Un hombro maldito maldito

Lo que están por leer es un relato que escribí hace exactamente tres años, luego de correr la media maratón de Buenos Aires 2010, es decir, exactamente la misma carrera que se corrió el domingo pasado, así que mejor momento para desenpolvarlo no podría haber. Es un relato que lo podría haber escrito hace un par de días, ya que casi todo lo que cuento no ocurrió el día de la competencia, sino hace muchísimos años. Concretamente me explayo sobre algunos problemas que marcaron mi vida desde la adolescencia y que – al menos así lo espero – finalmente logré resolver. Es un relato extenso, que quiero mucho, y decidí dividir en tres partes. Salvo la tercera, la relación con el running es contingente, así que espero que a los que no corren les guste. Y a los que corren, también. Ahí va.

Por Pablo Perelman

Preludio

Estoy parado en la largada escuchando a la gente corear el himno en esa versión corta y sin letra que comenzó a utilizarse en los recientes festejos por el Bicentenario, y que luego se fue repitiendo como un ritual en cada uno de los partidos de la selección en el mundial, y en estos días rugientes de Rosario en todos los encuentros de Las Leonas. Me gusta escucharlo de esa manera. No porque me remita a un exacerbado patriotismo que en verdad no profeso, sino porque me produce un fuerte sentimiento de comunión que me permite, a pesar de estar perdido en el medio del gentío, no sentirme solo entre las caras ajenas de los corredores que me rodean.

La carrera está por largarse, pero en realidad yo me siento como si la estuviera terminando. Es el comienzo del fin de un período de casi seis meses, y pase lo que pase en los próximos 21 km, percibo que esta vez al éxito lo tengo asegurado.

La maldición del hombro

Cuando tenía 16 años, en una clase de gimnasia del colegio, me luxé por primera vez mi hombro izquierdo. Me diagnosticaron luxación recidivante y me recomendaron operarme lo antes posible. En ese momento no sabía que estaba comenzando un karma que me iba a acompañar durante toda mi vida.

Quien haya tenido la desgracia de padecerlo, sabe que el dolor que produce la luxación es casi inhumano. Pero peor aun que el dolor es el miedo a que se deshagan todas las articulaciones, y que el brazo quede suspendido como si apenas estuviera agarrado de unos hilos. Es un miedo quizás irracional, pero así son casi todos los miedos.

Mi problema no se originó en un golpe o en un traumatismo. Vine con esa falla de fábrica. Todas mis articulaciones son sumamente laxas, a tal punto que a mis dedos pulgares casi puedo separarlos del resto de las manos, y consigo flexionar los brazos hacia fuera para que el ante codo quede como el punto más saliente de una especie de arco.

Me operé a los 17 años. Pensé que me había sacado el problema de encima, pero dos o tres años después, jugando un “cabeza” en la playa, me volví a luxar. De eso se trata la luxación recidivante del hombro: que el hueso se salga una y otra vez, y que eso se produzca de manera cada vez más frecuente y exótica. Tuve algunas luxaciones “dignas”, como en Río de Janeiro cuando una ola brutal me dio vuelta y me dejó con el brazo bamboleando en el medio de un mar bestial, pero la mayoría de las veces se produjeron en circunstancias ridículas, como cuando medio dormido pretendí acallar la chicharra del despertador con un golpe parecido a un remate de voley.

Hice montones de rehabilitaciones para fortalecer los músculos de la zona, que no sirvieron para nada que no sea perder mi tiempo y las ilusiones de una cura. Con los años me fui acostumbrando a utilizar cada vez menos el brazo. Sólo lo indispensable y en movimientos que carecieran de riesgo. Y cuando digo riesgo estoy hablando de sacarme la remera o atarme los cordones de los zapatos. De a poco fui asumiendo como algo natural esa semidiscapacidad, tratando de convivir con ella de la mejor manera que podía.

Sin embargo, algo nuevo comenzó a pasarme. El hombro empezó a salirse en los únicos momentos en los que no lo podía vigilar. Mientras dormía, en la mitad de la madrugada, me despertaba a grito pelado y lleno de impotencia. Así de raro como suena, la verdad es que la cama se convirtió en el único escenario en que se produjeron mis últimas seis luxaciones, y no precisamente por intentar alguna acrobacia de tipo sexual.

