Un romance escandinavo. Una novela por entregas. Capítulo 17

36

Una vez que pagaron la cuenta Esteban y Cecilie salieron de El Escandinavo y caminaron dos cuadras sin rumbo y en silencio. Él había propuesto ir a otro lugar para continuar la charla, sin aclarar si se dirigirían a otro bar para seguir bebiendo o si, dado que ya eran casi las nueve de la noche, optarían por un restaurante para cenar. A ambos el silencio comenzó a hacérseles pesado, incómodo. Apenas unas semanas atrás, antes de que Cecilie partiera de vacaciones a Noruega, en todos y cada uno de los encuentros que habían tenido la conversación entre ellos había sido siempre fluida, intensa, apasionada y sin secretos ni tapujos. La charla en El escandinavo había sido interesante y en parte reveladora para los dos. Esteban le había confesado a Cecilie aspectos referidos a la relación y separación de Lucía que ella desconocía, y que quizás hubiera preferido no saber. Y aunque lo sospechaba, para él también había sido duro escuchar de su boca, cómo ella había diagramado su vida desde tan joven, y cuál era el lugar que le había asignado a Jakob en su plan. Ese silencio pesado e incómodo se retroalimentaba con los pensamientos que cada uno tenía por separado y que ninguno se animaba a compartir con el otro. Pero sobre todo el mutismo, denotaba, el miedo a afrontar la cuestión que ambos habían postergado deliberadamente: ¿qué futuro tenía la relación entre ellos si es que tenía algún futuro? ¿Qué era lo que en verdad esperaban, querían o deseaban? ¿Cómo superar las dificultades que planteaban el regreso de Cecilie a Noruega, la incertidumbre sobre el tiempo que tardaría en regresar a Buenos Aires o incluso si eso regreso se produciría alguna vez? Ese silencio angustiante en el cual estaban atrapados era la señal del baño de realidad que ambos comenzaban a tomar. Siempre habían vivido -con algunas excepciones como cuando Cecilie le sugirió a Esteban que estudiara noruego- el presente, habida cuenta lo difícil que resultaba imaginar un futuro. Pero existía la fantasía que ese presente se siguiera renovando día a día, viviendo una vida apasionada pero a hurtadillas en bares alejados o en penumbras, en las matinés de los cines vacíos del centro, en el impersonal y desangelado departamento de Analía, en la deshabitada mañana de un miércoles cualquiera en la reserva ecológica, en los bancos de las plazas en horas que ya nadie las visita, o en la casa de ella cuando su marido y sus hijos estaban en un Family day. Pero también con la desfachatez de ir como “novios” a un casamiento, de encontrarse en un parque de diversiones acompañados de sus hijos, de violar las normas diplomáticas teniendo sexo en la embajada de Noruega o de coquetear en la mismísima casa de Cecilie en una cena protocolar delante de su marido. Todo eso había ocurrido en un tiempo cronológico demasiado breve. Cómo si ambos hubieran transitado por una dimensión temporal paralela en la cual cabían más hechos y acontecimientos que en el tiempo real.

Cuando estaban llegando a una esquina Esteban la tomó de la mano, se apoyó en la pared de un edificio y rompió el silencio: “¿Sabés lo que estoy pensando? En dos días vos viajás a Oslo y yo a Toronto. A los dos nos sorprendieron circunstancias que no habíamos previsto y que nos obligaron a tomar decisiones en un abrir y cerrar de ojos. Si estuvimos charlando durante casi cuatro horas y no fuimos capaces de hablar sobre el futuro, eso se debe a que en este contexto nos resulta imposible planificar nada. Aunque sea duro yo prefiero enfrentar la realidad y creo que vos deberías hacer lo mismo. Si no lo hacemos ahora vamos a terminar haciéndonos daño. Por otra parte es la mejor manera de preservar lo que vivimos durante estos meses. Después si las circunstancias cambian y podés regresar a Buenos Aires, otro será el cantar y llegará el momento de decidir qué es lo que cada uno quiere.” Cuando Esteban terminó de hablar Cecilie asintió y luego apoyó su cabeza en el pecho de él. La abrazó con fuerza, le acarició el pelo y le dijo en un tono ahora más intimista: “Es casi seguro que cuando regrese de Toronto me mude. De hecho ya le pedí a un par de inmobiliarias que me busquen departamentos para elegir uno cuando vuelva. Me parece que en lugar de buscar otro sitio para continuar conversando, esta noche podríamos despedirnos del departamento de Analía, ¿no te parece?” Cecilie levantó su cabeza, lo miró, le sonrió y le dijo: “No podría estar más de acuerdo. Vamos.”

37

Al día siguiente Esteban llegó a la Fundación a las nueve de la mañana. Se metió en su oficina y se enfrascó en la lectura del interminable material que le habían enviado los canadienses, para ponerse a tono con los ejes centrales que debatiría en Toronto la red de expertos a la que había sido convocado. Pasadas las diez Jorge le tocó la puerta y sin esperar respuesta entró. “Qué cara de dormido tenemos. ¿Tuviste insomnio o la charla con Cecilie se prolongó hasta altas horas?” Esteban le sonrió y le dijo que algo así había ocurrido. Lo invitó a sentarse, le resumió la conversación que había tenido con ella y le contó que su cara de dormido se debía a que habían pasado la noche juntos. “¿Entonces?”, le preguntó Jorge. “Anoche cuando dejamos de hablar y nos reconectamos desde los sentimientos nos sentimos muy bien. Habíamos tenido una charla interesante pero densa y tirante. Habría sido feo que esa charla hubiese quedado como la última postal de la relación que tuvimos. Por suerte eso no ocurrió. Aunque uno no siempre es capaz de gobernar sus pensamientos, lo mejor que nos puede pasar a los dos es concentrarnos en el presente. El tiempo dirá. Pero antes de seguir charlando vayamos por un café. Necesito algo que me despabile si es que quiero continuar con la lectura de este mamotreto”, le dijo Esteban mientras levantaba y sacudía en el aire uno de los tres fajos de hojas impreso que tenía sobre su escritorio. Se pararon, salieron de la oficina y caminaron hasta la máquina expendedora donde se encontraron con Betina. Desde que habían regresado de Canadá Esteban prácticamente no había vuelto a hablar con ella. La única vez que habían charlado unos minutos había sido cuando Betina le contó por teléfono algunos detalles de la captura de Nuñez y de los pasos que tenían que seguir para recuperar los fondos robados. En esa ocasión él la felicitó y se limitó a apoyar su mano en el hombro de ella. Nada conversaron sobre lo que había ocurrido en el viaje a Canadá ni menos aún cómo se sentían ahora. Cuando se cruzaban por los pasillos o en la máquina de café apenas se daban un beso y evitaban bromear como era habitual entre ellos. “Que caripela que tenemos. Decime que es porque no dormiste así no me preocupo”, le dijo Betina guiñándole un ojo. Esteban le devolvió el guiño y le dijo: “No todo lo que hubiera querido. Viste como es la previa de estos viajes y más cuando son tan repentinos como en este caso. Tenés que preparar y resolver tantas cosas que el tiempo no alcanza.” Betina le sonrió y le dijo: “Bueno, bueno. Tampoco era para que me dieras tantas explicaciones. A veces se duerme más y otras lo que se puede. Cuando te subas al avión olvidate de seguir leyendo. Aunque no hayas completado de leer el material ya te las vas a ingeniar para seducir a todo el mundo. Por algo sos Esteban I, conquistador del Río de la Plata y de la Península escandinava.” Esteban y Jorge soltaron una carcajada y este último dijo: “Parece que volvió la auténtica Betina. Estos días estabas un poco rara.” “Puede ser. Problemas con mi mamá, entre otras cosas. Pero quedate tranquilo: rara seguramente seguiré siendo, pero como dice el tango, pronto también volveré a estar encendida.” Cuando se estaban despidiendo llegó Gabriela. Esteban le preguntó si estaba muy ocupada o si podía darse una vuelta por su oficina para sumarse a la charla que estaba teniendo con Jorge. Gabriela les avisó que ya iba, se pidió un capuchino y le dijo a Betina: “¿Y vos cómo andás? No hablamos nada desde el día antes que te fuiste a Toronto. Me parece o estás un poco esquiva.” Betina se encogió de hombros y le dijo: “Qué se yo. Ando lo mejor que puedo. Vengo muy movilizada por una charla que tuve con mi vieja, estresada por la maraña de trámites que hay que hacer para recuperar la guita que se afanó Nuñez y además perder el DNI me sacó de quicio porque yo no soy de perder nada. Por suerte el lunes que viene lo recupero. ¿Podés creer que me lo olvidé en un restaurante?” “Pasa en las mejores familias”, le dijo Gabriela. Esperá que paso un rato por la oficina de Esteban y después nos ponemos al día, ¿te parece?” “Mmm…, no sé. Estoy tapada de trabajo”, se atajó Betina. “Ya sé. Además de las tareas de siempre estás con el problemita del desfalco. Hoy temprano cuando me crucé con Esteban me dijo que sería bueno que alguien más esté al tanto de las gestiones para darte una mano, o seguir el asunto por si querés tomarte unos días o caes en cama. Me parece que tiene razón.” “Gaby mirá si me voy a tomar unos días antes de que esto se termine de resolver. Y yo, toco madera, no me enfermo nunca. De todas maneras, si es para que se queden más tranquilos, te cuento todo con lujo de detalles y de paso nosotras charlamos un rato.” “Hecho. Hago un toque en la oficina de Esteban y en un rato te toco la puerta. Ya es casi la una, ¿te parece que vayamos al de la esquina a almorzar? Hace rato que estoy antojada con unos ribs con barbacoa y hoy lo tienen de plato del día.”

