Pura casualidad. Parte uno: Eva

Voy a contar una historia que mantuve en secreto. Ya no puedo seguir postergándolo; me quedan apenas unas semanas de vida. Todo quedará en estas líneas que pondré en un sobre y guardaré en el cajón de mi mesita de luz. En el destinatario no dirá “a quien corresponda”, porque a esta altura ya no le corresponde a nadie. Las personas tienen derecho a morirse y a descansar en paz. Algunas historias no tienen ese derecho. Estamos obligados a contarlas para que nos sobrevivan. Aquí va la mía.

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Mi vida ha estado signada por las casualidades. A tal punto que podría decirse que nací de pura casualidad. Hace casi sesenta años mis padres se conocieron en circunstancias que nadie dudaría en definir como improbables. Eva Perón, Evita para quienes la amaban e incluso para muchos de los que la odiaban, se había muerto de un cáncer que la devoró en dos años. Ocurrió un 26 de julio de 1952 a las 8:25 de la mañana, momento desde el cual, de acuerdo con el comunicado oficial y luego con la liturgia peronista, María Eva Duarte de Perón pasó a la inmortalidad. El país estaba partido entre peronistas y antiperonistas y, por fuera de esa antinomia, casi no había otra cosa. Vista a la distancia, una de las tantas grietas que asolaron la vida política de la Argentina, desde aquella inaugural que se desató en la segunda década del siglo XIX por la pelea entre unitarios y federales.

Por eso cuando Evita falleció la mitad del pueblo la lloró desconsoladamente e hizo filas interminables para ofrendarle el último adiós, mientras que la otra mitad pintaba en las paredes “que viva el cáncer” y, los que podían permitírselo, descorchaban champagne para brindar.

Los padres de mi padre estuvieron entre quienes brindaron y festejaron; no salieron a pintar paredes porque eso no era propio de ellos. Había otra gente, afortunadamente, que se encargaba, a riesgo de ser arrestada, de hacer el trabajo sucio. Los padres de mi madre, en cambio, engrosaron las filas de quienes estaban tristes y angustiados por la muerte de Eva, y estuvieron horas haciendo cola para ver el féretro y brindarle el último adiós.

Mi abuelo paterno, Julián, provenía de una familia acomodada, casi podría decirse patricia, con ancestros que se remontaban a las primeras décadas del siglo XIX. Él era dueño de un predio de unas doscientas hectáreas ubicado en el noroeste de la provincia de Buenos Aires, que había heredado de su padre, y que estaba destinado al cultivo de trigo, maíz y cebada. No había terminado sus estudios de abogacía porque estaba más interesado en multiplicar su dinero que en las leyes, pero aunque no era abogado se hacía llamar doctor. Se sabe que los terratenientes y Perón no se llevaron muy bien que digamos durante sus dos primeros gobiernos. El abogado que era terrateniente pero que no era abogado, era antiperonista.

Mi abuelo materno, Ramón, había llegado a Buenos Aires a principios de los años cuarenta proveniente de Tucumán. Los ingenios azucareros estaban en crisis, la paga era escasa y las condiciones de trabajo deplorables. Por eso años Buenos Aires se estaba llenando de industrias, que permitían a muchos migrantes escapar de un destino de miseria en las provincias del interior. Por eso los trenes que llegaban a la ciudad venían abarrotados de personas humildes, que fueron bautizadas, despectivamente, como cabecitas negras y, años más tarde, como aluvión zoológico. Ramón al comienzo trabajó de lo que pudo para comer y pagarse un cuarto en un conventillo. Pero al poco tiempo consiguió empleo en una empresa metalúrgica, aprendió el oficio de tornero y se incorporó a la clase obrera. El tornero que sí era tornero, era peronista.

Era lógico y esperable que Ramón, su esposa Marta y su hija Azucena (mi madre), fueran a llorar y despedir a Evita. Lo raro fue que Julián, su esposa Aurora y su hijo Ernesto (mi padre), también fueran. Claro que Julián no fue a llorarla ni a despedirla. Él quería pasar por al lado de su ataúd para disfrutar que esa mujer con destino de sirvienta, esa puta que aprovechó el terremoto de San Juan para conquistar al dictador y autoproclamarse “la abanderada de los humildes”, esa actriz de poca monta que jamás había obtenido ningún reconocimiento sobre las tablas, había dejado de pertenecer al mundo de los vivos. A Julián le había costado más de media hora convencer a Aurora de asistir al velorio. Ella era tan antiperonista como él, pero le parecía que había que respetar el dolor ajeno.

