El Sábado saluda al Domingo

sabado saluda al domingo

Mañana es domingo. Parece increíble pero siento que pasó mucho más que una semana desde que comencé a escribir este blog. Es la misma sensación que se tiene los primeros días de unas buenas vacaciones: por ahí son solo cuatro o cinco días, pero a uno le parece que van diez.

Me puse a escribir ahora porque mañana, en mi camino hacia el maratón de Buenos Aires que correré el domingo 13 de octubre, mañana me toca hacer un fondo de 30 kilómetros. Después tengo almuerzo familiar en lo de mis padres, y cuando vuelva a mi casa quiero ir a parar a la cama sin escalas para dormir la siesta. Así que digamos que estoy trabajando un sábado a la noche para tener el domingo libre.

Había pensado poner otro microrrelato de hasta cien palabras que escribí hace un par de días, pero lo acabo de releer y definitivamente no me convence. Lo voy a dejar un tiempito madurando a ver si le encuentro un remate más potente.

Lo que me gustaba de este cuento, por ahora fallido, es que es una historia real. Y ya que salió este tema, les hago una aclaración. Muchos me preguntaron por privado si la historia trágica de amor contenida en las 98 palabras de “Una relación muy breve” (va el link para los que no la leyeron) https://pabloperelman.wordpress.com/2013/09/11/el-cuento-mas-corto-del-mundo/?fb_source=pubv1) era una historia real y, más específicamente, si yo era el protagonista. Lamento desilusionar a los lectores, pero no. El relato es pura ficción: ni me ocurrió a mi ni a nadie que yo conozca. Les digo más: si sumamos la cantidad de veces que le dije en toda mi vida un piropo a una chica en la calle, o que me acerque a hablarle a una desconocida, me da como resultado cero. Alguien muy avispado podrá decir que en el cuento el protagonista tampoco dice piropos ni pronuncia palabra, pero tampoco me acerque jamás a abrazar a una mujer ni en el subterráneo ni en un boeing 787. Algunos de Uds. me conocen y para otros soy solo el escritor de este blog, pero se los confieso a todos: soy una persona muy tímida.

Tengo hambre así que me voy a cocinar las pastas para el fondo de mañana y quizás después mire una película con María Eva. Un milagro que produjo el blog es que tengo totalmente abandonadas las series de Netflix, luego de estar al borde de caer en un estado de adicción profunda. Que terminen bien el finde.

Piropos en la feria y recuerdos de mi niñez

frutas y verduras

Hace un mes y medio o dos mi vida vida cotidiana cambió radicalmente, debido a que comencé a trabajar en mi casa. Por supuesto que muchas veces tengo reuniones de trabajo y viajes obligados al centro, pero la mayoría de los días mi oficina pasó a ser el departamento en el que vivo. Este cambio ocurrió de manera bastante precipitada e imprevista. Así que en unos pocos días dejé de trabajar en una oficina del barrio del Abasto, en la que realizan distintas tareas más de 120 personas, a hacerlo en un departamento en el que casi todo el tiempo soy el único morador.

En toda mi vida laboral nunca había trabajado en mi casa y, si bien muchas veces había fantaseado con la idea de hacerlo, en un principio la nueva situación me provocó bastante pánico. Básicamente temía no poder organizarme, y ceder a tentaciones diversas como poner la televisión (es decir Netflix porque hace unos meses que no tengo cable), leer novelas, dormir largas siestas o, peor aún, ponerme a escribir un blog (risas de comedia de situación).

En síntesis, la mayoría de mis hábitos cotidianos cambiaron, quizás con la excepción de los entrenamientos matutinos de los martes y jueves y los fines de semana. Muchas veces me olvido de las comidas y termino almorzando a las cuatro de la tarde o cenando a las 12 de la noche. O, quizás más a menudo, mi alimentación se divide en un montón de excursiones a la heladera, donde se mezclan los platos principales con los postres, o las frutas y las verduras con quesos, yogures y gelatinas dietéticas. Suena medio caótico, pero sacando la desorganización reinante, mi alimentación es bastante buena.

Y es que una de las nuevas costumbres que incorporé es concurrir sin falta a la Feria Itinerante de Abastecimiento Barrial (FIAB) que todos los viernes se estaciona a una cuadra de mi casa entre las 8 y las 14 hs., en el medio de la larga cuadra en que Salguero forma parte del cuadrilátero de la Plaza Las Heras, a la que algunos todavía llaman y recuerdan como la ex- Penitenciaría. Como la feria abre bien temprano, en mi anterior condición laboral perfectamente podría haber hecho las compras antes de salir a trabajar, pero creo que en los cuatros años que hace que vivo en este departamento lo habré hecho a lo sumo tres o cuatro veces. Hoy que fue uno de esos días que tuve que ir al centro, llegué a la feria a las 13:40 y alcancé a hacer la compra de frutas y verduras, y de quesos y dulces, que son los dos puestos a los cuales concurro siempre. Y creo que si no hubiera llegado a tiempo, ese hubiera sido un motivo suficiente para arruinarme el día.