Cuando Gabriela llegó a la oficina de Esteban éste le indicó que se siente para sumarse a la tertulia. “Ojo que no tengo mucho tiempo porque quedé en almorzar con Betina. ¿Necesitas que hablemos de algo urgente?”, le preguntó Gabriela. Esteban negó con la cabeza y le dijo que de trabajo ya habían hablado todo lo necesario y un poco más. “Solo era para hacer sociales. Ya que vas a hablar con Betina no te olvides de que te ponga al tanto del tema Nuñez. El asunto es demasiado importante para que la responsabilidad recaiga solo sobre ella.” Gabriela le dijo que se quedara tranquilo, que ya se lo había adelantado. Luego pasó por la oficina de Betina a buscarla y las dos bajaron al restaurante. Ambas optaron por los ribs y Gabriela le preguntó si la acompañaba con una copa de vino. Betina asintió y lo llamaron al mozo para que les tomara el pedido. Se pusieron de acuerdo de hablar en primer lugar de los pasos que se habían dado para recuperar el dinero, y de los que aún restaban dar contemplando los distintos escenarios con los cuales podían encontrarse. Gabriela tomó nota de todo en una libreta que siempre llevaba en la cartera, y luego de quince minutos dieron por terminada la cuestión del desfalco. Betina abrió el fuego de la charla personal interrogando a su compañera de trabajo y amiga. “Bueno Gaby; contame algo de tu nueva vida de casada a ver si me convencés de que vale la pena.” “Tanto como convencerte a vos lo veo difícil. Con suerte quizás consiga que no veas al matrimonio como una alternativa tan aburrida o deprimente. La luna de miel estuvo divina. Claro que si te vas al Caribe y no la pasas de diez más vale que le pidas urgente al juez la anulación. Después llegas a tu nueva casa y empezás la convivencia con una persona con la que a lo sumo te fuiste algunas veces de vacaciones. Encima ni él ni yo habíamos siquiera vivido solos, así que aterrizamos sin escalas a la vida en pareja. La verdad es que nos llevamos muy bien y estamos disfrutando de esta nueva etapa. Pero igual hay cosas que me molestan un poco y supongo que a él le debe pasar lo mismo.” “¿Qué cosas?”, preguntó Betina con curiosidad. “El reparto de las tareas domésticas. Te imaginarás que recaen casi todas sobre mí. Él viene de una familia dónde la madre y la hermana lavan y planchan la ropa, cocinan, levantan la mesa, lavan los platos, hacen las compras. Ellos solo aportan los días que hacen asado y encima hay que hacerles reverencias, rendirles pleitesías y al final aplaudirlos aunque les haya quedado un mazacote. Y yo vengo de otra familia en la que tampoco mi papá y mi hermano hacen mucho que digamos. Así que él reproduce lo que hacía en su casa, o mejor dicho lo que no hacía, y a mí me pasa lo mismo. Igual te imaginarás que no se la dejo pasar así nomás, aunque hasta ahora no conseguí demasiados resultados. ¡Quiero que por lo menos se encargue todas las noches de sacar la basura! ¿O acaso no estamos en 2005?”, remató Gabriela ofuscada. “Yo ya lo hubiera matado. Debe ser por cosas como estas que estoy a años luz del matrimonio”, dijo Betina y las dos rieron. “Yo espero que cambié antes de matarlo. No me gustaría quedarme viuda tan joven”, dijo Gabriela y volvieron a reír. “En fin. Ahora que terminamos de hablar de las casadas podemos pasar a las solteras, ¿te parece?” “Pasemos, aunque te aclaro que mucho para contar no tengo”, dijo Betina. “Mirá vos; yo sospecho que sí. Respetemos el orden cronológico y empezá por el viaje a Canadá. Si no recuerdo mal te fuiste con Esteban, ¿no?” “Fui”, dijo Betina. “Y ahora que me lo decís hubo una que los convenció a todos que la indicada para viajar con él era yo”, contratacó Betina. “Pará. Vos eras sin duda la indicada para viajar. Qué además me haya encantado que se fueran juntos es otra cosa”, se defendió Gabriela. “Está bien. Está bien. Me quedó claro. Fue lindo el viaje. Charlamos mucho en el vuelo de ida. Yo le conté cosas mías que casi no había hablado con nadie: la historia de la chica flaca, desgarbada y sin tetas; la operación de las lolas; mi transformación en una devoradora de hombres; la etapa promiscua y otras cosas de las que algunas vez vos y yo hablamos. Pero también le dije que estaba un poco en crisis con esa forma de vida y que por primera vez me la estaba cuestionando. Me sentí bien confesándome, quizás porque al tener un testigo de mis intríngulis encontré una manera de cuestionarme en serio a mí misma.” “¿Y él también se confesó con vos?”, le preguntó Gabriela. “Digamos que sí. Yo al menos lo maté a preguntas; casi te diría que lo acorralé para que me cuente de la separación con Lucía, de la historieta con la escandinava. Pero él tiene tanta habilidad para sanatear que un poco se te termina escapando. Y eso que yo soy como un perro de presa. Pero también me pareció que en verdad tampoco sabe bien qué quiere. Que no son tantas las cosas que te oculta como las que en realidad ignora. Y que si es cómo a mí me parece, te la regalo. Debe ser muy angustiante vivir en la duda eterna.” “¿Y vos si sabés lo que querés?”, le preguntó Gabriela. “No sé a qué te referís”, contestó Betina tratando de eludir la pregunta. “No te hagas…”, le dijo Gabriela. “Más allá de que nunca hablamos del tema, cualquiera se da cuenta la corriente eléctrica que corre entre vos y Esteban. ¿O estamos todos locos?” Betina sonrió y le dijo que nunca nadie le había hecho ningún comentario al respecto, y que de verdad lo que le estaba diciendo la sorprendía. “¿Y cuándo habría empezado a generarse esa supuesta corriente eléctrica?”, preguntó Betina. “Mmm… yo diría que un tiempo antes de que Esteban se separara. Tampoco desapareció cuando él empezó la persecución de Cecilie. Pero sin dudas se hizo más marcada desde el día del accidente de la tranquera, cuando fuimos a lo de Alicia. Y no te olvides que eso justo coincidió con el viaje de ella a Noruega. Desde ese momento tendrían que haber puesto un cartel que dijera: Cuidado: zona de alto voltaje.”, le dijo Gabriela mientras ambas volvían a reír. “Es cierto que a veces las mayorías se equivocan, así que decime vos cómo es en este caso”, le preguntó Gabriela guiñándole un ojo. “A ver. Digamos que en algunos momentos del viaje a mí me saltó el disyuntor, como por ejemplo las veces que me dormí en el avión sobre el hombro de Esteban, cuando él me daba la mano en los despejes y los aterrizajes, o cuando en la habitación del hotel…” “¡¿Compartieron habitación?!”, la interrumpió Gabriela. “Compartimos. No había disponibles habitaciones individuales salvo unas pocas que eran carísimas. Y encima tampoco conseguimos camas separadas. Te mentiría si te dijera que me hice mucho problema; él puso cara de circunstancias pero en el fondo para mí también le gustó.” “¿Y entonces?”, le preguntó Gabriela expectante. “Y entonces pasó lo que tenía que pasar: canalizamos la corriente eléctrica para evitar una explosión. Y fue lindo. Muy lindo. Después en el vuelo de vuelta tomamos cierta distancia. Porque una cosa es lo que te puede pasar en un viaje cuando te dejás llevar por el deseo, escuchas a tus instintos más primarios y vivís el momento sin preocuparte demasiado por lo que ocurrirá al día siguiente. Y otra muy distinta es cuando el avión carretea, volvés a tu casa, a la rutina del trabajo y a la realidad de la vida cotidiana. Ahí también caes en la cuenta que Esteban es Esteban, que más allá de que la pasamos divino, para saber qué piensa necesitaría consultar a Delfos o algún otro oráculo griego.” “Entiendo”, dijo Gabriela. “Pero la pregunta del millón es si vos sabés lo qué querés o si sos la versión femenina de Esteban.” Betina soltó una carcajada y le dijo: “Tampoco es para tanto, pero es cierto que si él tuviera muy claro lo que quiere hacer con su vida y con sus sentimientos, muy probablemente yo me asustaría. Vos ya sabés que mis relaciones siempre han sido eventuales, de poco compromiso y siempre breves; muy breves. Siento que ese modelo ya no me cierra cómo antes. Estoy cansada de pasar de una cama a otra, de no tener nunca un compañero con quien ir al cine, al teatro o planificar unas vacaciones…” “¿O tener hijos?”, la interrumpió Gabriela provocadora. “Eso ya sabés que siempre estuvo fuera de mi mapa. Pero a partir de una charla muy reveladora que tuve con mi mamá hace un par de días, estoy empezando a dudar de todo. “Contame”, le dijo Gabriela expectante. “Dale. Si me das un minuto para ir al baño prometo que te cuento.”

38

“Te la voy a resumir para no hacerla larga. El otro día fui a visitarla a mi mamá, lo cual no hago demasiado a menudo. Yo la adoro pero hace años cada vez que nos vemos me pregunta si estoy con alguien, que cuando voy a sentar cabeza, que ya es hora que me case, que se me están pasando los mejores años para tener hijos. Y encima todo el tiempo me compara con mis primas o las hijas de sus amigas. No sabés el desastre que son esas pibas. Viven únicamente para ser madres y ocuparse de sus maridos. Como si estuviesen en la década del ’50. Y todo empeoró desde que se murió mi papá, que según mi madre hace fuerza desde el cielo para que yo me encauce. Al principio le discutía, le explicaba que yo no quería ese tipo de vida para mí, que hay distintas maneras de ser feliz. Pero ya hace tiempo que me cansé, la dejo que hable sola y empecé a espaciar cada vez más nuestros encuentros para evitar la misma cháchara. Cuando pienso en la vida que hizo ella siempre me digo que quiero para mí exactamente lo contrario. Ella me había tenido a mí a los 17 años; entonces yo no iba a tener jamás un hijo antes de los 35, que dicho sea de paso ya los pasé. Mi mamá terminó el secundario en una escuela nocturna y nunca empezó la universidad; entonces yo tenía que hacer una carrera universitaria y destacarme en la profesión que eligiera. Ella siempre tuvo una relación anodina, rutinaria y aburrida con mi viejo. Por lo tanto las mías debían ser imprevisibles y cambiantes. A partir de ese espejo, una relación duradera para mí siempre fue sinónimo de resignación, conformismo. Yo no iba a repetir las elecciones que hizo mi mamá. Mi vida tenía que ser opuesta a la que había tenido ella. Para eso tuve que cambiar mi figura primero y moldear mi personalidad después. En ese sentido fui exitosa. En ese sentido.”, concluyó Betina. “¿Y qué pasó en esa visita entonces? Pareciera que te encontraste con una revelación”, le dijo Gabriela. “Una no. Te diría que varias. Algunas son tan obvias que no entiendo como no me di cuenta antes. O mejor dicho por qué no quise darme cuenta. Mi mamá quedó embarazada de mí a las dos semanas de empezar a noviar con mi papá; no un año después como siempre me hicieron creer. No sé puso recontenta cuando no le vino, sino que quiso abortar pero mis abuelos y mis suegros la obligaron a seguir con el embarazo. Te imaginás que no era época de mi cuerpo mi decisión. Le dijeron nena vos hacés lo que te decimos y no hay tutía. No sé casó con mi papá por amor, ni tampoco el amor llegó después como le habían dicho. Mis viejos no tuvieron otra alternativa que pasar por la iglesia y el registro civil, e irse a vivir con mis abuelos paternos. Lo más terrible de todo es que ella nunca estuvo contenta con la vida que le tocó en suerte. Se la pasó disimulando con sus amigas superficiales y cholulas. Y nunca se animó a separarse de mi padre ni mi padre a separarse de ella. Todavía es una mujer joven. A ella sí le vendría bien un poco de la vida de Betina.” “Debe haber sido duro para vos que tu mamá te dijera…” “Si te referís a que no quisiera tenerme eso no me tiene sin cuidado”, le dijo Betina interrumpiéndola. “Yo no era yo en ese momento. Era un embrión y punto. Mi mamá no quería matar a nadie. Lo único que quería era no arruinarse la vida, que no la expulsen del colegio, que no la señalen con el dedo en su barrio, que no la obliguen a casarse con un chico que había conocido dos semanas atrás. También seguramente quería salir a divertirse con sus amigas, a bailar, a descontrolar un poco, tener su viaje de egresados, enamorarse. Lo que cualquier chica de esa edad quiere. Todo eso le negaron por un polvo desafortunado que tuvo con un pibe –mi padre- que al igual que ella seguramente no sabía ni cómo usar un forro. De un día para el otro a mí mamá se le vino el mundo abajo. Ahora su vida se resumía en dar la teta, cambiar pañales, hacer papillas, salir corriendo al pediatra, despertarse varias veces en el medio de la noche, y además ayudar a limpiar, planchar, cocinar y hacer las compras en la casa de sus suegros. Por supuesto que a las amigas que tenía las fue perdiendo, que no fue ni a bailar, ni al cine, ni al viaje de egresados. Ni siquiera pudo terminar quinto año porque la expulsaron del colegio por puta. Y no conoció a ningún chico; en rigor supongo que nunca se enamoró de ningún hombre. Cuando me enteré de todo pensé y rogué que se hubiera tirado una canita al aire con el sodero, el carnicero, el encargado del edificio, un vecino del barrio. Pero la verdad no creo. ¿Qué sé yo? Ni siquiera te puedo decir que lo que pasó fue culpa de mis abuelos. A ellos les hicieron mamar desde chicos esas ideas. Habrán tenido miedo de que si la dejaban abortar a mi mamá todos terminaran en el infierno. Ya estamos en el siglo XXI y tampoco las cosas cambaron tanto. Por eso estas desgracias siguen estando a la orden del día”, concluyó Betina. “Me imagino el shock que debe haber sido para vos enterarte de todo lo que me contás. Es algo que a ningún hijo le gustaría escuchar. Pero más allá del impacto, ¿en qué sentís que te cambió?”, preguntó Gabriela. “Me cambia en todo. Siempre intenté hacer las cosas de manera opuesta a la de mi madre, elegir caminos distintos. El detalle que no tuve en cuenta es que más que elecciones lo que tuvo ella fueron imposiciones. Yo lo que hice siempre fue llevarle la contraria. Pero lo cierto es que no tengo ni idea como hubiera sido la vida de ella si ese polvo no la hubiera signado para siempre. Es cierto que hubiera podido reaccionar, separarse cuando yo ya era más grande, pero supongo que le dio miedo. El único trabajo que tuvo en su vida fue el de ama de casa, ocuparse de que el departamento estuviese limpio, preparar la comida, lavar la ropa, atendernos a mí y a mi papá. Luego de contarme su verdadera historia me dijo que estaba orgullosa de mí y que siguiera con mis elecciones. Lo que todavía no le dije es que mis elecciones empezaron a estar en crisis; que ya no tengo tan claro lo que quiero.” “Te referís por ejemplo a tener una pareja, a casarte, a convivir con alguien…” “No lo sé”, respondió Betina. “Pero sí que me gustaría compartir algo más que el sexo, querer a alguien, quizás enamorarme.” “Y puedo saber si alguna persona te motivó a tener esos pensamientos”, le preguntó Gabriela con picardía. “Vos sabés que fue Esteban. Pero también sé que él está en una etapa de su vida en la que tiene menos claro lo que quiere que yo. No termino de saber hasta dónde llega su añoranza por Lucía ni que le pasa con la escandinava. Mucho menos lo que quiere conmigo más allá de acostarnos de vez en cuando. Cuando estuvimos en Canadá por momentos me pareció que entre nosotros había conexión. Te diría que mucha conexión. Pero cuando regresamos a Buenos Aires no volvimos a hablar salvo por la recuperación del dinero del desfalco. Después cada vez que nos cruzamos fue hola, beso y chau. Ojo; yo tampoco hice nada por acercarme, porque tampoco en este momento tiene demasiado sentido. Él se va por un mes y medio a Toronto y tampoco me extrañaría que le ofrecieran quedarse un tiempo más. Además mientras siga escandinaviando yo no pienso ser la tercera en discordia.” “Pregunta: ¿vos sabés que el marido o ex marido de la noruega tuvo hace unos días un intento de suicidio y ella se está volviendo a Oslo por tiempo indeterminado?”, preguntó  Gabriela. “¿Cómo? No te puedo creer; pobre flaco y pobre ella también. La verdad es que no tenía idea. Ni siquiera sabía que había pasado a la categoría de ex. Por supuesto no puedo alegrarme de que una persona haya intentado suicidarse. Pero de todas maneras, más allá de que ella se vaya por un tiempo de Buenos Aires, si la cabeza de Esteban va a seguir mirando al norte, que Cecilie se quede o se vaya me da lo mismo. En este momento yo no podría ser solo la que le calienta la cama.” “¿Entonces?”, insistió Gabriela. “Entonces por un tiempo voy a mantener mis piernitas cerradas y distraerme con otras cosas. ¿Cómo me ves haciendo algún curso de cocina, jardinería, decoración, bonsái o astrología? ¿O tomando clases de yoga, meditación o tai chi?” Gabriela soltó una carcajada y le dijo: “Te veo más tirando las cartas del tarot. Por ahí consigo que me digas si algún día Fernando va a sacar la basura”, le dijo Gabriela. “Hecho. Un motivo tan noble como ese lo justifica plenamente. Mañana sin falta averiguo.”