Entonces sucedió aquello que no habría tenido que suceder. En esa larguísima cola que se extendía caracoleando en la Plaza del Congreso y que avanzaba con una lentitud exasperante, mis abuelos se pusieron a charlar. Ramón lagrimeaba y le pedía a Dios por el alma de la Jefa Espiritual de la Nación. Cuando le habló a Julián, buscando compartir su dolor con la persona que tenía más cerca, éste no tuvo otra alternativa que mostrarse compungido, simular un dolor que no tenía, y encubrir la felicidad que lo desbordaba desde las 8:25 del día anterior. Distraído observando la multitud que desfilaba, escuchando los llantos desgarradores de hombres y mujeres de toda edad que se resistían a aceptar su muerte, y viendo escenas en las que personas extenuadas por el dolor se desmayaban y caían al suelo, Ernesto no reparó en Azucena. Hasta que ésta se acercó a él y, casi al oído, le dijo algo que en parte era una afirmación y en parte una pregunta: “Tu papá es gorila, ¿no cierto?” Ernesto se quedó tieso y no supo que contestar. Comprendió que su padre no había logrado engañar a la niña con su dolor impostado; quizás también sus atuendos de hombre rico lo habían delatado. “Sí.”, reconoció con un hilo de voz. Entonces Azucena le dijo: “Bueno. Yo no digo nada.” Y mi padre, que hasta ese momento, a sus 16 años, ni siquiera sabía lo que era el amor, se enamoró de mi madre. Ella sí sabía; no por haberlo experimentado, pero sí por haber leído los folletines de la época que la habían hecho desearlo.

Esas dos frases pronunciadas por mi madre y el monosílabo balbuceado por mi padre, fue todo lo que duró la conversación. Pero mientras la cola continuaba avanzando a ritmo cansino se miraban de reojo. Unas pocas veces cruzaron miradas, pero ambos las desviaron con la velocidad de un rayo. Cuando finalmente llegaron al féretro, Azucena, a sus 14 años, rompió en llanto. Ella había recibido sus primeros juguetes de la Fundación Eva Perón. Su padre le había dicho que era la mismísima Evita quien había leído las cartas que él le había escrito, y decidido que Azucena, que era una niña aplicada en los estudios y que colaboraba con su madre en las tareas del hogar, se merecía esos regalos. Ernesto también se conmovió. No supo si fue solo por las lágrimas de Azucena, que parecía un ángel destrozado. Pensó, también, que si tanta gente la estaba llorando, algo bueno debía haber hecho esa mujer. Cuando ambas familias comenzaron a desconcentrarse para seguir cada una su camino, Ernesto tomó coraje y le preguntó a Azucena: “¿Dónde vivís?” Ella se quedó unos segundos en silencio, mirándolo. Supo que no bastaría con decirle el barrio. Entonces le dijo: “Terrada y Pedro Lozano. En Villa del Parque.” Julián y Ramón se despidieron; ninguno imaginó que unos años después volverían a encontrarse por circunstancias ajenas a la vida política del país.

Un par de semanas después mi padre comenzó su investigación: a qué colegio iba mi madre, en qué momentos salía a la vereda a charlar con sus amigas, cuándo la acompañaba a su madre Marta a la feria a hacer las compras. Pero sobre todas las cosas iba, agazapado, a contemplarla. Hasta que un día se distrajo y ella lo reconoció. Como no sabía su nombre, cuando se acercó a él, le dijo: “Vos eras el hijo del gorila…” “Sí.”, le dijo mi padre. “Me llamo Ernesto. ¿Y vos?” “Azucena”, le contestó mi madre: “¿Y qué hacés por acá’?” “Nada. Vine a verte.”

Así comenzó la relación de mis padres. Por casualidad. O mejor dicho, por una sucesión de hechos que no tendrían que haber ocurrido: era improbable que Evita se muriese tan joven, que mi abuelo antiperonista Julián fuera a ver su féretro y además llevara a su mujer y a su hijo, que hubiese llegado media hora más tarde a causa de las protestas de mi abuela Aurora, que quedara ubicado en la cola al lado de mi abuelo peronista Ramón, que éste le hablara para compartir su dolor, que a su cortísima edad la niña que luego sería mi madre sospechara que mi abuelo Julián era un infiltrado, y que hubiese tenido el desparpajo de preguntarle a mi padre si sus sospecha era cierta. Pero al azar y a la casualidad hay que ayudarlas. Si mi padre no hubiese juntado el coraje para preguntarle a mi madre dónde vivía, si ella no hubiera accedido a darle la dirección, y si él, tiempo después, no hubiese viajado de Recoleta hasta Villa del Parque para buscarla, esas casualidades no hubieran pasado de meras coincidencias. Luego de seis años de noviazgo mis padres se casaron y, dos años después, nací yo. De pura casualidad.

Continuará…

2000 días dando vueltas alrededor de un blog

Me gusta hacer cuentas. Las cuentas más diversas. Algunas son útiles pero la mayoría inútiles o absurdas. Pueden ser sumas, multiplicaciones o porcentajes. Divisiones rara vez. Cada tanto, por ejemplo, calculo cuántos días llevo vividos o cuántos pasé en cada trabajo. O, forzando la memoria, los que viví en el extranjero. Cuando no son números, lo que me viene a la cabeza son letras, palabras, oraciones, relatos y, últimamente, ficciones. Cada uno debe convivir con las obsesiones que le han tocado en suerte o en desgracia.

Lo cierto es que entre tanta cuenta inútil y ociosa, ayer hice una gratificante, en la que los números terminaron mezclándose con las palabras. Correlatos, mi blog, cumple hoy 2000 días.

Claro que esa cuenta es un poco mentirosa. Quiénes han seguido el blog desde sus inicios, allá por octubre de 2013, saben que más de una vez me he tomado licencia sin aviso (aunque también sin goce de sueldo). Y que luego he vuelto, una y otra vez, a seguir escribiendo como si nada hubiese pasado. Porque siempre he escrito cuando tuve ganas y parece que esas ganas vienen por oleadas.