La feria tiene dos ventajas con respecto a los supermercados, autoservicios chinos y otros comercios barriales, pero son dos ventajas muy contundentes: los precios son en promedio hasta un 30% inferiores, y la calidad de los productos es excelente. Además las compras de la feria me permiten fraccionar un poco el acopio de provisiones, y así me evito cargar pesadísimas bolsas a la salida del supermercado. Son razones más que suficientes y, sin embargo, hay otra que para mí es aun más importante. Pero para conocerla les pido que esperen.

Hasta los siete años viví con mi familia en Villa del Parque, que en la década del sesenta era un barrio de casas bajas, con apenas algunos edificios de departamentos. De aquellos años están los recuerdos y anécdotas con mis primos mayores, Marcelo y Hugo, imágenes de unas chicas de la cuadra que eran más grandes que yo con las que jugábamos al elástico, los partidos de fútbol en la calle, el polémico ring raje con el cual nos granjeábamos el odio y el desprecio de casi todos los vecinos. y el recuerdo de mi gran amigo de la niñez a quien en mí casa denominábamos, por razones estrictamente geográficas, Sergio de la vuelta.

Uno de los recuerdo más nítidos y gratos de esos años eran las compras que hacíamos con mi mamá en la feria del barrio. No sé si esa feria abría todos los días o solo unas veces por semana, pero sí estoy seguro que íbamos bastante seguido, y que recorríamos los distintos puesto hasta reunir todas las provisiones necesarias para una casa de dos adultos y dos niños (cuando nació mi hermana menor enseguida nos mudamos), mientras los puesteros no ahorraban elogios hacia los productos que ofrecían, mientas piropeaban a las clientas, algunas veces de manera sincera, y otras quizás como estrategia para incrementar las ventas. Cuando hacíamos compras grandes mi mamá llevaba uno de esos viejos changuitos (que en nada se parecen a los que se pusieron de moda hace unos años) o a veces nos bastaba con una bolsa que cargábamos entre los dos agarrando cada uno una manija.

Los grandes supermercados todavía no habían llegado a la Ciudad de Buenos Aires, pero en Villa del Parque, a pocas cuadras de mi casa, sobre la calle Cuenca, estaba el Supermercado de la Buena Suerte, donde los clientes que gastaban en una sola compra más de 5.000 pesos moneda nacional, se llevaban de regalo un long play de vinilo con alguno de los éxitos de la época. Se ve que no todas las cosas se podían o convenían comprar en la feria, porque de tanto en tanto los sábados concurríamos al comercio de la gran herradura roja, que a diferencia de la de feria era una excursión familiar en la que también participaban mi papá y mi hermana.

Después nos mudamos a Palermo y ya no tengo recuerdos de ferias barriales. Al poco tiempo de instalarnos en un departamento muy moderno de la calle Malabia entre Charcas y Güemes, se abrió una sucursal de los Supermercados Minimax en Paraguay y Acevedo (hoy Armenia), a los que mucha gente recuerda porque en ocasión de la visita de su dueño, el multimillonario norteamericano Nelson Rockefeller, en junio de 1969, se produjo un antentado simultáneo contra 13 de sus sucursales que, según afirma el historiador Isidoro Gilbert, en su libro La Fede, fue responsabilidad del aparato militar del Partido Comunista argentino. Creo que por esa razón al poco tiempo los Minimax abandonaron el país, y en la sucursal palermitana de la calle Paraguay se instaló un supermercado Disco.

Pero todo eso pasó hace mucho tiempo. Por suerte hace varios años están las FIAB, aunque tengo la impresión que mucha gente aun no las conoce. Hace aproximadamente un mes estaba haciendo la compra de frutas y verduras, y el dueño del puesto, que casi siempre me atiende, se puse a tararear una canción de Pablo Milanés que hacía muchísimos años que no escuchaba. Él suponía que era de Silvio Rodríguez, pero no tardé en convencerlo de lo contrario. Yo que no soy de charlar mucho ni con vendedores ni taxistas, empecé a conversar cada vez un poquito más con él, a escuchar sus recomendaciones sobre qué productos me conviene llevar, o a hablar de programas de radio de finales de los años ochenta. Como en general hago las compras después de correr y vestido aun con atuendo deportivo, hoy me preguntó si caminaba mucho y se sorprendió cuando le conté de los entrenamientos que hago y las carreras que corro.