39

La noche anterior a su partida Esteban llamó a sus padres, a su hermano y a sus hijos. Antes de hablar con ellos tuvo también una breve charla con Lucía, en la que coordinaron la forma y la frecuencia con la que él se comunicaría con los chicos durante su ausencia. Recibió también una llamada de Jorge, y ambos retomaron por unos minutos la charla que habían tenido el día anterior. Luego de terminar con las llamadas comió algo liviano, por miedo a quedarse dormido puso dos despertadores y la alarma del celular, leyó media hora y se fue a dormir temprano. Al otro día un coro de sonidos fuertes y agudos le taladró el oído y se sentó en la cama sobresaltado. Apagó los despertadores y silenció la alarma, y se levantó enseguida por temor a quedarse dormido. A pesar del frío estaba transpirado. Se dio cuenta que el ruido frenético de los relojes había interrumpido una pesadilla que no hizo ningún esfuerzo por recordar. Se dio una ducha prolongada para relajarse y desentumecer los huesos, y se afeitó con cuidado para evitar algo que le ocurría a menudo: cortarse la barbilla. Desayunó un café con leche acompañado de un jugo de naranjas, y tostadas de pan negro untadas con queso y mermelada de frutilla. Tomó un nuevo café, esta vez solo, para terminar de despertarse, y se vistió con un jean y una camisa que había dejado preparados la noche anterior. Lavó la vajilla, la guardó en la alacena, limpió con cuidado la mesada y tendió la cama. Pensó lo bueno que sería ser tan prolijo y aplicado todos los días, y no solamente cuando dejaba el departamento para irse de viaje. Luego se limitó a esperar sentado en el sillón que llegara el remise que había contratado la tarde anterior. Concentró la mirada en la maleta, la valija de viaje y el neceser que estaba apoyado en la mesa, como si de esa manera anulara la posibilidad de olvidarse algo. Al rato escuchó el timbre y le avisó al remisero por el portero eléctrico que bajaba. Agradeció que el chofer se mantuviera en silencio en todo el trayecto a aeropuerto y cerró los ojos para dormitar hasta que llegaron al Ezeiza. Sacó con su ayuda las maletas del baúl y le pagó dejándole una abultada propina. Tomó el porta maletas que le acercó un changarín y, como sus valijas no tenían candado, decidió embalarlas con film plástico. Había llegado muy temprano. Ni siquiera aún estaba habilitado el check in de su vuelo. Eligió el primer bar que encontró para tomar el tercer café de la mañana, que esta vez acompañó con un alfajor y la lectura del diario que el cliente anterior había dejado en la mesa. Se preguntó si durante su estadía en Toronto estaría pendiente de las noticias del país, o si aprovecharía para descansar de la siempre cambiante y tortuosa realidad argentina. El ambiente de los aeropuertos siempre le había generado tirria y lo ponía inquieto. Como aún tenía su equipaje cargado en el porta maleta, decidió hacer tiempo vagando un rato por el pasillo del espigón por el cual saldría su avión. De paso calmaría un poco los nervios y el miedo que le provocaba el desafío profesional que le esperaba a su llegada a Toronto. Una vez más se puso a repasar, como si fuese una película, la cantidad de cosas que le habían sucedido en los últimos cuatro meses, y cómo el vértigo de los acontecimientos lo había hecho actuar, más de manera impulsiva, que racional. Se dijo a sí mismo que en la vida uno no siempre puede decidir con la cabeza, y que si pudiera retroceder en el tiempo no dudaría en aceptar nuevamente las azarosas invitaciones que había recibido. Que uno puede equivocarse por las elecciones que hace, ser criticado por terceros, sufrir pérdidas materiales, enfrentar dolor, angustia, depresión. Pero no ser fiel a los deseos, tomar decisiones solo en base al raciocinio, en definitiva, no correr riesgos, quizás fuese la peor equivocación de todas y aquella de la cual no existe retorno. Los daños casi siempre pueden controlarse, las heridas restañarse, los errores corregirse, se puede pedir perdón. Pero lo que no se vive en el momento indicado nunca existirá. Aquello que nunca sucedió ni siquiera pude añorarse.

Ese frenesí de pensamientos fue interrumpido por la pronunciación de su nombre. Giró su cabeza hacia ambos lados pero no vio a nadie. Esta vez el llamado fue más fuerte y enseguida reconoció la voz. Su mirada se topó con la de Cecilie, quien estaba sentada con sus hijos, uno a cada lado. Ella ya había despachado el equipaje: solo tenía una valija de mano, los tres abrigos y su cartera. Una sonrisa amplia denotaba la sorpresa y alegría por el inesperado encuentro. Esteban se acercó, saludo a los niños y la besó en la mejilla. “No se nos ocurrió preguntar a qué hora salía el vuelo de cada uno. Los hubiera invitado a desayunar”, le dijo él. Ella sonrió y replicó: “Sabes que creo que después del desayuno en el piso 21 que dejamos casi intacto nunca más me invitaste.” “Puede ser”, le dijo él. “Lo que pasa es que ese desayuno era imposible de igualar. Además tenía miedo de que volvieses a llorar”, bromeó Esteban. “Que bobo eres. Cómo es posible que un argentino bobo como tú le cambie la vida a una noruega tan inteligente como yo”, bromeó ella. “Acá diríamos que es cosa de Mandinga, pero no me pidas que te explique qué es eso ahora” “Ya sé lo que es porque me lo explicaste tú hace un mes y medio. Hablas tanto que no recuerdas ni lo que dices.” “Me alegra entonces de haber contribuido a tu inmersión en el lunfardo, en los argentinismos, los porteñismos y otros ismos.” Cecilie se levantó de la silla y le dijo a los niños que se quedaran sentados, que tenía que hablar unas cosas aburridas de trabajo con Esteban. Él le dijo que no había podido avanzar mucho con las clases de noruego, y que por ende no había entendido lo que ella les había dicho a sus hijos. “Mentiras”, le dijo ella. “En estos meses aprendí tanto a mentir que ya no tengo ni siquiera que esforzarme.”, dijo ella. “Eso significa que cuando me mientas a mí no voy a darme cuenta. ¿Es así?”, le preguntó él. “Creo que contigo me sería un poco más difícil. Además para qué te mentiría a ti. Anteanoche fuiste muy sincero conmigo y te lo agradezco. Así como siempre te estaré agradecida por la breve e intensa temporada que vivimos. También porque me hiciste ver que yo no estaba condenada a continuar con la vida que llevaba, ni que me correspondía pagar una deuda interminable por mis errores. Estoy en paz contigo y espero que tú también lo estés conmigo”, dijo ella. “No sé si paz es la palabra más adecuada. No hubo antes ninguna guerra que amerite agitar la bandera blanca. Lo que si hubo fue una historia hermosa. También yo tengo mucho para agradecerte. Yo también tuve una temporada intensa. Fui feliz aquella tarde en la Feria del Libro en la que me flechaste, fui feliz tratando de conquistarte, fui feliz cuando lo conseguí y fui feliz durante el romance que vivimos.” “¿Eso fue lo que tuvimos? ¿Un romance?”, le preguntó Cecilie a Esteban. “Lo dije sin pensar, pero definitivamente sí. De esto sí no te hablé. Romance tiene varios significados. Es una lengua que deriva del latín nacida hace más de 1200 años; un tipo de poesía lírica de origen español caracterizada por un final abierto y misterioso; un género literario y cinematográfico y, claro, en su acepción más conocida, un romance es una relación amorosa, intensa y generalmente breve, entre una chica escandinava que aterriza en Sudamérica y un argentino afortunado que se enamora de ella.” “Bobo, bobo y bobo. Supongo que salvo lo de la chica escandinava y el argentino afortunado el resto es cierto.” “El resto es cierto”, le confirmó él. ¿Entonces así es como recordaremos nuestra historia? ¿Cómo un romance?”, volvió a preguntar ella. “Sí. Como Un romance escandinavo”, le contestó él. “Me gusta que lo recuerdes así”, le dijo ella y agregó: “Yo voy a recordarlo como Un romance latinoamericano.” “También me gusta que lo recuerdes de esa manera. ¿Sabés que creo? Que este romance es como una moneda que en lugar de tener cara y seca, de un lado tiene una efigie escandinava y del otro lado una efigie latinoamericana Pero la moneda es una sola moneda, y nuestro romance también es un solo romance. Solo que cambia dependiendo el lugar desde que se lo mire: cuando vos lo mires desde el norte, será latinoamericano;  cuando yo lo mire desde el sur, será escandinavo”, concluyó Esteban. “Lo que dices es precioso y me quedaría horas escuchándote… ¿cómo se decía? ¿sanatea? Pero si no me voy perderé el avión. En cierta medida la idea me resulta tentadora, pero ni a la embajada ni a mis hijos les haría mucha gracia. Pero antes de irme te voy a decir algo que no debería decirte. Estuve mirando que a tu regreso de Toronto por solo 400 dólares podrías abrir tu pasaje a Oslo. Justo da la casualidad que una amiga mía coincidirá en la misma época. Tiene dos hijos pequeños pero los puede dejar unos días con sus padres. Está viviendo en una casa de campo que ellos le prestaron porque la suya está alquilada. Como es muy amiga creo a cambio de tu compañía no te cobrará nada. Hasta quizás simpaticen. Podrías incluso visitar los fiordos noruegos con ella y hasta quizás llegar a Ålesund”, concluyó Cecilie. Esteban sonrió y le dijo: “Esa amiga se parece demasiado a vos…” Cecilie también sonrió y agregó: “Es cierto. Debe ser por eso que somos tan amigas. Ah, otra cosa. No te preocupes por el idioma: aunque no hayas avanzado mucho con tus clases de noruego, casi todos mis coterráneos hablan inglés. En fin; ya te dije lo que no te tenía que decir. Ahora sí me tengo que ir.” “Todo romance que se precie tiene una despedida romántica”, le dijo Esteban. “Así que aunque haya unos mocosos husmeando nos daremos un abrazo de trabajo” “¿Y cómo son los abrazos de trabajo?”, le preguntó ella. “Así”, le dijo él. La abrazó tomándola de la cintura y se acercó para que ella se colgara de sus hombros. Luego Cecilie recostó su cabeza en uno de los hombros de él y le dijo que no quería llorar. No pudo evitar que se le escaparan unas lágrimas que primero intentó esconder y que terminó enjugando en la camisa de Esteban. No eran lágrimas de angustia ni de dolor, sino más bien unas lágrimas de homenaje a ese romance con nombres distintos según se lo mirase desde el norte o el sur. Antes de separarse de él, ella le dijo: “Sabes que te quiero mucho, ¿no?” “Tanto como yo te quiero a vos”, replicó él. Cecilie les dijo a los niños que era hora de marcharse y se fue caminando con ellos a paso decidido. Esteban se quedó mirándola pensando si alguna vez volvería a verla. Su figura desapareció cuando atravesó la puerta de embarque. Contra todo pronóstico, ella nunca volteó.