Lo cierto es que no me gusta fugarme. Cuando empecé con el blog dije que si alguna vez decidía discontinuarlo lo anunciaría. El cyber espacio es un cementerio lleno de blogs, en parte porque los blogs hace tiempo que pasaron de moda. Se mueren sin que nadie se entere ni pueda despedirlos. En los blogs se escribe demasiado extenso para los tiempos que corren. En cambio, en las redes sociales todo es rápido y expeditivo. Uno puede llevarse en pocas horas y hasta minutos, un cargamento de me gustas en carretilla. Mi problema es que las redes sociales cada vez me interesan menos.

Así que, por el momento, seguiré refugiado en este lugarcito, haciendo algo que me da tanto placer como escribir, sabiendo que hay un grupo de personas que, cuando tienen tiempo y les interesa el tema, me lee. Y otros que, por esos misterios de internet, de vez en cuando recalan en estas costas, seguramente porque navegando las aguas del cyber espacio perdieron el control de su embarcación, y para evitar el naufragio vieron luz y entraron. Y hasta que amaine la tormenta, para matar el tiempo, leyeron alguna que otra de las más de ochenta entradas que ya llevo escritas. Solo así se explica que el blog tenga lectores habituales en Hong Kong, Eslovaquia, Alemaniao Rusia, entre una lista más amplia de países que no son hispano parlantes. Aunque por supuesto los más numerosos fronteras afuera son los latinoamericanos. Pero lo más llamativo en esa materia se produjo hace una semana, cuando en un solo día tuve 180 visitas de Nigeria; alguien aparentemente leyó en menos de 24 horas desde ese país todo mi blog. O tal vez, y más probable, fue un niño que estaba jugando y se puso a apretar botones. Misterios imposibles de dilucidar

No soy, para ser honesto, de los que escriben para sí mismos. Eso es algo que respeto pero nunca entendí. El día que dejen de leerme será el momento de bajar la persiana de este emprendimiento unipersonal. Mientras tanto seguiré escribiendo.

Siempre en la vida hay que agradecer. Y yo estoy muy agradecido. A los que empezaron a seguir el blog desde sus comienzos y aún persisten. A los que se fueron sumando en el transcurso de estos 2000 días. Pero también a los que alguna vez lo leyeron y por diversas razones lo abandonaron o lo leen esporádicamente. Sería una estupidez de mi parte pretender una fidelidad masiva. Si algo abunda en el mundo de hoy son contenidos. Para leer, para ver, para escuchar. En casa o saliendo afuera. Así las cosas, me parece un milagro que este emprendimiento personal continúe sobreviviendo.

Seguiremos perseverando. A ver si llego con la colaboración de Uds. a sumar otros 2000 días más. Pero ahora, voy por un objetivo mucho más humilde: escribir el próximo post. Nos vemos ahí.

Quince minutos

La mujer está angustiada. Acaba de terminar el entrenamiento con sus amigos en San Isidro y no encuentra la bicicleta que dejó atada en el bicicletero. No sola la angustia la pérdida material, que es considerable. Para ella su bicicleta representa lo mismo que para otras personas las mascotas. Sabe que suena ridículo. Pero le prodiga todos los días diversos cuidados: se fija que las gomas estén infladas, la cadena engrasada, los frenos calibrados, el asiento en la altura justa, las baterías de las luces cargadas, los rayos alineados, que no haga ruidos extraños. Aún no quiere aceptar que se la han hurtado. Prefiere alimentar la duda; suponer que se distrajo y la dejó en otro lugar. Pero sabe que eso es casi imposible. Hace años que tanto ella como sus amigos dejan las bicis frente al bar. Supone, con razonable esperanza, que los empleados –a quienes conoce hace tiempo-, se habrían percatado de la presencia de algún descuidista. La angustia la está matando. Está sola. Sus amigos aún están elongando a la vera del río. Puede divisarlos a lo lejos, pero no quiere gritar. Aun en la desesperación sigue siendo pudorosa. Bajo ningún concepto se permitirá exhibir lo que otros podrían definir como un ataque de histeria.

La mujer está luchando. Empieza a percibir que está y no está en San Isidro. Que le robaron y no le robaron la bicicleta. Lo sospecha porque en el bar no hay clientes ni empleados. Porque a sus amigos ya no puede verlos. La costa está ahora deshabitada y en el río no se avizoran barcos. Intenta movimientos parecidos a los que hacen las personas cuando quieren salir de un pantano, evitar que las olas las arrastren hacia el mar profundo, impedir que las arenas movedizas las devoren, patalear y dar manotazos de ahogado para no hundirse en el agua, o agarrarse con todas las fuerzas a un poste para resistir el paso de un tifón. De a poco su lucha comienza a dar resultado. La mujer logra despertarse y emerge de la pesadilla; tarda unos segundos en darse cuenta que estaba soñando o, como le gusta decir a ella, pesadillando. Porque si los sueños tienen un verbo, las pesadillas también deberían tener el suyo. Se siente aliviada; su bicicleta está a salvo. Disfruta un rato del bien preciado que nunca ha perdido pero que ella igual siente que ha recuperado. Así son las pesadillas: se sufre y después se resurrecciona. Sospecha que esa palabra tampoco existe. Quizás porque sólo Dios es capaz de revivir a los muertos. Se dice a sí misma que después del alivio que supuso escaparse del sueño, esa mañana se va a premiar con un festival de neologismos; va a Cortazariar.