Como estos días mi cabeza funciona todo el tiempo en formato de blog, mientras esperaba mi turno en la cola pensé que tenía que escribir sobre los recuerdos de la feria de Villa del Parque de mi niñez, y de estas ferias itinerantes versión siglo XXI. Cuando me estaba haciendo la cuenta me animé y le pedí su dirección de email. Me dijo que no tenía pero me pasó su nombre para que lo buscara en Facebook. Está tarde le mandé la solicitud de amistad y al ratito me aceptó. Seguramente mañana mi amigo Ramón se va a sorprender cuando reciba este post.

Un hombro maldito maldito. Tercera (y última) parte

No es mi intención volverlos locos, así que prometo que esta es la última vez que le cambio el nombre al blog. Finalmente me quedo con el que había elegido hace un par de años, cuando comencé a pensar en este proyecto. Esta historia llega a su fin, aunque tampoco del todo, pues tiene su colofón. Pero tendrán que esperar un tiempo, porque otras entradas están primero en la cola. Además debería dedicarme un poco a embellecer el blog, ponerles etiquetas a las entradas, acompañarlas con fotos, contar quién soy, investigar como cambio esa foto horrible que viene por default y un montón de cosas más que aun no hice porque preferí poner todas mis energías en escribir. Pero en algún momento tendré que hacerlas, así que si no tienen novedades es porque estoy trabajando en eso. Que tengan un lindo fin de semana.

La carrera

Llego a la largada un poco retrasado debido a los cortes de calles que dispuso la organización. Dejo a las apuradas mi mochila en uno de los puestos montados para dejar los bultos, lamentando no haber llegado a tiempo para la tradicional foto grupal. Tomo la buena decisión de no cargar con las dos caramañolas llenas de Gatorade, y solamente me llevo el cinto con los geles. Me cruzo con Eugenio que también está dejando sus cosas, y cumplimos con el ritual de desearnos mucha suerte.

Me ubico en la largada en la franja de tiempo comprendida entre 4:30 y 5 minutos. Un ritmo que de ninguna manera puedo sostener, pero que me evitará soportar el congestionamiento de los primeros kilómetros.

Final de la cuenta regresiva y a correr. El primer kilómetro siempre es un poco complicado, porque hay que encontrar el ritmo con el que uno se propuso arrancar. Algunos ya tienen ese problema medio solucionado gracias al GPS, pero otros todavía tenemos que apelar a las sensaciones o a lo que indica el pulsómetro. Ese es mi último caso y trato de estabilizarme en alrededor de las 135 pulsaciones.

Luego de estar atrapado en esa especie de corralito que son las largadas, empezar a correr supone para mí una enorme liberación. Siempre me siento fresco, enérgico y liviano y, aunque sé perfectamente que no toda la carrera será así, es imposible no tener la sensación de que esta vez las cosas serán más sencillas. Pero decodificar mal el mensaje positivo que transmite el cuerpo, generalmente se traduce en principios gloriosos seguidos de finales funestos.

A diferencia de otros deportes, en el running no se puede jugar bien los primeros minutos y después dedicarse a aguantar el resultado. Lo que importa es el ritmo promedio, y no un par de kilómetros descollantes. No hay jugadas espectaculares que vayan a quedar grabadas en la retina de nadie, sino simplemente la repetición hasta el hartazgo de un paso tras otro. Así de aburrido y al mismo tiempo apasionante es este deporte.

Termino el primer kilómetro en 5:20, cuando me había propuesto hacerlo en 5:30. No está tan mal. Siempre me pasa lo mismo, pero la brecha entre objetivo y realidad suele ser mucho más grande. Veo delante de mí una liebre que marca un ritmo de 5:20 y por un momento me tiento, pero recapacito de inmediato y la dejo pasar.

Los próximos 3 kilómetros los transito a un ritmo bastante constante. Eso al menos creo porque mi cabeza va por otro camino y me olvido de controlar los parciales. En cambio sí presto atención al pulsómetro, que ahora se ubica en las 138 pulsaciones. Voy bien.

Comienzo a mirar la carrera en forma de relato. Me hablo a mí mismo como si estuviera dictándome un cuento, y trato de memorizar todos los párrafos que me vienen a la mente. Y aunque intento concentrarme en la carrera y evadir los pensamientos que bombardean mi cabeza, es imposible. Cada vez que corro me pongo a armar el relato de la carrera, aunque después lo descarto y nunca lo escribo. ¿Le pasara a mucha gente algo así? ¿Será que me gusta más escribir que correr? ¿O qué en verdad correr y escribir son para mí dos componentes de una misma cosa que no puedo escindir?