40

Esteban se sentó en la misma silla que hasta hacía unos minutos había ocupado Cecilie, tratando de encontrar rastros de su perfume. Pero enseguida se dio cuenta que se trataba de una quimera. El aeropuerto era una mezcolanza de olores provenientes de centenares de perfumes, colonias, lociones para después de afeitar, talcos, desodorantes. Que a su vez se fundían con los aromas que expendían las comidas y bebidas de los bares y restaurantes y el desagradable olor del sudor mal disimulado por los antitranspirantes. Esteban decidió dejar de lado los aromas, abrió el neceser para revisar que todo estuviese en orden y lo revolvió buscando algo que no encontraba. Tomó su celular, lo llamó a Jorge, y tuvieron una conversación muy breve, que no llegó a un minuto. Volvió a sentarse en el asiento de Cecilie y sacó resignado del bolsillo de la valija de mano el mamotreto que aún le faltaba leer. Trató de concentrase en la lectura, pero se distrajo observando el desfile de personajes que se paseaban por ese rincón del aeropuerto. Miró pasar a los pilotos, siempre con sus uniformes impecables, sus peinados de coiffeur refinada masculina, el paso firme pero nunca apurado; a las azafatas maquilladas con mucho esmero (aunque para su gusto con cierto exceso), con sus uniformes ajustados al cuerpo, las polleras levemente por debajo de las rodillas, el pelo tirante, los labios pintados con tonos fuertes, y charlando muy animadamente entre ellas. Los pasajeros, en cambio, eran una fauna de lo más variada. Están aquellos que se nota a lo lejos que son viajeros frecuentes, con sus maletas costosas muchas veces idénticas en distintos tamaños, que saben cuándo es el momento más adecuado para tomar un café en un bar, hacer el chek in, visitar el duty free, embarcar. Y, en el otro extremo, los pasajeros eventuales y los que están por tener su bautismo de vuelo. En ellos la espera es más visible, a menudo se los ve desorientados y tratando de conseguir información sin que se note. No saben bien cuándo pueden relajarse y cuándo hay que prestar mayor atención a las indicaciones. Su equipaje suele ser menos sofisticado, dudan qué cosas les conviene despachar en las maletas, y cuáles llevar en la valija de mano o en una mochila. A ellos, sobre todo, les aterra perder su vuelo. Mientras le asignaba distintas características a los dos estereotipos de pasajeros, Esteban pensaba de cuál de estos grupos estaba más cerca o, lo que no es lo mismo, con cuál de ellos se sentía más identificado. Se dio cuenta que concentrar su atención en esas nimiedades solo le servía para postergar la lectura del último mamotreto, que se había prometido liquidar antes del inicio de las actividades académicas. Se puso a pensar entonces si el plan que había diseñado funcionaría. Él siempre se había considerado un estratega, y quería llegar a Canadá para disfrutar desde el primer día de una ciudad agradable, con una calidad de vida excepcional y que disfrutaría en pleno verano. Algo de todo lo que ofrecía Toronto ya lo había pispeado con Betina en la brevísima estadía que habían compartido apenas una semana atrás. Se preguntó cuánto de lo que había gozado paseando por los parques y lugares verdes de la ciudad, sus edificios, sus restaurantes, sus imponentes tiendas, observando sus espectáculos callejeros y viajando en su sofisticado sistema de transporte se debían a Toronto, y cuánto a su compañera de travesía. Y se contestó a sí mismo que con Betina la hubiera pasado bien en cualquier lugar, aunque no hubiera anfitriones que les pagaran los pasajes y el alojamiento en los hoteles. De ella le gustaba su desenfado, sus neologismos, la proliferación de palabrotas que emanaban de su boca, sus labios, la manera que giraba la cabeza para sacudirse el pelo de la cara, los hoyuelos que se le formaban en las mejillas cuando sonreía, sus carcajadas ruidosas y contagiosas, la profundidad de su mirada acentuaba por sus ojos negros y rasgados, las líneas firmes de su cara, la espesura de su pelo, los “trabajos” que habían hecho el cirujano plástico y el profesor del gimnasio, su honestidad, el tesón y la perseverancia para enfrentar la adversidad, su disimulada pero sincera preocupación por los demás y su sensualidad salvaje. Pero sobretodo le gustaba algo que hacía una semana ignoraba que existiese: su lado B que había conocido en el vuelo de las confesiones. El de la chica acomplejada y vulnerable que había remontado una niñez sufrida, el de la mujer que ya no tenía las mismas certezas que antes, el de la mina que ahora dejaba traslucir una sensibilidad impensada. Betina era, a fin de cuentas, una mescolanza bella de todas esas cosas. Y él la quería. Siempre la había querido pero sin darse cuenta. O queriéndola de otra manera. Por otra parte, a la Betina del lado A tampoco parecía importarle mucho que la quieran. Ella vivía su vida desembozadamente, conjugando solo el verbo presente sin proyectos ni proyecciones. La quería y nunca se lo había dicho. Ni siquiera le había manifestado el cariño que se les declara a los amigos. Tampoco ella lo había hecho. Habían sido durante mucho tiempo dos volcanes inactivos, dos disimuladores, dos farsantes que en lugar de fingir algo que sienten fingen no sentirlo, dos mentirosos que en lugar de mentirle a otro se mienten a sí mismos, dos actores a los que les toca representar una trama desapasionada, dos personas armadas con sus corazas de hierro, dos combustibles que inexplicablemente no logran hacer combustión, dos perros que se olfatean pero que luego siguen cada uno su camino, dos almas que huyen y se rehúyen.

De ponto a Esteban le pareció escuchar la voz de Betina que provenía desde más de veinte metros. Enseguida la divisó corriendo. Jorge y Gabriela la seguían a varios metros de distancia. Cuando llegó en lugar de saludarlo le dijo separando las sílabas y alargando las vocales: “NO LO PUE-DO CRE-ER. Esta vez batiste todos los récords habidos y por haber de despiste y boludez.” “¿Te parece que es para tanto?”, le replicó Esteban. “Como si es para tanto salame. ¡Te olvidaste nada menos que el pasaporte! ¿No te enseñé la semana pasada que el documento y el pasaje es lo único que no te podés olvidar?” “¿Te referís a esto?”, le peguntó Esteban mostrándole el documento. Betina abrió los ojos, lo tomó entre sus manos, le dio un vistazo a las primeras hojas y se quedó mirándolo esperando una explicación. Como Esteban no pronunció palabra los miró a Jorge y a Gabriela que tampoco abrieron la boca. “¿Alguien me va a decir lo que está pasando? ¿No vinimos acá para traerle a este despistado el pasaporte que se olvidó en la oficina?”, les dijo Betina mientras acompañaba la pregunta moviendo los brazos en señal de confusión. Jorge tomó la palabra y le dijo: “Me parece que hubo un malentendido. Yo te dije que Esteban se había olvidado algo sin lo cual no podía viajar. Pero no era el pasaporte sino unos chicles que según él son los únicos que le sirven para que no se le tapen los oídos en el avión y que no se consiguen en ningún lado. ¿No es así Gaby?” Gabriela asintió y los tres se quedaron mirando a Betina, que les dijo: “Uds. me están jodiendo, ¿no? ¿Un paquete de chicles? ¿Que son, los que en Europa no se consiguen?” “Y bueno”, se defendió Esteban. “Cada uno con sus manías. Pero para que veas que presté mucha atención a tus enseñanzas de cómo preparar de manera ordenada aquello que uno nunca debe olvidarse, te voy a mostrar en el hombre ordenado y precavido en que me convertí. Pasaporte, pasaje y… ¿esto qué es? Parece que me volví tan precavido que en lugar de un pasaje traje dos.” “¿Cómo dos aparato?”, le preguntó Betina “Déjenme ver”, les pidió Esteban. “Esto es raro. Muy raro. Un pasaje está a mi nombre y el otro a nombre tuyo”, le dijo Esteban a Betina mirándola a los ojos. “Quizás como la otra vez fuimos juntos alguien se equivocó y envió pasajes para los dos. Esas cosas pasan.” “A ver mis queridos”, dijo Betina. “Se terminó la hora de la pavada. ¿Me pueden decir de una vez qué diablos está pasando? ¿Conseguiste alguien que falsifica pasajes y esto es una joda?” Esteban, Gabriela y Jorge se miraron entre ellos mientras Betina seguía exigiendo con gestos una explicación. Finalmente Gabriela le dijo a Esteban: “Dale. Decile.” “¿Qué me digas qué?”, preguntó Betina cada vez más desorientada. “Que quiero que viajes conmigo y pasemos juntos una semana en Canadá. Y si decís que si en menos de una hora nos vamos a Toronto. Así que… ¿qué decís?”, le preguntó Esteban haciendo pucherito. “Digo que te volviste loco. No tengo ni una bombacha y lo más importante: ¿Te acordás que para viajar además de chicles se necesita un documento con forma de rectángulo que se llama pasaporte?” “Lo sé, lo sé”, contestó Esteban. Pero también sé que perdiste el DNI, y una mina como vos que usa la tarjeta de crédito al menos tres veces por día si no tiene el DNI no le queda otra que presentar un…ayudame Gaby.” “¡Pasaporte!”, dijo Gabriela mientras soltaba una carcajada. Betina metió mecánicamente la mamo en su cartera y se encontró con el documento. “Problema indumentaria”, dijo Esteban retomando la palabra. “Lo de la bombacha no se me ocurrió, pero tengo este pequeño presente”, dijo Esteban entregándole a Betina una bolsa que inmediatamente abrió. “¡Un camisón!, exclamo ella mientras sacaba de la bolsa uno igual al que había usado la semana pasada cuando durmieron juntos. “Te lo compré de otro color así no te queda repetido. El talle está bien, ¿no?” Betina estaba anonadada. Tenía un nudo en la garganta y sintió que estaba a punto de llorar. “No sé Esteban. Está el tema del desfalco, que me estaría yendo en bolas, que gastaste un montón de plata para comprar otro pasaje y tampoco a vos te sobra. Y está además que no me dijiste nada. No era más fácil preguntarme si tenía ganas de ir, que me armara una valija, que me pagara mi pasaje, que le avisara a mi mamá aunque sea un día antes que me voy…” “Lo de Núñez lo seguiría Gaby”, la interrumpió Esteban. Por eso te insistimos tanto en que compartieras con ella toda la data Vos sabés que lo puede hacer casi o tan bien como vos. Para esta noche lo único que necesitás es el camisón. Yo tengo los dos primeros días libres, así que mañana a la tarde nos iríamos de shopping y compraríamos lo que haga falta para esta semana. Por otra parte, los canadienses son muy generosos y me mandaron un pasaje para volar en primera. Así que por chaucha y palito lo cambié por dos en clase turista. Y con tu mamá hablé ayer y le avisé.” “¡¿Queeeeeé?! ¡Me estás jodiendo!, exclamó Betina desencajada. “No te estoy jodiendo; es la pura verdad. La secretaria de la Fundación tenía el número de tu mamá. Se ve que lo diste como contacto ante una emergencia. Así que la llamé, me presenté, le dije que habías ganado el concurso anual interno de la Fundación y que el premio era este viaje. También que la tradición es no decirle nada hasta último momento al ganador o la ganadora. Estaba chocha de ser cómplice. Macanuda tu madre. ¿Sabés que cuando me estaba despidiendo me preguntó si era ingeniero? Le dije que sí porque explicar que hace un sociólogo es más complicado que aprobar todas las materias de la carrera.” Betina sintió que las piernas le flaqueaban y se sentó en la silla más próxima. “¿Entonces venís?”, insistió Esteban. “No la vamos a desilusionar a tu mamá”, le dijo sonriendo y guiñándole un ojo. “Sí. Claro que voy a ir. Pero hay una preguntita que no me contestaste.” Gabriela lo miró a los ojos a Jorge y le dijo: “Nosotros ya nos podemos ir.” “Si señora. Como vinimos nos vamos”, agregó Jorge. “Más o menos”, les dijo Betina. “Me parece que vinimos tres y se vuelven dos. Cuando regrese a Uds. los voy a agarrar. ¿Ahora además de investigar juegan a ser el súper agente 86 y la 99?” Los cuatro rieron, y luego Jorge y Gabriela se despidieron. Esteban le dijo a Betina que tenían que hacer ya mismo el chek in. Y que cuando se hubiera sacado las valijas de encima y estuvieran del otro lado le respondería todas las preguntas que quisiera.