Trata de volver a dormirse pero no puede; le duele mucho la cabeza. Las punzadas la están matando. A los pocos minutos suena la alarma del celular. Antes de eso el teléfono vibra. Luego empieza a sonar la melodía; primero suave y a cada repetición un poco más fuerte. La mujer duda si apagar la alarma deslizando por la pantalla táctil el dedo hacia arriba, o si presionarla para que vuelva a sonar en diez minutos. Pero su marido se anticipa a su decisión, le pregunta qué hora es y le pide que la apague. La mujer apaga la alarma y le dice que son las 6:45. AM, aclara bromeando mientras le acaricia el pelo. El marido le pregunta porque se despertó tan temprano. “Tengo running”, le contesta ella. “Ya sé”, dice él. “¿Pero no te levantás siempre a las 7?”. La mujer le contesta que tiene razón, pero que últimamente siempre llega tarde. Que él ya sabe que a ella le gusta hacer un poquito de fiaca en la cama, que se distrae mientras desayuna y que, aunque procura que la ducha sea rápida, como ella es de colgarse casi nunca lo consigue. Al final el tiempo se le termina escurriendo como arena entre las manos. Necesita levantarse quince minutos antes para luego perderlos. Además, la mujer le dice a su marido que estuvo haciendo cuentas: si logra sostener la conducta en los próximos treinta años, al cabo de ese período habrá ganado 114 días de vida. Porque ella cree que cuando se duerme, salvo en los momentos que se sueña o que se está pesadillando, uno está como muerto.

La mujer duda si ir a entrenar o volverse a dormir. La cabeza le sigue doliendo mucho; durmió poco y mal. Pero faltar al entrenamiento le da culpa. Ella no es de faltar. Esos días en que vence a la pereza, a los dolores o al sueño, al terminar el entrenamiento se siente doblemente contenta y satisfecha; con la sensación de deber cumplido. En cambio, cuando falta, invariablemente se arrepiente y se reprocha la flaqueza de voluntad. Además en diez días corre una carrera; necesita llegar de la mejor forma. Debe entrenar. Y sabe, además, que si se queda lo más probable es que no logre volver a conciliar el sueño. Faltar sería, a todas luces, un acto de estupidez.

Salta de la cama y va al baño a tomar la ducha. Sabe que a lo sumo durmió unas cinco horas. Ayer tuvo la primera clase (¿encuentro?) del taller de escritura. Está contenta. Por fin después de tanto tiempo se animó a comenzar. Sabe que ayer se quedó un poco excitada y por eso le costó dormirse. Que le quedó dando vueltas en la cabeza la consigna que planteó Hugo: escribir un cuento en tiempo presente. Como El amante, el cuento de Joy Williams que él les leyó a ella y a sus compañeros en la última parte del encuentro (¿clase?). Le parece difícil. Las cosas que se narran por lo general ya han transcurrido. En las ficciones se cuentan historias y para contarlas tienen que haber sucedido. Aun en la ciencia ficción, donde las tramas por lo general transcurren en un futuro más o menos lejano, también suelen ser contadas en tiempo pasado. La mujer piensa que distinto es el caso del cine o de las series televisivas. En el audiovisual casi siempre las cosas suceden mientras las estamos viendo, aunque los hechos narrados transcurran en un pasado remoto o en un futuro lejano. La mujer concluye que quizás es más fácil escribir, si hay que hacerlo en tiempo presente, un guion para un cortometraje que un cuento.

La mujer no puede sacarse el tema de la cabeza. Le parece que la narración en presente solo tiene sentido cuando se describe algo que puede verse o escucharse al mismo tiempo que está sucediendo. Como un partido de fútbol o cualquier otro hecho deportivo. Como una manifestación o cualquier otro hecho político que sucede a la luz del día. Como un terremoto o cualquier otra catástrofe natural. Los hinchas de fútbol desean que el relator grite los goles de su equipo, si es posible un instante antes de que la pelota se meta en el arco; los televidentes pretenden que les digan, aproximadamente, cuántos muertos y heridos produjo el tsunami que está azotando a buena parte del Asia meridional; o quieren saber cuánto tiempo resistirá el gobierno turco el asedio popular. No quieren que se los cuenten dentro de un tiempo; ni siquiera dentro de unas horas. Lo quieren saber ahora. Y si la información no está disponible, si las fuentes no pueden chequearse o son dudosas, prefieren que les mientan o les inventen. Después siempre les podrán decir que los nuevos cables que llegan de Asia meridional ahora dicen que las cifras actualizadas elevan la cantidad de muertos y heridos a tanto y tanto; y que la última información proveniente de Turquía da cuenta que el gobierno habría logrado sofocar el intento de golpe de estado.