Mi hombro no es de esos que cuando se sale su dueño vuelve a colocarlo en su lugar dándole un golpe a lo macho. El ritual consiste – con variaciones dependiendo sí estoy sólo o acompañado – primero en conseguir serenarme, luego en encontrar el teléfono, a continuación marcar el número de urgencias, esperar que me manden una ambulancia, trasladarme al sanatorio, aguardar que llegue el traumatólogo de guardia, sacarme las radiografías y, finalmente, soportar el dolor y la impresión cuando el médico lleva a cabo los movimientos para reducir la luxación. El momento en que el brazo vuelve a su lugar coincide con el regreso del alma al cuerpo.

La última vez que me luxé fue en enero, unos días antes de irme una semana de vacaciones a Las Leñas con un paquete de actividades – vaya broma del destino – de turismo aventura. Un broche que poco tenía de dorado para ponerle fin a dos o tres meses bastante complicados.

El que se quema con leche cuando ve una vaca llora, y eso me pasaba a mí cada vez que visitaba a un traumatólogo. Pero esta vez no me quedó otra opción que aceptar el consejo que me daban todos los especialistas: “operáte.”.

Y luego de esperar más de 30 años, en abril me operé.

Todo fue esta vez infinitamente más fácil. En lugar de una operación mayor a cielo abierto, me practicaron una artroscopia. No sé cómo diablos se las ingenian, pero dos pequeñas incisiones es todo lo que necesitan para abrir el camino y ejecutarla. En vez de despertarme de la operación borracho, con una picazón en la herida y apretujado en un chaleco de yeso, volví al estado de conciencia como si despertara de una buena siesta, sin que nada me doliera, y apenas con un cabestrillo para evitar los movimientos. Estaba de tan buen humor que empecé a llamar a todos mis amigos, sin darles tiempo a que lo hicieran ellos. Algunos ni siquiera sabían que me había operado.

Según los médicos la operación había resultado “todo un éxito”, y aunque lo tomé con pinzas, porque lo mismo me habían dicho la primera vez, ahora algo me decía que las cosas serían distintas.

Al día siguiente me fui a mi casa. Me recetaron unos analgésicos para manejar el dolor que nunca necesite tomar. Increíblemente nada me dolía. Una semana después comencé la rehabilitación con kinesiología y magnetoterapia. Fui muy aplicado y avancé a grandes pasos. Sentía cómo mi hombro se fortalecía y recuperaba rápidamente su movimiento natural. Cuando me quise acordar se estaban terminando las diez sesiones programadas, junto con el mes que tenía que pasar para que el médico me autorizara a correr. Estaba listo para volver.

Continuara….

Tengo un blog

Ayer pasó algo insólito. WordPress, que es la plataforma que elegí para mi Armario digital, me aviso que había un problema con mi sitio, y que prometían resolverlo a la brevedad. Eso trajo como consecuencia, entre otras cosas, que no pudiera hacer nuevas entradas. La situación me alteró. Mi idea, como conté en el primer post, no era escribir todos los días y, mucho menos, plantearme la obligación de hacerlo. Por eso de entrada aclaré que este NO era un blog, sino un lugar para alojar cosas que escribo, para compartirlas con mis amigos en un formato más amigable que Facebook.

Recién WordPress me avisó que solucionó el problema y aquí me tienen escribiendo. La abstinencia que me provocó la interrupción momentánea del servicio, me convenció que lo que quiero es tener un blog. Porque escribir me produce mucho placer y, además, porque necesito compartir lo que me da en gana escribir. Creo que nunca tuve un diario porque no me interesaba escribir sobre cosas que solo las iba a leer yo. Para eso con dialogar conmigo mismo siempre me alcanzó. Si escribo es porque deseo que alguien, ojalá muchos, pero si fueran pocos no me desanimaría, me lea.

También fue una grata sorpresa y un enorme incentivo recibir tantas visitas en apenas dos días, y que no solo provinieran de Argentina sino también de otros diez países. Y los comentarios, que es una forma de saber que no solo te leen, sino también que hay personas a las cuales lo que escribís les parece interesante. O que ya estén siguiéndome en el blog más de 50 personas, de las cuales a varias ni siquiera conozco.