41

Consiguieron dos asientos contiguos en la mitad de avión, hicieron migraciones, desecharon pasar por el duty free y se sentaron a esperar el anuncio para abordar. Betina se cruzó de brazos, se puso seria y soltó nuevamente la pregunta que Esteban no había respondido. “Repito. ¿No era más fácil preguntarme si quería viajar que armar el operativo Betina viaja sin bombachas? By the way, ya que estabas la podías haber mandado a Gaby a violar mi domicilio para que me arme una valija razonable.” “Sabés que lo pensé. Pero vos tenés esa puerta blindada con ocho cerraduras. Mirá si el encargado llamaba a la policía y teníamos que sacarla a la pobre Gaby de la cárcel. En fin. Te contesto. Aunque vos no lo sepas me inspiraste con uno de tus típicos chascarrillos: “Esteban I, conquistador del Río de la Plata y de la Península escandinava”, dijo él imitando una voz ceremoniosa. “Cuando los dominios de un conquistador son tan extensos y distantes, y su ejército apenas lo integran un par de amigos leales, no se puede abarcar todo y hay que concentrarse en un solo objetivo. Ya no puedo seguir ocupándome de Escandinavia. Así que estoy pensando en ceder esas posesiones a menudo azotadas por frío polares, y concentrarme en las tierras templadas y húmedas del Río de la Plata. Así que si, por ejemplo, naciste en Montevideo, Colonia, Canelones, Punta del Este, Buenos Aires, Quilmes, Sarandí, Capilla del Señor o Bancalari, te invito a compartir mis dominios.” “Qué tarado. Aunque debo reconocer que sos un tarado creativo y con mucha imaginación. Pero para variar no me respondiste nada. Supongo que no hace falta que te repita la pregunta. Así que contestame que si no me enojo”, le dijo Betina conteniendo la risa mientras fruncía el entrecejo.” “Lo que pasa es que no lo puedo evitar”, se excusó Esteban. “Una vez que me asalta una idea delirante no logro sacármela de la cabeza. Me encanta la adrenalina de armar estos operativos, saber que si no lo hago bien todo se puede ir al diablo. Ojo; no digo que esté bien ni mucho menos. Es como una adicción. Quiero parar y no puedo.” “La adicción a que te quieran”, dijo ella. “Nunca lo había pensado así. Pero seguramente tenés razón”, le contestó él. “Boludo vos no te diste cuenta que yo estoy hasta las manos con vos.” “Tenía la esperanza y el deseo de que así fuera, porque yo también estoy hasta las manos con vos.” “Genial. ¿Entonces aunque sea por este viaje se terminaron las sorpresas delirantes?”, dijo Betina. “De acuerdo. Se terminaron las sorpresas por este viaje”, le dijo Esteban. “Entonces ya podemos”, le dijo ella. “Podemos…” “Besarnos gil. O pensabas esperar a que llegara la hora de apoyarme en tu hombro.” “Mejor nos adelantamos un poco”, dijo él. Cuando sus labios se tocaron los dos sintieron que se estaban dando el primero de los besos, como si los anteriores hubieran sido apenas succiones, intercambios de saliva, un paso obligado del juego previo. Pero ahora comenzaban a sentir aquello que antes estaba reprimido. Ya no eran dos volcanes inactivos, dos farsantes, dos simuladores, dos perros que se olfatean pero que luego siguen cada uno su camino, dos almas que huyen y se rehúyen. Ahora se besaban con la misma o mayor intensidad pero también con seguridad y confianza, como quien entra a un terreno que ya no le es ajeno y al que es bienvenido. El beso del cual Betina y Esteban eran ahora copropietarios se extendió durante minutos, era un beso solo que iba cambiando de formas pero que no necesitaba ser reemplazado por otro. Un beso tan esperado que jugueteaban con él, lo mimaban, lo dibujaban con distintas formas geométricas, lo trabajaban como si fuera plastilina. De pronto una voz en los altoparlantes los sacó del ensimismamiento. Los llamaban por sus nombres y apellidos intimándolos a presentarse urgente en la puerta cuatro. El vuelo estaba por cerrar en dos minutos. Los dos se miraron y pronunciaron al unísono: “¡A correr!” Miraron los carteles y salieron disparados hacia la puerta cuatro esquivando a la gente que se interponía en su camino. Cuando faltaban unos cien metros Esteban enganchó su pierna derecha con la rueda de la valija de mano, y cayó rodando de manera espectacular y dramática. Un grupo de personas se arremolinó en torno a él; algunos intentaban ayudarlo, otros solo curiosear. Betina se frenó en seco y volvió sobre sus pasos. “Agarrá la valija y corré”, le gritó Esteban. Ella le hizo caso y corrió lo más rápido que pudo. El golpe era en la rodilla de la misma pierna que se había estrellado contra la tranquera. Como aquella vez le dolía y mucho, pero también como aquel día se paró y les dijo a quienes intentaban ayudarlo que no era nada serio, que estaba bien. Reinició la marcha hacia la puerta cuatro rengueando en una pata, y cuando estaba llegando escuchó como la encargada de la puerta le decía a Betina que el vuelo ya estaba cerrado. Ella le rogaba llorando a la encargada que los dejara pasar, le explicaba que tenían las maletas despachadas, que su compañero había tenido un accidente, que iban a una reunión muy importante para el país. Cuando Esteban llegó maltrecho la encargada lo miró con una mezcla de desprecio y compasión. Vieron que se ella se comunicaba con alguien; quizás con el piloto, tal vez con la torre de control. Finalmente, sin pronunciar palabra, les tomó las tarjeas de embarque y les hizo una seña para que pasen. Betina lo tomó fuerte de la mano a Esteban y le dijo: “¿No era que por este viaje la cuota de sorpresas estaba cubierta?” “Fue culpa de ese beso”, intentó justificarse él. “Aunque como fue un besazo de aquellos yo lo absolvería”. Betina se tentó y no podía parar de reírse. Medio ahogada por las carcajadas le dijo: “Y sí. Mirá que beso hijo de puta nos salió”. “Está bien, está bien. En favor del beso hay que reconocer que la caída también tuvo un poco de culpa.”, le dijo Esteban. Betina soltó una nueva carajada y le dijo: “Se ve que en los dominios de Esteban I las caídas tienen vida propia. Porque el resto de los mortales cuando nos caemos o la culpa es nuestra o de un tercero.” “¡Claro!, aquí la culpa también la tiene un tercero: ¿no te diste cuenta que una rueda de la valija de mano me cerró el paso?” Betina sonrió y antes de entrar al avión le dijo: dejame que antes de subir te parta la cara con un beso. Arriba por ahí me pongo vergonzosa.” Cuando entraron se dirigieron a los dos únicos asientos que estaban vacíos. Uno de los pasajeros que estaba ubicado en la fila de atrás propuso. “Vamos a aplaudir a estos chicos que estuvieron a punto de perder el avión”, y mientras pronunciaba la frase comenzó a batir palmas y enseguida empezaron a imitarlo los que estaban en las filas más próximas. Los aplausos iban creciendo en fuerza y cantidad. Cuando Esteban terminó de guardar la maleta y se disponía a sentarse, Betina se le colgó del cuello, y lo besó como si estuvieran a solas y no observados por más de doscientas personas. En ese momento el aplauso se generalizó, y también se sumaron las azafatas y algunos miembros de la tripulación. Al rato escucharon la voz del comandante que al tiempo que les daba la bienvenida a los pasajeros, felicitaba y enviaba los mejores augurios a la parejita de recién casados. El avión era una fiesta. A Esteban ya no le dolía la rodilla y Betina lo besaba con el glamour de una actriz norteamericana de los años ´50. Súbitamente ella se despegó de él, hizo una reverencia para agradecer los aplausos y un gesto para indicar que el espectáculo había terminado. Ambos se sentaron y cuando se les pasó la risa Esteban le preguntó: “¿Esta escena no te pareció bien de final hollywoodense?”. Puede ser, le contestó ella. “De todas maneras a la nueva Betina más que los finales le interesan los comienzos”. Esteban le sonrió, la besó en los labios y le abrochó con cuidado el cinturón.

NO CONTINUARÁ

Un romance escandinavo. Una novela por entregas. Capítulo dieciséis.