Estoy enfrascado en esos pensamientos cuando aparece a mi lado Nati Kusnir, que anda solita buscando compañía. Yo agradecido, aunque tengo claro que el acompañamiento no va a durar demasiado, porque la semana pasada hicimos un par de pasadas juntos y en las dos quedé con la lengua afuera. Dicho y hecho, un kilómetro después mis pulsaciones suben a 142, y es el momento de tomar la sabia decisión de dejarla ir. Un ratito antes, en la curva del Puente Pacífico me lo cruzo al amigazo Charlie, que me prodiga sonriente su clásico “vamos Pablito”, mientras pienso que algún día tengo que preguntarle porque siempre corre las carreras de calle cargando una mochila pequeña.

Poco después, ya entrado en Libertador me pasa mi amigo Cristóbal, y nos alentamos mutuamente. Me pone contento verlo fuerte, pero también me da un poco de miedo que esté yendo un tanto más rápido de lo aconsejable. Casi enseguida resuena en mis oídos un Perelmaaaaan y las veo pasar muy alegres a mis compañeras de la mañana Ceci Sosa y Myriam. Hice un par de fondos con ellas hace poco, pero cedo nuevamente a la tentación de seguirlas. Todo está más o menos en orden: me pasan los que yo creo que están en mejores condiciones que yo. No es que me guste que me pasen, pero cuando largué adelantado sabía que eso iba a ocurrir.

Con el anuncio del kilómetro cinco llega el primer puesto de hidratación y aprovecho para tomar mi gel de frutilla y banana. Si bien no había transcurrido todavía la media hora de carrera, mi nutricionista me había sugerido adelantarlo para evitar las bajadas de presión. Dicho y hecho: en toda la carrera eso nunca sería un problema.

En los próximos kilómetros bajo levemente el ritmo. Al doblar en Carlos Pellegrini me encuentro con la única cuesta importante de la carrera, y avizoro – sin poder leerlo- el cartel de una liebre que me lleva una escasa ventaja. Imagino que es la que lleva el ritmo para terminar la media en una hora y 55 minutos, lo cual de acuerdo a mis planes no está nada mal. Pero cuando la alcanzo corroboro que lleva un ritmo de 5:45. Eso significa que voy a tardar más de 2 horas, cuando justamente ese era el tiempo límite que me había planteado de antemano. A pura bronca tomo impulso y dejo a la liebre atrás.

Aparecen por primera vez los pensamientos negativos. Por un rato me castigo a mí mismo ante una evidencia más de las escasas condiciones que tengo para este deporte. Me pregunto por qué no habré tenido más suerte con los genes que me tocaron en la gran repartija de los dones. Seguro que si me dan a elegir lo cambio por algún otro con el que fui más favorecido. Puedo hacer los esfuerzos que sean, pero ese límite ya está escrito en mi mapa genético. Pienso además que hace un par de años corrí esta carrera en 1:53, y que nunca más voy siquiera a repetir ese tiempo. Me viene el recuerdo del Gato Gaudio cuando medio lloriqueando dijo que nunca más iba a volver a ganar Roland Garros. Una comparación absurda teniendo en cuenta que yo nunca gané nada.

Mientras sigo con el palo y palo, me voy acercando a la mitad de la carrera. Llego a Plaza de Mayo y retorno por Diagonal para comenzar la vuelta. Por suerte a partir de ahora los kilómetros ya no se suman, sino que se restan. Un rato antes un nuevo Perelman de una voz femenina, que se me hace muy familiar, se arrima a mis oídos desde atrás. Es mi amiga, colega y proveedora de economistas calificadas Paulita Guillén, que viene muy oronda por mi derecha junto a Maita Tagliaferro. Otro rebase más que lógico y esperable, porque Paula está entrenando como nunca para la maratón de montaña de Villa La Angostura.

Las piernas comienzan a pesarme por primera vez en la carrera. Pero decido terminar con la autoflagelación y ver la mitad del vaso lleno. Me digo que al fin y al cabo esta es la primera carrera en la que realmente estoy compitiendo en casi dos años. Que hace apenas unos meses que retomé el entrenamiento y que tuve que empezar desde cero. Que en este deporte no existen los resultados afortunados, sino solo los que devienen del trabajo constante a largo plazo. Que después de tanto tiempo por primera vez estoy haciendo las cosas bien.