La mujer es consciente que se ha ido de tema. Le pasa seguido cuando se deja llevar por sus pensamientos. Se siente la reina de la asociación libre. Le alivia pensar que tiene licencia para escribir cualquier otra cosa y en el tiempo verbal que quiera. Además ella es una alumna (¿discípula?) nueva. Seguramente nadie espera mucho de ella. Por otra parte nunca escribió un cuento. Mira el reloj y advierte que, producto de sus devaneos, la ducha le ha consumido largamente los quince minutos extra. Sale de la bañera y toma el toallón para secarse con premura. Ahora debe apurarse. Abre el cajón de la cómoda buscando una calza y no encuentra ninguna. El marido le recuerda que hace días que el lavarropas no funciona; que no le va a quedar otra que revolver el cesto de ropa sucia para elegir aquella que esté menos sucia. Y agrega: “Mejor no hablemos del asunto.” Ella le sonríe mientras elige una calza negra con vivos rosas. No sabe si es la que está menos sucia pero es la que más le gusta. Por suerte remeras y medias limpias tiene de sobra. La mujer le dice a su marido que va a hacer el desayuno; que si va a levantarse lo prepara para los dos. “Dale”, le dice él. “Vamos a ver qué tal le sale el desayuno a la runner de calzas sucias.” La mujer le sonríe, termina de vestirse, va a la cocina y abre la heladera. Toma nota que desde hace dos días no tienen pan ni leche. Tampoco galletitas. Ni yogur. Ni naranjas. Lo único que puede preparar para ella y su marido es café. Anoche había pensado en comprar provisiones, pero el taller de escritura termina a las 21. Cuando llegó a su casa la panadería había cerrado hacía rato. Al chino no llegó apenas por unos minutos. Podría ir ahora a la panadería. Al chino no porque recién abre a las 8. Iría más que nada por su marido. Pero le llevaría no menos de diez minutos. Si no hubiera consumido el tiempo extra en la ducha podría ir. Pero lo consumió.

Cuando su marido está por sentarse a la mesa la mujer se apresura a decirle que hoy van a empezar una nueva dieta. Él la mira con una media sonrisa y le dice: “A ver con qué salís ahora.” “¿Oíste hablar de la dieta del café? Lo tomás solo en el desayuno sin leche, ni tostadas, ni galletitas, ni yogur ni jugo de naranja ni nada. Solito y solo. Y con eso bajas mínimo dos kilos por mes. A vos no te vendría mal. Y si no te venís a running conmigo. Acordate que el clínico dijo que tenés que hacer algo aeróbico.” “Ok.”, le dice él. “Yo hago la dieta del café si vos te rendís con el lavarropas y lo llamamos al encargado para que vuelva a poner la bendita puerta que vos desarmaste para cambiar la manija.” “Ni se te ocurra”, replica ella. Se quedan un rato en silencio. Mientras su marido mira las noticias en su teléfono, la mujer recuerda que cuando era una niña su padre le dijo que tenía que aprender los rudimentos básicos que se necesitan para hacer pequeñas tareas y arreglos hogareños: colgar un cuadro, cambiar un enchufe, perforar con el taladro un techo o una pared, cambiar los cueritos de una canilla. Le enseñó cómo son y para qué sirven los distintos tipos de tornillos, clavos, tarugos, tuercas y mechas; cómo utilizar martillos, pinzas, destornilladores, pela cables, busca polos, la cinta aisladora. Cuando había que colocar algún artefacto eléctrico nuevo, cambiar una lamparita o colgar un cuadro, el padre instaba a la niña a hacer el trabajo bajo su supervisión. “Vas a ver que cuando seas grande te van a decir que tu papá fue un feminista pionero”, le decía su padre. Mientras bebe su café la mujer piensa que los esfuerzos de su padre para independizarla de los hombres cayeron en saco roto. Al menos en su caso no tiene que depender de ningún marido –el suyo no se da maña para nada-, pero sí de plomeros, electricistas, gasistas, arregla tutis y encargados de edificios.