34

Esteban se despertó al día siguiente de la cena con Jorge pensando en la lista de pendientes que aún tenía por completar antes de partir rumbo a Canadá dos días después. En primer lugar debía preparar las maletas con la ropa necesaria para una estadía de un mes y medio. A sus hijos iría a buscarlos al mediodía al colegio, y los llevaría a comer pizza y tomar helado. Tenía agendadas varias reuniones en la Fundación para repasar la marcha de los proyectos y delegar los que él coordinaba. Para esto último había quedado juntarse con Gabriela y Jorge a las diez de la mañana, puesto que eran sus personas de mayor confianza y las que estaban al tanto de los proyectos que él lideraba. A las 17, en el sitio donde pretendía volver a sorprenderla, se reencontraría con Cecilie después de casi un mes. Trató de imaginarse qué sentiría al volver a verla, de qué manera se saludarían, y qué rumbo y profundidad tomaría la charla. Luego de esforzarse para que le llegaran las imágenes de lo que aún no había ocurrido, se sintió como un tarotista, un leedor de la borra de café, una bruja o cualquier otra clase de adivinador que lucra con las ilusiones de la gente. Sería mejor dejar de especular y que, como dice su padre, pasara lo que tenga que pasar.

Aprovechando que la sala de reuniones estaba vacía, Esteban se reunió allí con Gabriela y Jorge. Le pidió a la secretaria que salvo un motivo de mucha importancia no los interrumpieran ni les pasara llamados. Los escuchó plantear cómo pensaban encarar la coordinación de los proyectos durante los 45 días que él estaría fuera del país. Cuando terminaron de acordar todos los puntos, Gabriela y Jorge se pararon para volver a sus respectivas oficinas. Esteban les adelantó que quizás al día siguiente volvería a juntarse con ellos, ya no para hablar de delegación de tareas, sino porque ellos eran, además de sus compañeros de trabajo, también sus amigos. No le vendría mal que hablaran un rato sobre bueyes perdidos y otras yerbas.

Cuando Esteban y Cecilie se comunicaron una hora antes de la cita prevista, ella le preguntó cómo haría para llegar al sitio sorpresa número dos. Él le contestó que usarían un método tradicional y conservador: le daría la dirección. “Como yo tengo una puntualidad escandinava y la tuya cada vez se parece más a la argentina, seguramente te estaré esperando.”, le dijo Esteban. “Ya veremos quién llega antes. Te aviso que desde comencé a jugar al vóley me volví muy competitiva.”, replicó ella. Ambos llegaron diez minutos antes de la hora prevista y se encontraron en la puerta del El escandinavo, un bar que Esteban había descubierto por San Telmo unos días atrás. Se saludaron con un beso en la mejilla que denotaba las semanas que habían pasado sin verse, y también el carácter indefinido que ahora tenía la relación entre ellos. Cecilie le dijo que ella no conocía el sitio, y que tampoco sus colegas de las embajadas de Suecia y Finlandia se lo habían mencionado. Tranquilamente podía pasar por un bar cualquiera de Oslo. Optaron por una mesa que daba a la ventana, miraron la carta, y una vez que decidieron llamaron al mozo para ordenar. Ella pidió un vodka solo; él un Negroni. Mientras les traían los tragos Cecilie lo actualizó de la situación de Jakob. Esteban notó si bien las últimas noticias la habían aliviado, el tono de su voz seguía más emparentado con la bronca que con la angustia. No se animó a mencionárselo. Cuando llegaron los tragos ella propuso cambiar de tema. Ya retomarían el asunto, pero después de dos días de estar absorbida por la situación de su ex marido, necesitaba distraer su mente aunque más no sea por un rato. “Pero antes hay algo que debes saber. La cancillería noruega tiene ciertas reglas frente a situaciones de salud tan graves como la de Jakob. Tienes la opción de regresar a Noruega por tres meses, que pueden ser renovados si la situación lo amerita. Y si bien no estás obligada a volver a tu país, está muy mal visto que no aproveches la oportunidad que te dan. Por otra parte es claro que a Jakob le hará bien tener a sus hijos cerca y a mis hijos les hará bien estar cerca de su padre. En cuanto a mí, seguramente él verá como un éxito que yo regrese para apoyarlo. Supongo que eso le creará la ilusión de que aún seguimos juntos o, lo que es lo mismo, que nunca nos separamos. Yo ya tomé la decisión de volver. Como te dije siento que no tengo otra alternativa. Y lo peor de todo es que no sé cuándo podré regresar o si alguna vez regresaré.” Cecilie hizo una pausa para tomar un trago de vodka y lo miró a Esteban esperando que dijera algo al respecto. Él apenas se limitó a preguntarle cómo se sentía. “Me siento mal; muy mal. Yo pensé que había dado una vuelta de página definitiva a mi relación con Jakob. Tenía y tengo muy claro que mi interés hacia él como pareja se extinguió hace un rato largo. Incluso mucho antes de que tú aparecieras, o mejor dicho, de que te metieras de prepo en mi vida. Todo lo que tenía programado desde que era una adolescente se derrumbó como un castillo de naipes. Ahora las cartas están tiradas y ni siquiera tengo la más mínima idea de cómo recogerlas.” Cecilie tomó un nuevo trago de vodka, esta vez más largo que el anterior. “Te imaginarás que este no será el único vodka que voy a tomar. Estamos en horario  de happy hour y lo pienso aprovechar. Ahora me llamo a silencio pero, antes de callarme, voy a decirte algo que me ronda por la cabeza en estos últimos días todo el tiempo. Algo estúpido: ¿Por qué será que tú apareciste en mi vida y yo en la tuya?” Esteban sonrió, le dijo que seguramente él también aprovecharía el happy hour, y se dispuso a hablar. “¿Sabés lo que pienso? Vos y yo vivimos un idilio amoroso; también podemos llamarlo un romance. Cuando eso sucede es muy difícil reflexionar. No hay otra posibilidad que dejarse llevar por ese torbellino en el que se mezclan la atracción, la pasión, la admiración. Durante el idilio todo parece perfecto. Sentís que el otro estaba destinado a cruzarse con vos en algún momento de la vida. Lo nuestro era sumamente improbable. Vos tenías que optar por la carrera diplomática, que en tu primer destino te enviaran a Buenos Aires, que te interesaran los temas culturales, haber tenido contacto con Silvana. Y en mi caso yo debía haberme separado recientemente, investigar sobre temas culturales, que me hubieran pedido organizar esa mesa en la Feria del Libro, que Silvana me sugiriera contactarme con una diplomática noruega, y que vos aparecieras por cortesía para saludar unos minutos antes de que la actividad comenzara. ¿Te das cuenta? Así planteado nuestro encuentro era casi imposible. Y sin embargo ocurrió por una cadena de hechos azarosos. Con que uno solo de ellos no hubiese ocurrido, jamás nos habríamos conocido. No hubiera existido ni idilio, ni romance, ni las consecuencias que tuvo para cada uno de nosotros el encuentro. No estábamos destinados a tenerlo. Ese pensamiento mágico me parece absurdo. Simplemente los hechos se fueron acomodando para que nos conozcamos. Hasta ahí todo fue azar, casualidad, eventualidad, contingencia. Podés llamarlo cómo más te guste. Pero lo que pasó después fue buscado, deliberado, perseguido. Es cierto que yo tomé la iniciativa. Pero después ambos decidimos jugar el juego. Yo el del conquistador; vos el de la mujer que a regañadientes y contra toda previsión, se dejó conquistar.” Esta vez el trago largo lo tomó Esteban, y al terminarlo se quedó callado esperando que Cecilie tomara la palabra. “Mira, he pensado mucho durante las últimas semanas sobre lo que dices. Te diría que empecé a hacerlo apenas llegué a Noruega y tomé distancia de Jakob. Lo primero fue tratar de entender cómo y por qué llegué a esta situación. Ya te dije varias veces que yo planifiqué cómo quería que fuera mi vida desde muy joven. Mi idea era continuar siendo la chica exitosa, la que se destacaba en todos los ámbitos, la que si era necesario se llevaba el mundo por delante. Ahora comienzo a sospechar que el amor no estaba entre de mis prioridades. Jakob es una persona que desde el comienzo tuvo devoción por mí. Cuando ya estábamos juntos bastó una charla acompañada de una amenaza velada para que él dejara de consumir alcohol en las cantidades que lo hacía. Que ahora que lo pienso no eran demasiado diferentes a las que ingiere un joven noruego promedio. Pero a mí los promedios no me interesaban. Sí él quería estar conmigo yo no iba a aceptar que cada tanto tuviera una borrachera; menos que menos que terminara en la guardia de un hospital por una intoxicación con alcohol. Fíjate lo irónica que termina siendo la vida. Mucho de aquello que yo intenté controlar desde el vamos, ahora se presenta con el peor de los rostros: ya no se trata de excesos o de las travesuras de un adolescente, sino de un hombre que se convirtió en alcohólico, cayó en una depresión profunda y en su desesperación intentó quitarse la vida. Ese hombre, por decirlo de alguna manera y aunque no suene bien, durante muchos años me resultó funcional. Siempre estuvo dispuesto a aceptar mis decisiones sin cuestionarlas: aceptó casarse en el momento que yo dispuse, vivir conmigo en la casa que yo elegí, tener a nuestros hijos en los momento que yo quise y, sobre todas las cosas, consintió que yo eligiera la carrera diplomática sabiendo que algunos años después debería seguirme adónde fuera que la cancillería noruega me enviara. Y seguirme también implicaba resignar su trabajo, su profesión, el contacto frecuente con su familia y sus amigos, para llegar cada cuatro o cinco años a un lugar ajeno y muchas veces lejano. A eso agrégale que sobre el recaerían la mayoría de las responsabilidades vinculadas con el cuidado de los niños. Ya hemos hablado que Noruega es una sociedad muy avanzada en la paridad de género. Que hay leyes que favorecen que los hombres se ocupen en igual medida de las tareas domésticas y de los niños. Pero en la práctica eso no resulta tan sencillo. Hace poco leí un estudio que demostraba que en Noruega las parejas en donde el reparto de esas actividades es más igualitario, se divorcian en mayor medida que aquellas con un esquema de responsabilidades tradicional. Y ese estudio no tenía un sesgo ideológico, sino más bien lo contrario; lo había hecho una reconocida ONG feminista que esperaba obtener resultados opuestos. En mi caso puedo decirte que más que valorar las tareas de las que se hizo cargo Jakob, sucedió todo lo contrario: su imagen para mí se fue desvalorizando. Él cada día era menos el hombre que yo deseaba que fuera. Ya ves: tampoco en ese campo las cosas resultaron tal como yo las había imaginado.”