En el medio de mi auto-arenga, por el kilómetro 12 aparece de la nada mi compañera de Los Andes Gaby Villa. Me había mandado la noche anterior un SMS muy lindo en el que me decía que pusiera “garra, calma y pasión”. Y ahora la tengo a mi lado alentándome, ofreciéndome agua, bananas, diciéndome que me ve bien. La inyección anímica es instantánea y mágicamente me siento fuerte y animado. ¡Somos un equipo! Entramos en la subida de la autopista y la carrera ahora me sonríe. Gaby viene un poquito por detrás mío, y supongo que lo está haciendo adrede para no presionarme con el ritmo. Pero llegando al puesto de peaje me confiesa un dolor en el isquiotibial y decide bajar la intensidad para no arriesgarse. Le agradezco y le digo que se cuide. La inyección me dura y comienzo a pasar gente.

Llega el kilómetro 15 y con él el momento de tragarme el segundo gel. Ya la carrera está entrando en su fase final. Me termino de amigar conmigo mismo y por un momento me siento un campeón. Me digo que soy parte de una gran legión de corredores que no fueron tocados por la varita mágica de la velocidad, pero que aun así me la banco y persevero. Que además correr es una parte muy importante de mi vida, pero solamente una parte al fin.

Hace un tiempo charlando con un contrabajista que está pasando por un gran momento artístico, me decía que sí estaba bien de la cabeza tocaba mucho mejor. Cuando lo escuché me llamó la atención, pero así debe ser en todas las disciplinas. ¿O acaso es posible hacer una gran carrera si se está atravesando una crisis anímica? No lo creo.

Correr nos hace muy bien a la cabeza, y estar bien de la cabeza nos hace correr mejor. Es la vieja historia del huevo y la gallina. Pero por las dudas lo mejor es seguir corriendo siempre, aún cuando sintamos que se nos está cayendo encima una parte del techo.

Sumido en mis pensamientos y habiendo abandonado ya cualquier pretensión en cuanto a tiempos, llego al kilómetro 19. Hago cálculos y me doy cuenta que todavía puedo llegar en menos de dos horas. Entonces comienzo a apurar el paso en busca del renovado objetivo. Pero no por eso mi mente deja de divagar. Pensándolo bien esa debe ser la gran razón por la cual este deporte me gusta tanto: se puede correr y al mismo tiempo charlar, escuchar música o echar a volar la imaginación.

Me pongo sensible y aparecen mis afectos, especialmente los que me apoyaron y ayudaron en los momentos difíciles que antecedieron a la operación, y a los más sencillos pero cargados de ansiedad de la recuperación. Mi hija María Eva, que por un par de días se abstuvo de ser niña para cuidar a su padre, y su madre, que todavía se preocupa por mí; mi gran amiga y compañera de trabajo Paulina, que siempre me banca en los momentos más difíciles, y cuando las cosas marchan bien cree en mí más que yo mismo; mis padres y hermanas, con esa incondicionalidad marcada por las relaciones de sangre; mis amigos Fernando, Ceci, Inés y Sandra por estar en las buenas y sobre todo en las malas; mi amigo Sergio, que hace 23 años se coló en mi vida, y me la hizo mucho más divertida a pesar de los 6.000 km que permanentemente nos separan; mis amigos de JUNES; y, muy especialmente, mis compañeros de Correrayuda.

Se que voy a cometer algunas injusticias si intento nombrar a todos, pero igual voy a correr el riesgo: mis amigas Perla y Claudia que son incondicionales; Cristóbal y Myri, que siempre tienen la mejor onda; Kiwi y Silvina Uri, porque son muy dulces; Yiya, que además de estar seduciendo a todas las chicas, de vez en cuando nos da un poco de bola a los varones; y tantos otros compañeros de la mañana. Y Gaby Vespe y Laura Frezzotti porque son buenas, cariñosas y siempre me alentaron para que me operara y diera vuelta la página.

Envuelto en esos pensamientos diviso el cartel de llegada. El pulsómetro marca 157 pulsaciones por minuto. Voy a llegar justo a tiempo. Pero en eso me doy cuenta que el reloj de la carrera está 10 segundos adelantado con respecto al mío. Tengo que picar para terminar por debajo de las dos horas del tiempo oficial. Traspaso la meta cuando faltan apenas tres segundos. Voy a que me saquen el chip y apoyo el pie equivocado, no tanto por cansado, sino por distraído. Me río de mí mismo, que es algo que sé hacer muy bien. Acabo de correr la carrera más linda de mi vida. Volví a ser un corredor. Me siento feliz.

M T

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