El marido le pregunta si durmió bien; le dice que tiene mucha cara de dormida. “Más o menos.”, le contesta la mujer. “En realidad más menos que más. Me dormí tarde porque estuve insomniando. Y no me pongas esa cara como si estuviera loca. Uno puede estar dormido o estar insomne. Entonces si el que el que está dormido está durmiendo, el que está insomne está insomniando. ¿Tengo razón o no? Bueno. No importa. No nos vamos a poner a discutir sobre neologismos a esta hora de la mañana. Viste que yo cuando estoy muy desvelada prefiero levantarme y hacer otra cosa para no seguir dando vueltas en la cama. Ayer Hugo –el profesor (¿coordinador?) del taller se llama Hugo- nos leyó un cuento de Borges. Entonces me dieron ganas de leer a Borges porque la verdad que mucho de él todavía no leí; una vergüenza. Pero por lo menos no soy de esas que presumen haber leído toda su obra y que en realidad lo que hacen es aprenderse sus frases más célebres –y posiblemente las más trilladas-, para aparentar una cultura que no tienen. Lo cierto es que cuando fui a la biblioteca recordé que nuestras Obras completas están, en verdad, incompletas. Me parece que nunca te conté; incluso yo tenía esa anécdota perdida en algún recoveco de la memoria. Hace más de veinte años conseguí un nuevo trabajo. Mis compañeros me organizaron una despedida y me regalaron las Obras incompletas de Borges editadas por Emecé. Me dijeron que solo habían conseguido los tomos II y III. En cambio, el I, que reúne la obra recopilada entre 1923 y 1949, no la habían podido hallar por más que recorrieron varias librerías. Me explicaron que mucha gente compra el primer tomo para leer a Borges cronológicamente, pero como después apenas lo tocan, una buena parte de los otros dos tomos se quedan a vivir en los anaqueles de las librerías, mientras que el primero es, a menudo, inhallable. “Se ve que los de Emecé todavía no se avivaron de hacer una tirada más grande del primer tomo. Ellos son editores, no economistas como nosotros.”, me dijo el tipo que se había encargado de juntar la plata y comprar el regalo. En aquel momento pensé que lo que en verdad había ocurrido, es que la plata que juntaron no les había alcanzado para comprar los tres tomos. Pero enseguida me reproché haber tenido ese pensamiento. Al fin y al cabo en ese trabajo solo estuve un poco más de un año, y no merecía que me compren mucho más que la novelita que estaba de moda. Pero no fue lo único que me obsequiaron. También recibí el regalo más bizarro y provocador de mi vida. Hoy también se diría sexista: una bombacha firmada por todos los varones de la oficina con varios piropos subidos de tono que en aquel momento me gustaron y hoy me perturbarían. Vos aún no me conocías pero viste fotos y te habrás dado cuenta –quiero creer-, que en aquella época yo era una mujer muy apetecible.” “Y lo seguís siendo”, le dice su marido.” “Gracias por mentirme”, le dice ella.

“Lo cierto es que nunca compré el tomo que faltaba. A Borges seguro le habría divertido que a alguien le obsequien sus Obras incompletas. Quizás al enterarse habría dicho que los obsequiantes se habían ahorrado dinero, y el obsequiado de leer la producción de un Borges aún demasiado joven e inmaduro. Joven e inmaduro como el Borges de El otro”, agrega la mujer murmurando, como si hablara consigo misma. Su marido se la queda mirando esperando una explicación. Entonces la mujer retoma el hilo: “Borges escribió un cuento que se llama El otro. Estoy casi segura que está en el tercer tomo de la Edición de Emecé y que es el que abre El libro de arena. Un Borges maduro de setenta años dialoga, en 1969, con un Borges joven e inexperto de 19 años que vive en 1918. Una genialidad. El Borges maduro habla desde el presente con alguien que está en el pasado; mientras el Borges inexperto habla desde otro presente con alguien que está en el futuro. Aunque están dialogando a una distancia de, si no hago mal la cuenta, 51 años, no existe el pasado ni el futuro; solo dos presentes. Quizás eso me sirva para el cuento”, dice la mujer volviendo a hablar consigo misma. “¿Qué cuento?”, le pregunta el marido. “Olvidate”, le dice ella. “Ahora no tengo tiempo. A la noche te cuento lo del cuento.” “Así que entonces el responsable de tu cara es Borges”, le dice el marido. “Antes que Borges, Hugo y sus consignas. Pero creo que el principal responsable es mi bólido de dos ruedas, o más bien aquellos que mueven los hilos siniestros de las pesadillas.” La mujer está por contarle el sueño pero mira el reloj, pega un alarido contenido y le dice a su marido que con tanta tertulia se le hizo tardísimo. Deja su café sin terminar y se prepara para irse. A las apuradas se lava los dientes, busca el casco de la bicicleta, toma algo de dinero de la mesita de luz y piensa dónde habrá quedado su juego de llaves. Un clásico: buscar donde están los documentos, las llaves y el celular. Se despide de su marido soplándole un beso y se alegra cuando comprueba que el ascensor está estacionado en su piso. Saluda con la mano al encargado, pero no puede evitar verlo como un enemigo que está al acecho, esperando que ella capitule. Saca la bicicleta del garaje, se monta en el asiento y se dice que, si no quiere llegar tarde, o demasiado tarde, tiene que ir a las chapas.

La mujer siente el placer de pedalear, de hacer los cambios, de pasar los semáforos en rojo, del viento de frente en su cara. Cree que un día morirá en un accidente. Le preocupa que el titular del diario diga “Murió una ciclista de 48 años”, como si el hecho de morir pedaleando la convirtiera, después de muerta, en una ciclista profesional. Piensa que si muere corriendo, el titular dirá que murió una corredora. O que si sufre un ACV jugando al tenis, los medios lamentarán la muerte de una tenista. Que sencillo es tomar el atajo de la muerte para ser recordada como ciclista, corredora o tenista. La muerte elimina el amateurismo de los deportistas vivos y los transforma en profesionales cuando exhalan el último aliento. La mujer se dice a sí misma que no importa la infinidad de cosas que hayas hecho, cuán exitosa hayas sido en cada una de las actividades que emprendiste. Si te morís en un accidente practicando un deporte obtendrás un título post mortem que no merecés y te quitarán aquellos por los cuales tanto trabajaste. En cambio, sí te morís escribiendo un cuento en tiempo presente, nadie dirá que se murió una escritora. Para que eso suceda tenés que haber publicado un libro, vender una cierta cantidad de ejemplares, ser reconocido por la crítica especializada, tener prestigio. Y si fuera posible todo eso junto. Por eso son pocos los escritores que mueren.