35

Llegado a ese punto de la conversación el vaso de Cecilie ya estaba vacío, y aunque el de Esteban no se había terminado por completo, éste llamó al mozo para ordenar que les trajeran una segunda ronda. Luego le anunció a Cecilie que pasaría al baño. Al meterse pensó que ya en el viaje en avión con Betina había utilizado ese recurso para hacer una pausa y clarificar sus ideas. Era un lugar poco amigable para reflexionar, pero el único que había tenido a mano en ambas ocasiones. Tomó nota que hasta el momento ambos habían postergado la conversación referida a la relación entre ellos. Y que aún no le había mencionado la oferta que le habían hecho los canadienses y que él había aceptado. Intentó adivinar lo que Cecilie estaba pensando, como si su planteo o sus respuestas dependieran de lo que ella fuera a decirle. Pensó que su problema siempre había sido lidiar entre sus propios deseos y la necesidad de agradar a los otros, de no decepcionarlos, de que lo quisieran. No quería en este caso hacer lo mismo, pero lo cierto es que no tenía miedo que una vez más en su vida colisionaran lo que el sentía que debía con lo que quería hacer. Se dio cuenta que el tiempo razonable para permanecer en el baño se había agotado, se lavó las manos y regresó a la mesa. Cecilie bromeó preguntándole si había estado retocándose el maquillaje o tenido que auxiliar a alguien que había tomado demasiado. Él sonrió pero prefirió no responder la broma. Una vez que Esteban se sentó ella le dijo que era hora que le revelase la otra sorpresa que le había anticipado por teléfono y que tan intrigada la tenía. “Quizás sorpresa no es la palabra más adecuada, aunque sí podría decir que para mí lo que sucedió fue sorpresivo. No voy a aburrirte con los detalles. En resumidas cuentas cuando viajé a Toronto para que la Fundación no desaparezca, los canadienses me ofrecieron participar de una red de expertos en cultura integrada por personas de los cincos continentes. No voy a mentirte. Me eligieron en reemplazo de un chileno que a último momento adujo motivos personales que le impedían viajar. Como esa noticia coincidió con mi estadía en Canadá fui “seleccionado” en su lugar. Me dieron dos horas para contestarles, y una semana para resolver mis asuntos en Buenos Aires y regresar a Toronto. En dos días me voy por un mes y medio. Como ves no sos la única que viajará de manera inesperada e inminente. Después si querés podemos retomar el tema de mi viaje a Canadá y del tuyo a Noruega. Pero hay otras cosas que quiero contarte. Siempre hablamos mucho de tu matrimonio con Jakob y ahora de tu separación. Es lógico. Nosotros nos convertimos en amantes cuando él era tu marido. La persona que debíamos evitar que se enterara lo que estaba sucediendo entre nosotros, la persona que vos pensabas que estabas traicionando y la persona con la que sentías que habías fracasado. Cada vez era más evidente que, utilizando tus propios términos, no podrías mantener a tu familia intacta. En cambio, pese a que yo me había separado hacía tan solo unas semanas, poco y nada hablamos de mi relación con Lucía. No creas que te lo estoy achacando; nunca lo sentí como una falta de interés de tu parte. Es cierto que estabas abrumada, pero yo tampoco tenía muchas ganas de pensar. El torbellino al que me subí luego de conocerte me sirvió para postergar toda reflexión sobre mi separación. Porque al igual que a vos te sucede con Jakob, también sentí que Lucía y yo habíamos fracasado. ¿Pero qué significa fracasar? ¿Por qué cuando una pareja se separa tanto los protagonistas como aquellos que opinan desde afuera le ponen a la ruptura ese rótulo? Aquí yacen los restos de la pareja entre Fulano y Mengana. Se conocieron, se enamoraron, tuvieron hijos, durante equis años fueron felices, luego se empezaron a llevar mal, se alejaron y el amor se terminó. Que en paz descansen.

Hace unos meses, por una investigación que estamos haciendo, estuve mirando las estadísticas de divorcio en países de todo el mundo. Pero mi curiosidad se concentró en aquellos de mayor nivel de desarrollo. Para mi sorpresa esos eran los países con las tasas más altas de disolución matrimonial. En Noruega casi la mitad de las parejas se divorcian. Peor están los finlandeses y los islandeses. Ni hablar de Bélgica: a siete de cada diez parejas belgas no las separa la muerte, sino trámites entre abogados, litigios, mediaciones, acuerdos entre las partes. Pero volvamos a Noruega: ¿vos realmente pensás que un país que lidera los rankings de desarrollo económico, humano y social puede tener a la mitad de su población fracasada? Todas las relaciones humanas están sometidas al riesgo de la disolución. Uno pierde o se distancia de amigos que en otro momento de la vida fueron entrañables; también en las familias hay problemas que alejan a los hijos de los padres, peleas entre hermanos. ¿Por qué el matrimonio es un contrato que uno debe firmar a perpetuidad? ¿Quién compraría una propiedad o cualquier objeto de valor si le dijeran que nunca podrá venderlos? Por supuesto que las personas no son objetos. Nadie puede vender a un marido o a una esposa salvo en países donde todavía rigen los matrimonios arreglados, y las deudas muchas veces se saldan entregando a una hija al mejor postor. Lo que quiero decir es que si el contrato matrimonial no estuviera acompañado de la fatídica consigna de hasta que la muerte los separe, y se viviera como una contingencia que puede ocurrir o no, quizás al divorcio no le colgarían el cartel de fracaso.”, concluyó Esteban luego de su extensa exposición. “Mira Esteban. Todo lo que me estás contando me parece muy interesante”, dijo Cecilie. “También te agradezco que en este speech me ilustraras sobre los divorcios en Noruega, y así saber que no formo parte de la mitad de la población que se resignó a esperar que la muerte la separe. Pero dijiste que ibas a contarme sobre tu relación con Lucía y las causas que desembocaron en tu divorcio, no que ibas a darme una clase de estadísticas sobre divorcios. Así que espero que esto solo haya sido la introducción. Créeme que tengo muchas ganas de escucharte.” Esteban asintió sonriendo y continuó. “Tenés razón; para variar me fui por las ramas. Hay algo que nadie sabe; ni siquiera se lo conté a Jorge. Unos meses antes de mi separación me invitaron a un congreso en Río de Janeiro. Le habían puesto un título rimbombante: La cultura en América Latina: ¿el final de una época o el nacimiento de algo nuevo? Llevé un paper que ya tenía escrito y que dada la vaguedad de la convocatoria me pareció adecuado. Vos debés saber que esos congresos están compuestos de infinidad de mesas redondas, de algunas charlas magistrales y de eventos sociales como cenas, bailes, visitas a las atracciones turísticas de la ciudad anfitriona, etc.  Durante esas cenas y bailes la conocí a Ana, una porteña que al igual que yo había sido invitada al congreso. Era amiga de una conocida mía y por eso nos pusimos a charlar. De entrada tuvimos empatía. Íbamos a las mismas mesas redondas, a las mismas charlas magistrales y a los mismos eventos sociales. Por casualidad nos tocó viajar en asientos contiguos en el vuelo nocturno de regreso a Buenos Aires. Fue un viaje corto, pero nos la pasamos hablando y riendo durante todo el trayecto. Cuando estábamos haciendo migraciones le pregunté si se tomaría un remise para ir a su casa, y me contestó que la iba a buscar su marido. Ni ella ni yo habíamos hablado nunca de nuestra situación sentimental. Casi al pasar, cuando estábamos esperando que nos entreguen las valijas, me preguntó si yo estaba casado. Le contesté que sí y me dijo: “Ah, entonces estamos igual.” Debí olvidarme de ella, pero al otro día lo que hice fue enviarle un mail para preguntarle si había llegado bien. Durante un tiempo nos escribimos, nos confesamos cosas, hablamos de nuestros problemas, de lo mucho que nos gustaba esa relación epistolar, pero nunca llegamos a vernos. Un día Lucía se encontró con un mail que yo dejé abierto y que ella nunca debería haber visto. Por supuesto leyó cada una de las cartas que fueron y vinieron durante casi dos meses. Aunque Ana fue menos descuidada su marido algo sospechó. Decidió revisar su correspondencia electrónica y se encontró con los mismos mails que Lucía. Te imaginás lo difícil que fue convencerla que ni en Río ni en Buenos Aires había sucedido nada. Pero lo cierto es que esa era la pura verdad. El problema fue que Lucía, con razón, me dijo que hubiera preferido que yo tuviera un desliz por una borrachera o una calentura, que una relación que por más virtual que fuera había llegado a ser intensa y profunda. De Ana nunca supe más nada. Ninguno de los dos volvió a escribir y hasta ahora no me la volví a cruzar en ninguno de los ámbitos académicos que ambos frecuentamos. Durante un tiempo Lucía no me habló y me exigió que durmiera en el living. Luego fue aflojando y un día me dijo que me había perdonado. Organizamos unas vacaciones en las sierras de Córdoba para sellar la reconciliación, pero enseguida me di cuenta que ella seguía enojada. Quería perdonarme, pero la bronca y el dolor que tenía eran más fuertes. Cuando regresamos a Buenos Aires vino la última etapa: me convenció que la mejor manera de acercarnos era que pusiéramos lindo el departamento. Para eso hizo un listado de todas las cosas que debíamos hacer: pintar la casa, comprar cuadros, algunos muebles, y reciclar la cocina y los baños. Lo más urgente era reemplazar la bacha de la cocina, que hacía meses que perdía agua. Creo que esa parte de la historia ya te la conté. El día que teníamos que ir a comprar la bendita bacha yo le dije que no tenía ganas, que era sábado, que lo dejáramos para otro momento. Ahí Lucía estalló y me pidió que me fuera. Y así como en los libros de historia se dice que la Primera Guerra Mundial se desató por el asesinato de un archiduque en Sarajevo, en nuestra historia un observador apresurado podría concluir que nos separamos por una bacha. Pero la bacha fue tan solo un desencadenante. Podría haber sido por un mal tono, una llegada tarde a casa, una pelea originada por una prenda tirada en el piso o por no regar las plantas. Lo cierto es que la separación con Lucía desde que descubrió los mails era inexorable. Si se prolongo fue porque ambos necesitábamos tiempo para asumirla o porque tampoco queríamos fracasar.”

Cecilie, que había estado callada durante el largo discurso de Esteban, le dijo que para ella más que el bar El escandinavo, la verdadera sorpresa era lo que él le estaba contando. “Mientras hablabas pensaba cuantas más cosas sucedieron en tu vida que en la mía. Yo me casé muy joven con el primer novio que tuve, y no me relacioné con otro hombre hasta que te conocí. Y mira que en el ambiente diplomático las proposiciones no te faltan, sino más bien todo lo contrario: es un mundillo masculino, las mujeres escasean, muchos hombres están solos y, otros que están casados o en pareja, buscan aventuras constantemente. Tuve decenas de oportunidades, pero siempre mis prioridades fueron el trabajo y mantener unida a mi familia. En mi caso creo que el error fue apresurarme: yo era una chica inexperta y apurada por comenzar a cumplir cada una de las etapas que me había trazado: casarme joven, prepararme para ingresar en el cuerpo diplomático, tener hijos. Supongo que en aquel momento lo que sucedió fue que el amor no estaba entre mis prioridades. No sé si Jakob fue una mala elección; en realidad fue la elección adecuada para cumplir con los objetivos que me había propuesto. Si ahora me cuestiono esa elección es porque también me cuestiono el camino que elegí. Tú te casaste con Lucía a la misma edad que yo tengo ahora. Tuviste mucho tiempo para experimentar, para tener relaciones intensas y otras circunstanciales. Cuando la elegiste a ella tenías los elementos para concluir que era la mujer adecuada. Te digo más: comparando mi matrimonio con el de Uds., todavía no entiendo por qué se separaron.” Esteban comprendió que el comentario de Cecilie ameritaba una respuesta y retomó la palabra. “Mirá. Hace unos meses leí un libro de un antropólogo italiano. Ahora no me acuerdo el nombre, pero ya me va a salir. Está enfocado a analizar las separaciones y en particular por qué la gente se separa tan mal. Había leído una reseña en una revista de sociología y como me interesó lo compré. Algo que me llamó la atención es una clasificación que hace sobre los diferentes tipos de separaciones. Las tres primeras son obvias: cuando dejás, cuando te dejan y cuando es de común acuerdo. Pero él menciona una cuarta: cuando hacés todo lo posible para que el otro te deje a vos. Ahora me doy cuenta que eso hice yo con Lucía: estaba retraído, nada me entusiasmaba, no quería salir con ella ni con nuestros amigos, y dejé un mail abierto que me delataba. Esa fue una manera cobarde de resolver la separación: no poder plantear de frente lo que me estaba pasando y tirarle el fardo a ella. Son los hombres los que más utilizan esta vía. Como te dije es por cobardía, pero también por culpa, porque postergan la decisión o porque son casi siempre, cuando hay hijos de por medio, los que tienen que dejar la casa. Por eso en casi el 70% de los casos quienes toman la iniciativa de separarse son las mujeres.” Cecilie miró la hora y le preguntó a Esteban si se había dado cuenta que hacía cuatro horas que estaban conversando, y que ni siquiera habían hablado una palabra sobre qué ocurriría entre ellos dos. Esteban asintió y sugirió que lo mejor sería continuar la charla en otro lugar. Ella le dijo que le parecía bien, pero que antes debía pedirle a Camila que se quedara a dormir. Luego de hablar con la niñera le dijo: “Ya podemos irnos. Sigamos el próximo capítulo en otro sitio.” Mientras se paraba Esteban exclamó: “¡Franco La Cecla!” Ella lo miró extrañada y le preguntó de qué estaba hablando. “Es el nombre del antropólogo italiano. Y el libro se llama Déjame (no juegues más conmigo).