Si tuviera más auspiciantes, con seguridad postearía todos los días, pero todavía necesito seguir trabajando. Así que lo haré lo más seguido que pueda, tratando de robarle tiempo a, por ejemplo, los momentos en que pierdo el tiempo.

Así que lo digo con todas las letras: tengo un blog. Gracias por leerme y nos vemos en el próximo post.

Método Perelman para mejorar los tiempos en carreras de calle masivas

quedarse dormido

Llegó la hora de comenzar a utilizar este espacio, así que vamos a intentarlo. Ayer corrí el medio maratón de Buenos Aires, que para los que no son corredores, tiene, como todos los medio maratones, una extensión de 21 km. Si no son corredores no abandonen la lectura de este post, que quizás algo de lo que se dice les termine interesando. Por otra parte, ser no corredor (como también serlo), son estados eventuales, ya que de un día para el otro se comienza a correr y de la misma manera se abandona la actividad.

El Método Perelman para mejorar tiempos en carreras de calle masivas (en adelante el método Perelman) nació por accidente. Sucede que ayer me quedé totalmente dormido y en lugar de despertarme a las 5:30, como tenía previsto, lo hice exactamente una hora después. La alarma del celular la apagué estando dormido, y tampoco escuché la radio del equipo de música que había programado por si fallaba el teléfono. El sábado me había acostado muy tarde, así que no me llamó la atención quedarme dormido. Respiré aliviado al ver que eran las 6:30 y no las 9. Me vestí y desayuné a los piques, y a las 7 estaba saliendo de mi casa. Lo primero que pensé era que en el mismo momento que emprendía el camino hacia la largada de la carrera, mis compañeros de running team estaban sacándose la foto grupal. Pero el problema más acuciante era que tenía que encontrarme con una amiga – Gaby Bianchi – para pasarle el kit de otra amiga – Perla – que no podía correr la carrera porque había caído en cama un par de días antes.

Empecé a buscar un taxi mientras trotaba por la Avenida Las Heras rumbo a Plaza Italia. El panorama se presentaba más que complicado, ya que ni siquiera pasaban vehículos ocupados. Pero cuando estaba llegando a Santa Fé ocurrió una especie de milagro. Un taxi que venía ocupado para a mi lado, el taxista me toca bocina y me hace señas para que suba. Enseguida pensé que era algún compañero de mi equipo “Correrayuda”. Tan convencido estaba que salude al flaco que estaba sentado en el asiento de atrás con un beso y percibí en él cierta incomodidad. El taxista me aclaró que la idea de subirme había sido suya (“no te hagas problema flaco, que vos no pagás nada”, me dijo). El pibe de atrás resultó ser Misha, un americano de Bostón que hacía apenas dos semana que estaba viviendo en Buenos Aires por motivos laborales. Por su reacción, podría afirmar que aun no está muy familiarizado con saludar con un beso a hombres desconocidos que se suben a su taxi. A las pocas cuadras la situación se volvió aun más cosmopolita, porque el taxista volvió a parar para subir a una rubia preciosa que tendría unos 30 años. Nina resultó ser una diplomática dinamarquesa que trabaja en la Embajada de su país, que hace dos años y medio vive en Buenos Aires, y que está a punto de abandonar la carrera diplomática para casarse con un porteño del que se enamoró hace poco más de un año. Nos contó que pensaba tardar 1:30 (un tiempazo para una mujer) porque no estaba bien entrenada.

Llegamos a destino y el bostoniano se nego firmemente a compartir el costo del viaje. Me despedí de mis compañeros de taxi y comencé a trotar hacia la zona de largada para encontrarme con Gaby, con quién veníamos intercambiando mensajes y llamados. Estábamos a tres o cuatro metros de distancia hablando por teléfono, pero no lográbamos divisarnos. Hasta que finalmente nos topamos de frente y le entregué el kit de Perla. En ese momento eran las 7:30 pasadas y yo ni siquiera había entrado en calor, ni dejado en el guardarropas un buzo que no quería cargar durante toda la carrera.

Entonces decidí relajarme. Fui al guardarropas e hice una entrada en calor corta de menos de 10 minutos. Entre una cosa y otra recién traspasé la línea de partida 15 minutos después de la largada oficial. Muchas veces había pensado que largar cuando la carrera ya estuviera empezada podía tener sus ventajas, así que no lo tomé como un problema sino como una oportunidad de experimentar algo distinto.