La mujer dobla a la izquierda y ese giro provoca que también sus pensamientos giren. La puerta del lavarropas vuelve a asaltarla. Hasta que no la arregle no podrá ver, a través del vidrio, como gira para un lado y para el otro la ropa enjabonada; el ruido del agua cuando la canilla llena el tambor y el que se produce durante el desagüe; y, por último, la fase que más le gusta: el centrifugado que anuncia que el lavado está por finalizar, con sus vueltas frenéticas a veces acompañadas de temblores, y de un sonido agudo y sibilante parecido al de un torno. Piensa que debería asumir que ni el dominio para pegar con el martillo, ni la destreza para girar el destornillador, ni la precisión para cortar con la pinza, son habilidades con las que ha sido bendecida. En ese terreno ella solo se destaca en el arte de desarmar. Fue buena de niña desarmando muñecas, en la adolescencia desarmando relojes, y, ahora, en la edad adulta, desarmando puertas de lavarropas. Quizás tenga razón su marido: debería asociarse con alguna banda de piratas del asfalto y regentear un desarmadero.

La mujer ya está llegando al punto de encuentro. Piensa que al final no se le hizo tan tarde. Los primeros alumnos que llegan primero charlan entre sí esperando que lleguen los que están retrasados. Le sorprende no ver a nadie. No ha llegado el profesor, ni los alumnos que vienen casi siempre, ni los que vienen la mitad de las clases, ni los que vienen de vez en cuando. Tampoco ve estacionado el auto del profesor ni los autos de sus compañeros. Ni están apoyadas en el árbol las bicicletas. No tiene sentido. Se fija en el celular si hay algún mensaje avisando la suspensión de la clase. Nada. El último es de hace dos días. Entonces se sobresalta. Quizás está teniendo una nueva pesadilla. Quizás haya pesadillas que vienen en capítulos, como si fueran parte de una serie. Una serie de terror. Se da palmaditas en la cara, huele el asiento de la bici, siente el calor del sol, sus pisadas sobre el pasto, el olor a eucaliptus. Definitivamente está despierta. Se sienta apoyando la espalda en el árbol donde dejan las bicis. Cierra los ojos para que la mente divague. Recuerda que hoy es 21 de marzo. El verano quedó atrás; empieza el otoño. Se alegra pensando que al otro día es viernes; que termina la jornada laboral. La mujer se lleva las manos a la cabeza y exclama: “¡Mañana es viernes! No puedo ser más estúpida. Los martes y jueves no hay clase. Por eso no hay nadie.” La mujer está furiosa consigo misma, pero al mismo tiempo la alivia que el misterio esté resuelto. Se tiene por cuerda pero, a veces, tiene miedo de terminar, como su madre, volviéndose loca. “¿Y ahora qué hago?”, se pregunta la mujer. “Ya que estoy acá voy a correr unos seis o siete km.; no más que eso. Así dentro de 45 minutos me vuelvo.”

La mujer ata la bicicleta a un poste de luz. A ella no le gusta correr dando vueltas. Prefiere alejarse unos kilómetros y luego regresar al punto de partida. Pero ahora tiene miedo que le roben por segunda vez en el día la bicicleta. Piensa que no lo podría soportar. Entonces, aunque no le gusta, decide dar vueltas a la plaza. Entre 15 y 18, calcula la mujer. El día está ideal para la actividad deportiva. No hace frío ni calor. Una vez que empieza a trotar la mujer se pone a repasar en todo lo que pensó desde aun antes de despertarse. Porque en los sueños y en las pesadillas también se piensa. Quizás es un pensamiento que no se puede gobernar. Que a veces se disfruta y otras se padece. Le viene a la mente un cuento de Cortázar; El perseguidor. A la mujer siempre le gustó mucho ese cuento. En particular los pensamientos delirantes de Johnny, el personaje que protagoniza la ficción. Johnny es, según Bruno –el crítico de jazz que lo venera y a la vez lo padece -, el más talentoso de los saxofonistas. Pero cada tanto pierde su saxo, es adicto a las drogas, no puede cumplir con los compromisos asumidos. Johnny está obsesionado con el tiempo. Cree que el tiempo es como una bolsa en la que entran más cosas de lo que parece posible. Para ejemplificarlo, Johnny cuenta un viaje que hace en el Metro de París. Le relata a Bruno todas las cosas que pensó y las imágenes que se le cruzaron en el trayecto entre dos estaciones contiguas: Saint-Michel y Odéon Le pide que calcule cuánto tiempo aproximadamente podría llevar pensar lo que él pensó, visualizar las imágenes que él visualizó. “Unos quinces minutos”, estima Bruno. “Entonces cómo pude hacerlo en un minuto y medio que es lo que tarda el metro en ir de una estación a otra”, lo desafía Johnny.

