poníamos a hablar de cualquier cosa. Sobre todo de las vacaciones que teníamos planeadas para ese verano en el sur. Más que estudiar hacíamos como que estudiábamos. En un momento, luego de la enésima interrupción, él sugirió: “¿Y si la dejamos para marzo?” Me apresuré a decir que sí y los dos nos sentimos liberados. Ya podíamos dedicarnos de lleno al tema de las vacaciones. Un rato después salimos con rumbo a la Casa de la provincia de Chubut para recabar información sobre qué lagos visitar, cómo nos convenía viajar y en qué campings alojarnos. Estuvimos un rato largo esperando: solo estaba atendiendo un empleado; su compañera había dado parte de enferma. Luego nos fuimos a un bar a tomar unas cervezas. No recuerdo cuánto tiempo estuvimos. Sí que el mozo, a pesar de nuestro reclamo reiterado, se demoró una cantidad indecible de tiempo para traernos la cuenta y luego para cobrarnos. A tal punto que dudamos si correspondía dejarle o no propina. Nos fuimos del bar y caminamos hacia la parada del colectivo para regresar.

Mientras esperábamos vimos a una chica de una belleza descomunal. La vimos fugazmente porque, mientras ella bajaba de su colectivo, nosotros teníamos que subirnos al nuestro. En eso escucho una voz que me llama por mi nombre. Era Sofía, una amiga de mi hermana. A su lado estaba la chica bella. No hubo presentaciones; ni siquiera llegué a escucharle la voz. Pero recuerdo que no dejó de sonreír ni un momento. Sofía comentó que se habían pasado un par de paradas y que si no se apuraban llegarían tarde al cine. Cuando vino nuestro colectivo nos despedimos. Ya arriba con Iván nos miramos y coincidimos: nunca habíamos visto a una mujer tan bella.

Al llegar a mi casa le conté a mi hermana lo que había ocurrido y le pedí que me pasara el teléfono de Sofía. La llamé, le pregunté quién era su amiga y si podía presentármela. Me dijo que iba a consultarle a Zaida, pero que si ella estaba de acuerdo lo mejor sería que saliéramos de a cuatro. “Por ahí podés traerlo al pibe que estaba con vos”, me dijo. “¿Cómo se llama?” Le conté a Iván, enseguida aceptó y bromeando dijo: “A ver quién se queda con Zaida y a quién le toca Sofía.” Quedamos para el viernes siguiente. Un par de horas antes de la cita Iván me llamó para decirme que no podía ir. Se había olvidado que tenía el cumpleaños de noventa de su abuela. De ninguna manera podía faltar; él era su único nieto. Me angustié. Cómo iba a conseguir a alguien que reemplazara a Iván con tan poco tiempo de anticipación. Qué iba a decir Sofía sobre el cambio inconsulto de candidato. Tomé la agenda y comencé a hacer llamadas. Muchos de mis compañeros de facultad estaban en pareja, varios eran impresentables y los pocos que me parecían potables no podían. En mi desesperación busqué la lista de mis compañeros de secundario. Con la obvia excepción de Iván no había vuelto a ver a ninguno desde el día en que nos entregaron el título de bachiller. Llamarlos era absurdo. Pero los llamé. Luego de cuatro intentos fallidos me comuniqué con Alfredo, el último de la lista de los que me parecían aceptables. Luego de ponernos al día e intercambiar las preguntas y comentarios de rigor, le dije que tenía para presentarle una chica ideal para él. Me dijo que esa noche la tenía libre, así que aunque no fuera la chica ideal no tenía nada que perder. Corté con Alfredo y respiré aliviado.

Esa noche fuimos al cine a ver Fama. Luego a un restaurant que se adaptaba a nuestros flacos bolsillos de aquellos tiempos. Durante la cena debatimos sobre la película –que a todos nos había gustado mucho-, y luego conversamos de los estudios universitarios de cada uno. Sofía y Zaida estaban en primer año de arquitectura; Alfredo en segundo de odontología. Zaida no intervenía mucho en la conversación, pero me desarmaba cada vez que reía. Y reía todo el tiempo. Al terminar la cena llevé, con el auto que le pedí prestado a mi padre, a cada uno a su casa. A Zaida la dejé para lo último porque era la que vivía más cerca de la mía. Una coincidencia fortuita. Cuando estábamos por despedirnos y yo no sabía qué decir ni qué hacer, ella hizo una pregunta. Pero la hizo con tal suficiencia que más que a pregunta sonó a afirmación: “¿Segunda cita?” “Segunda cita”, repetí yo. Entonces sacó una birome de la cartera, me tomó la mano y escribió en ella su número de teléfono. “Así no lo perdés”, dijo antes de bajarse del auto, y dejarme con el corazón latiendo por encima del límite de velocidad y unas mariposas aleteándome en el estómago.

La segunda cita ocurrió el fin de semana siguiente. Esta vez fuimos directamente a cenar y luego caminamos hasta llegar a una plaza. Fuimos a la zona de juegos y ella se hamacó un rato mientras yo la miraba. Me dijo que la acompañara y estuvimos un buen rato a la par tomando envión con las piernas hacia adelante, y planeando con nuestros cuerpos estirados cuando íbamos hacia atrás. La penumbra de la plaza le daba un encanto aún mayor al juego infantil. Cuando terminamos de hamacarnos Zaida se quedó un instante sentada, y luego extendió la mano para que la ayudara a pararse. Cuando estuvo erguida no se la solté, me acerqué para besarla y así fue que empezamos a noviar. De pura casualidad.

Si esa tarde no hubiera hecho tanto calor, si Iván no hubiese sugerido rendir el final de Física 2 en marzo, sino hubiésemos pensado en irnos de vacaciones al sur, si en la Casa de la Provincia de Chubut una de las empleadas no hubiese dado parte de enferma, si no hubiéramos ido con Iván a tomarnos unas cervezas, si el mozo no se hubiera demorado en traer la cuenta y después en cobrarnos, y si Sofía y Zaida no se hubieran pasado dos paradas, nunca la habría conocido. Visto así, nuestro encuentro era casi imposible. Tanto o más que mi nacimiento. Lo cierto es que ocurrió y que, más tarde, tendría consecuencias que marcarían el resto de mi vida. Quizás el peligro de cruzarse con una chica de belleza descomunal.

Continuará…

M T

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