En las carreras masivas de calle elegir el lugar desde el cual se larga es un tema complicado, por lo menos para el 70% de los corredores. Los que tienen una cantidad apreciable de carreras creo que saben de que estoy hablando. Ubicarse muy cerca de la línea de largada, en el medio o al fondo, con todos sus gradientes, tiene sus pros y sus contras.

Si uno no pertenece al grupo privilegiado de los más rápidos que pelean por los podios o al menos por lograr una muy buena performance en su categoría, colocarse muy cerca de la meta tiene sus inconvenientes. En primer lugar, hay un primero que podríamos definir como ético. Si no somos corredores muy rápidos, ubicarnos cerca de la línea de largada lo que hace es molestar a los más rápidos que se colocaron detrás de uno. Es sumamente molesto sentirse un obstáculo y que para pasarnos nos hagan a un costado a los codazos, mientras nos claven una mirada de desprecio y alguna que otra puteada. Por otra parte, como durante por lo menos los dos primeros kilómetros casi todos te pasan, desde el punto de vista anímico es un golpe a la autoestima y uno corre el riesgo de desanimarse.

Entonces, una vez que nos dimos cuenta que ponernos demasiado adelante no sirve, en la próxima carrera tratamos de colocarnos en un lugar acorde a nuestro ritmo. Incluso, en algunos casos (recuerdo por ejemplo algunas ediciones de la Nike) cuando el corredor se inscribe le preguntan por su tiempo estimado, y le dan una pulserita para que se ubique en el lugar que le corresponde a su ritmo de carrera. Esto funcionaría muy bien si la gente fuera honesta en el tiempo declarado, y además se ubicara en el espacio asignado (cosa que por otra parte nadie controla). Pero en la práctica, son muchos los que no respetan la consigna, y se cuelan con la ilusión de mejorar un par de minutos su tiempo en la competencia. Entonces lo que sucede es que en la largada se produce el efecto congestionamiento. Salvando las distancias, es algo parecido a salir durante un cambio de temporada rumbo a la costa: la salida de Buenos Aires suele ser un infierno, y por momentos no hay otra solución que ir a paso de hombre. Entonces, ahora que largamos en el lugar que teóricamente nos corespondía, somos nosotros los que estamos tratando de abrirnos paso a los codazos y puteadas, o los que buscamos encontrar espacios alternativos, de la misma manera que los automovilistas se meten en la banquina. El congestionamiento suele prolongarse por lo menos hasta los dos primeros kilómetros, y a veces vuelve a producirse más adelante cuando el sendero se estrecha. Si bien es una situación frustrante, de tan acostumbrados que estamos lo tomamos como un inconveniente casi inevitable de estas carreras multitudinarias. Ni hablar si llegamos a último momento y debemos colocarnos al final de la gran hilera: en este caso el efecto congestionamiento se potenciará al máximo.

En conclusión, si uno se anotó en una carrera para buscar su plusmarca individual u obtener un buen tiempo, el congestionamiento es un enemigo que seguramente conspirará contra ese objetivo. En una competencia muy larga como el maratón ese problema se diluye, pero en una de diez kilómetros puede significar que hasta la tercera parte de la carrera no se pueda realmente despegar. En un medio maratón se da una situación intermedia, pero el problema no es desdeñable. El congestionamiento siempre trae aparejado que el tiempo final sea mayor al que potencialmente se podría haber logrado. Ni hablar si el corredor una vez que el panorama finalmente se abre intenta compensar el tiempo perdido, porque corre el riesgo de fundirse y terminar muy mal los últimos kilómetros.

¿Y qué pasa si decidimos largar una vez que la carrera ya empezó hace una buena cantidad de minutos? Para los corredores de elite y los amateurs que buscan podios, este método claramente no les sirve, debido a que los podios se entregan según el tiempo oficial, que contabiliza cuánto tarda el corredor en transponer la línea de llegada, tomando como punto de partida la largada oficial. En otras palabras, la carrera la gana el primero en cruzar la meta, por más que el segundo haya tardado un segundo menos de acuerdo al llamado tiempo neto (que comienza a computarse cuando el corredor efectivamente pasa por la línea de largada, lo cual es registrado por el chip que provee el organizador del evento). Pero decíamos que estos corredores tienen solucionado el problema ya que se colocan muy cerca de la línea de partida. Es más, en muchas carreras los corredores de elite largan unos metros adelante que el resto, justamente para evitarles que algunos desubicados les provoquen el “efecto tapón”.