La mujer piensa que a ella esta mañana le ha pasado lo mismo. Ha pensado una cantidad indecible de cosas: pensó mientras pesadillaba; pensó en los neologismos; pensó en las Obras incompletas de Borges y en la bombacha firmada por sus compañeros de trabajo; pensó en lo que diría Borges a propósito de las Obras incompletas; pensó en el cuento El otro; pensó en la ropa sucia y el lavarropas sin puerta; pensó en la instrucción impartida por su padre para que no dependiera de ningún hombre; pensó en el miedo a capitular a manos del encargado del edificio; pensó en la falta de pan y leche, en la panadería y el chino; pensó en los titulares que ponen los diarios cuando muere en un accidente un deportista amateur; pensó en cómo dilapida el tiempo cada mañana; pensó en el tiempo presente que tienen los relatos deportivos, los de las catástrofes naturales y los de algunos hechos políticos; pensó en Cortázar, en el cuento El Perseguidor, y en Johnny y su teoría del tiempo; pensó en donde se habrían metido sus compañeros y el profesor hasta que cayó en la cuenta de que era jueves. Y sobre todo pensó en el cuento en tiempo presente. Definitivamente, reflexiona la mujer, no hay mejor manera de invertir el tiempo que pensando. Quince minutos rinden aproximadamente dos horas. Ni comprando dólares ni acciones, ni depositando dinero a plazo fijo, ni trabajando, ni viajando, ni practicando deportes, ni yendo al cine o al teatro, ni visitando a familiares y amigos, ni haciendo ninguna otra cosa de las infinitas cosas que pueden hacerse a lo largo de una vida, se puede aprovechar tanto el tiempo como pensando; ninguna inversión rinde tanto.

Mientras termina de recopilar todo lo que ha pensado en el pasado inmediato, la mujer decide que es tiempo de volver. Va hasta el poste de luz donde ha dejado la bicicleta y la desata. Piensa en pasar por la panadería y el chino para reponer las provisiones. Se toca el bolsillo del buzo para asegurarse que ha puesto plata. El dinero está, pero las llaves no. Vuelve a tocar el bolsillo. Nada. Se toca el resto del cuerpo buscando algo que sabe que no va a encontrar. Resignada, se monta a la bici.

La mujer sabe que no encontrará en casa a su marido. Que él no se ha ido ni tampoco se ha quedado. Porque ella no tiene marido. De vez en cuando le gusta jugar a que tiene. No solo a este marido. También le gusta jugar a que tiene otros. En el terreno de la imaginación la mujer es polígama. También a veces juega a que tiene hijos. Pueden ser uno, dos o hasta cinco. Porque a veces le atrae la idea de la familia numerosa. También le gusta jugar a que tiene perros. Cuando juega a que tiene muchos, se imagina como una rescatista de animales que se queda con aquellos ejemplares que nadie quiere. La mujer no tiene marido, pero tuvo. La mujer no tiene hijos, pero le hubiera gustado tener. La mujer no tiene perro, pero tuvo uno cuando vivía con sus padres. La mujer no está loca; su problema es que tiene mucha imaginación y le gusta pensar. E inventa personas y animales para tener charlas imaginarias con ellos. Porque cree que esas charlas son pensamientos disfrazados, y que esos pensamientos disfrazados son mejores que los pensamientos en solitario.

La mujer se dice: “Tiene razón Johnny. Estuve pensando mucho más de lo que se supone que podría haber pensado desde que empecé a pesadillar hasta ahora. Así es mi vida, los pensamientos nunca me abandonan, siempre están presentes.” La palabra le queda rebotando en la cabeza. Presentes, presentes, presentes. Entonces se dice: “Claro, ¡presentes! Uno siempre piensa en el presente, no se puede pensar en el futuro ni pensar en el pasado. Hay cosas que ya se pensaron y otras que se pensaran. Yo pensé cuando era más joven y pensaré cuando sea más vieja. Aunque solo sea unos segundos más joven o unos segundos más vieja. Si puedo reconstruir los pensamientos caóticos que tuve en las dos últimas horas, tendré mi cuento en tiempo presente. Ahora lo único importante es hacer memoria y después encontrar las palabras adecuadas.”

La mujer ahora se siente relajada. Solo la ofusca saber que deberá pedirle al encargado la copia del juego de llaves de su casa, que él le guarda por si ella olvida o pierde el suyo. Porque la mujer cuando está demasiado abstraída en sus pensamientos olvida o pierde cosas, confunde los horarios, pierde el turno con el médico o con el dentista, llega tarde a todos lados. Pero hoy necesita organizarse. Trata de planificar lo que hará el resto del día. Pasará por la panadería y comprará pan. Pasará por el chino y comprará leche. Le pedirá la llave al encargado y entrará a su casa. Preparará por segunda vez el desayuno, esta vez para ella sola y como se merece. Se duchará sin prisa porque ha llegado a su casa quince minutos antes que cuando tiene entrenamiento. Se perfumará. Se vestirá con ropa elegante. Irá a trabajar. Cuando regrese a su casa le volverá a dar batalla a la puerta del lavarropas; no confía en sus aptitudes, pero cree que puede ayudarla un golpe de suerte. Y después que lo consiga, mientras el lavarropas barra con la suciedad de sus calzas y el resto de la ropa apilada en el cesto, la mujer se pondrá a reconstruir sus pensamientos, y los conjugará en tiempo presente para escribir un cuento. Avanzará todo lo que pueda, pero no se quedará despierta hasta muy tarde. Quiere acostarse temprano. Mañana tiene running.

M T

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