Si uno larga 15 minutos después, como me sucedió a mi ayer, el efecto congestionamiento desaparece. No solamente al inicio, sino durante toda la carrera. Por supuesto que nuestro tiempo oficial va a ser muy malo, pero si lo que nos interesa es el tiempo neto (como a casi todos los corredores que conozco), con esta modalidad de largada se tienen muchos segundos y hasta minutos para ganar. Así como el congestionamiento genera malhumor y frustración, tener despejado el camino durante los primeros kilómetros nos permite rápidamente colocarnos en el ritmo de carrera que nos propusimos. Además, otra cosa que sucede y que ayer me encantó, es que durante toda la carrera uno pasa a todos los corredores que vienen adelante. Eso me ocurrió de manera muy notoria durante la primera mitad de la carrrera, cuando dejaba atrás a centenares de competidores como si fueran postes. Pero también, aunque ahora me costaba un poquito más pasarlos, a los que rebasé en la segunda mitad y así fue hasta el final de la competencia.

Así como cuando te pasan no te gusta nada, para mi pasar es un placer que me genera un efecto psicológico tremendamente positivo. Correr es precioso, pasar es divino. En síntesis, el método puede servirnos para lograr un mejor tiempo en carreras multitudinarias, que por otra parte son la más importantes del calendario.Y si lo que nos interesa es ver como salimos en la general, por sexo y en nuestra categoría, siempre es posible recomponer la información en función del tiempo neto.

Algo que no dije pero que está implícito, es que el método también nos permite dormir hasta una hora más, como lo demuestra mi experiencia de ayer (aunque claro; no siempre pasará un taxi que mágicamente nos invite a subirnos y viajar gratis).

Pero como sucede con casi todo, no solo en el running sino también en la vida, también hay desventajas, que es bueno conocer para, llegado el momento, sopesarlas con los beneficios.

En mi caso, aunque esto no se aplica a todos los corredores, la principal es que me perdí la foto con mi running team, foto que está al final de este post. De todas maneras, bien se puede llegar a tiempo para quedar retratado con los compañeros, empezar la entrada en calor unos minutos antes de la largada y comenzar a correr 10 o 15 minutos después de producida la misma. Aunque en este caso, claro, adiós a la hora extra en la camita.

La segunda desventaja es que uno corre casi toda la carrera acompañado de corredores más lentos, y eso puede inconscientemente quitarnos el incentivo que produce la competencia. En mi caso, claramente ayer me pasó eso, agravado porque no llevaba ni un reloj con GPS ni un monitor de frecuencia cardíaca. Y como me olvidaba de controlar los tiempos de cada kilómetro, corrí más de la mitad de la carrera sintiendo que iba a un ritmo mucho más rápido del que cumplí en la realidad. De todas maneras, creo que esto es fácilmente corregible si uno dispone de la tecnología que permite monitorear permanentemente el ritmo al cual estamos corriendo. De hecho, esto no hubiera ocurrido si el viernes en la expo no hubieran vendido cinco minutos antes el Garmín que quería comprarme. La última desventaja ya la mencioné arriba, pero la reitero: este método no le sirve a los que buscan podios. Aunque, ciertamente, en las carreras masivas conquistar un podio es muy difícil si uno no es un corredor de elite.

Bueno. Hasta aquí mis reflexiones sobre el “Método Perelman para mejorar tiempos en carreras de calle masivas”. Se los recomiendo fervientemente. No sólo porque pueden conseguir a igual condición de entrenamiento un tiempo neto mucho mejor, sino fundamentalmente porque sin congestionamiento – tanto arriba de un auto como conduciendo nuestro propio cuerpo – el viaje es mucho más placentero.

Imagen
Mi running team. No me busquen porque todavía estaba durmiendo.
M T

Poesías, prosas y cuentos

Correlatos

Relatos, ficciones y lo que tenga ganas de escribir

Semana 52: Espartatlón

Relatos, ficciones y lo que tenga ganas de escribir

ES DOMINGO Y NO TENGO NOVIO

Relatos, ficciones y lo que tenga ganas de escribir