Continuará…

Link al capítulo 17

¡Basta de hacer cola para ir al baño!: una propuesta feminista. Versión recargada

mujeres en el baño

Aviso: estoy por publicar algo que escribí hace más de cinco años. Preferiría no hacerlo; no debería hacerlo, pero tengo algunos atenuantes.

Cómo quizás algunos y algunas hayan escuchado, me acabo de mudar. Mi nueva casa es un caos de cajas y cosas tiradas por todos lados. Dudas sobre qué guardar, regalar o tirar. No soy muy bueno para todo lo que requiere ser práctico y ordenado.

Así que no sé cuándo podré retomar la escritura y Uds. la lectura de Un romance escandinavo. Pensé, entonces, publicar algo que hubiera escrito en las primeras épocas de este blog, y que además fuese un texto al que le tuviera cariño (uno no quiere a todos por igual). Elegí lo que leerán a continuación. Saqué dos o tres párrafos que ahora me parecieron innecesarios. Pido disculpas a quiénes ya lo hayan leído. Sin embargo, para volver a la novela, les propongo a los lectores de Un romance…, hacer el siguiente ejercicio una vez que hayan terminado con la lectura. ¿Qué harían Cecilie, Lucía o Betina si estuviesen en una larga cola para ir al baño con la necesidad acuciante de hacer pipí? ¿Y qué les sugeriría Esteban frente a tal eventualidad?

Ahora sí: ¡Basta de hacer cola para ir al baño¡

¿A quién no le pasó de tener que hacer alguna vez cola para ir al baño? Pero si sos mujer seguramente te pasó muchas veces y lo más probable es que te siga pasando. Sin embargo, ¿tener qué hacer cola para esas necesidades básicas e impostergables es algo inexorable como la lluvia o el paso de los años? Quizás muchos de Uds. estén pensando que este tema es una bobada, y qué bien podría estar invirtiendo mi tiempo y el de los lectores en otros menesteres más importantes. Sin embargo, les garantizo que el tema tiene ribetes más que interesantes, y que perfectamente podemos enmarcarlo dentro un asunto tan serio e importante como el de la discriminación de género.

Pero antes de ir al grano, repasemos un poco, aunque sea obvio, las razones por las cuales la gente continúa haciendo cola, qué cambios se produjeron en los últimos años y los que probablemente se producirán en un futuro cercano.

Podemos analizar la cola utilizando algunos elementos básicos de economía. Así, “hacer cola” es el desequilibrio entre la cantidad de personas que demandan algún tipo de servicio, y la oferta que existe para satisfacerla. Cuanto mayor es ese desequilibrio, más larga será la cola.

Cotidianamente hacemos cola (o sacamos número) para las situaciones más diversas. Tantas que enumerarlas todas sería tedioso y poco útil, pero vamos a repasar algunas de ellas. Se hace cola para que nos atiendan en un negocio, y luego para pagar por las cosas que compramos. Se hace cola en el cine y los teatros, y también a veces para conseguir una mesa en un restaurante concurrido. Por supuesto se hace cola para pagar las cuentas en el banco, y colas larguísimas para comprar entradas para ver un recital o ir a ver un súperclásico. Se hace cola para esperar el colectivo o para cargar la tarjeta Sube. En el supermercado suelen atacarnos dudas existenciales sobre en cuál de las colas nos conviene ubicarnos y, ley de Murphy mediante, siempre terminamos eligiendo la equivocada. Hubo a principios de este siglo colas legendarias frente a las embajadas de países del viejo continente para conseguir la ciudadanía de la Unión Europea, y por esas épocas surgió el efímero oficio de colero, para el que no se necesitaba ninguna capacitación. Teniendo en cuenta la malaria que había en aquel tiempo, era un trabajo bastante redituable para aquellos que estaban dispuestos a congelarse en una cola a las 2 de la mañana. Lo que se dice una carrera corta y con salida laboral inmediata.

Pero la tecnología promete eliminar las colas o al menos reducirlas en cantidad y tiempos de espera. De hecho, en estos años han sido muchas las innovaciones puestas en práctica. Se pueden pagar casi todos los servicios del hogar debitándolos de una tarjeta de crédito, con débito automático a una caja de ahorro, o pagándolos por internet. También manejando el mouse podemos comprar entradas para el cine, teatro y recitales, y hasta elegir el lugar en el cuál queremos sentarnos, aunque para ello hay que abonar un pequeño recargo. Los corredores nos inscribimos y pagamos casi todas las carreras a través de la red. Hoy podemos hacer las compras del súper llenando el changuito virtual y va a llegar un día, no muy lejano, en que los códigos de barra serán reemplazados por un “identificador por radiofrecuencia” (RFID en su sigla en inglés), que es un sistema de almacenamiento y recuperación de datos que no requiere visión directa entre el emisor y el receptor. Eso significa que podremos pasar el changuito entero por la caja mientras este sistema identifica, automática y simultáneamente, todos los productos que estamos llevando, calcula en instantes el monto de la compra, imprime un ticket y nos pide que cancelemos con una tarjeta de crédito. Todo, por supuesto, sin necesidad de que haya empleado alguno de por medio.

Como vimos, los avances tecnológicos conseguidos por la humanidad y los que vendrán, amenazan con pasar a mejor vida a muchas de las colas que todavía seguimos haciendo. Pero hay una que goza de muy buena salud y que no parece estar sometida ni al más mínimo riesgo. Y claro, adivinaron todos: estamos hablando de la nunca bien ponderada cola para ir al baño. Porque, al menos que yo sepa, aun no se han inventado retretes virtuales, ni medicamentos que sustituyan las ganas de hacer pis. Pero si bien estamos obligados a continuar yendo al baño por los siglos de los siglos, la pregunta del millón es si también estamos condenados a tener que esperar para obtener el desahogo que produce hacer pipi.

Ninguna cola es agradable, pero convengamos que en ciertas ocasiones la del baño puede tornarse dramática y angustiante si uno está apurado, y ni hablar si además nos ponemos nerviosos.

Pero volvamos al principio. Salvo contadas excepciones, como por ejemplo cuando un micro hace una parada en la ruta, la cola para ir al baño solamente la hacen las mujeres. Y si queremos encontrar una solución al problema, antes necesitamos de un buen diagnóstico. Para eso, nuevamente, tenemos que volver a echar mano a rudimentos básicos de economía, y específicamente a la ley de la oferta y la demanda.

Empecemos entonces por la demanda. Los que leyeron el post de hace dos días sobre solos y solas, se anoticiaron que en Buenos Aires hay más mujeres que varones (https://pabloperelman.wordpress.com/2013/09/18/cuando-los-numeros-cantan-es-verdad-que-en-buenos-aires-hay-mas-mujeres-solas-que-hombres-solos/?fb_source=pubv1). Y si bien en esta ciudad es donde el desequilibrio demográfico está más acentuado, en varios de los centros urbanos más importantes del país ocurre algo parecido. Lo mismo que en Nueva York, Paris o Berlín.

Las mujeres no solamente son más, sino que además tienen más motivos para ir al baño. Son la gran mayoría de las veces las que cambian los pañales de los bebés (por ejemplo en muchos shopping centers los cambiadores solo están instalados en los baños de mujeres), y las que acompañan a los niños más pequeños. También necesitan (¿cómo se dirá delicadamente esto?), varios días al mes, cambiar cada tanto toallitas con o sin alas. Y bueno, ya que están ahí quizás aprovechan para retocarse el maquillaje. Según me dijo mi odontóloga, si es que le entendí bien, las mujeres tienen menor capacidad para retener líquidos, lo cual les provoca la necesidad de orinar con mayor frecuencia. Un amigo una vez me dijo que otro problema que yo no había contemplado, es que las mujeres aprovechan la excursión al baño para charlar. Yo no me animo a agregar este ítem a las causas, pero tengo que decir que siempre me llamó la atención que cuando una chica anuncia su intención de ir al baño, muchas veces hay otra que le dice estas dos palabras: “te acompaño”.

Los hombres, además de ser menos, por lo general hacen su trámite de manera muy expeditiva. En conclusión, aunque en este caso no tengo ninguna estadística oficial, mi estimación es que la demanda total para ir al baño está compuesta en un 70% por mujeres y en un 30% por varones. Porque son más y también porque le dan más usos.

Veamos ahora qué pasa con la oferta diferenciada por sexo. Cuando los arquitectos diseñan los baños de restaurantes, complejos de cines o shopping centers, hacen algo sumamente sencillo: la mitad del metraje es para el de varones y la otra mitad para el de mujeres. Pero esta decisión, aparentemente neutral, es groseramente equivocada, porque aun suponiendo que la demanda fuera idéntica, lo que vimos que no es cierto, el miti y miti en verdad tampoco es tal, porque en los baños de varones además de los inodoros hay mingitorios. En consecuencia, la cantidad de “puestos totales” de los baños masculinos es muy superior a los femeninos. En muchos restaurantes es habitual que el baño de mujeres tenga un solo inodoro, mientras que en el de varones, además del retrete, haya dos mingitorios; es decir, una relación de tres a uno. Esto lo sé porque durante muchos años, cada vez que estaba con una mujer en un bar o restaurante, y llegaba el momento en que ella anunciaba (siempre llega ese momento) que tenía que ir al baño, yo le pedía que se fijara cuántos puestos tenía, y después o antes, cuando llegaba mi turno, los contrastaba.

Después de mucho “trabajo de campo”, mi conclusión fue que la oferta total de puestos se compone de 70% destinada a los varones y solo 30% a las mujeres. Como imaginarán, la combinación es explosiva, y la consecuencia ineludible, es la bendita cola.

Yo sé que el movimiento feminista de la Argentina está muy ocupado en asuntos más trascendentes como la planificación familiar, la violencia de género, la discriminación salarial, la sobrecarga de trabajo doméstico, el llamado “techo de cristal” (que les dificulta a las mujeres acceder a cargos directivos en las empresas o en la administración pública) y tantos más. La verdad es que al lado de todos ellos, la cola para ir al baño puede parecer una frivolidad.

Sin embargo, para mi es una muestra de como en una cuestión tan elemental y fácil de solucionar, la arquitectura piensa con cerebro masculino. No me cabe duda, por ejemplo, que dentro de los equipos que diseñan los baños de los grandes paseos de compras hay arquitectas mujeres, que obviamente sufren este error de cálculo como usuarias de esos baños que diseñan. ¿Nadie se dio cuenta que el problema se arreglaría haciendo más grandes los baños de mujeres a costa de sacrificar una parte de la superficie que se destina a los de varones? ¿Cuánto más grande? Lo suficiente para que la oferta de puestos se invierta: 70% para las damas y 30% para los caballeros. Eso sería lograr igualdad de género y lo mejor de todo es que nosotros los varones no perderíamos prácticamente nada. A lo sumo, quizás alguna que otra vez, nos tocaría hacer cola a nosotros también, pero en ese caso estaríamos contribuyendo a una buena causa, cual es reducir drásticamente la degradante espera a la que tantas veces deben someterse nuestras parejas, hijas, amigas, abuelas o sobrinas. Después de todo, si ellas tardan mucho tiempo en el baño, no nos queda otra que esperarlas hasta que salgan.

Sí algún lector de este blog conoce a alguien en la Sociedad Central de Arquitectos o en el Centro Argentino de Ingenieros, por favor traten de que lea este post.

Por último, hay una forma de solucionar el problema de un día para el otro, y es eliminando los baños para varones y mujeres. Bastaría con sacar los cartelitos que cuelgan con variados diseños en sus puertas, y si no hay disponibilidad en uno, probaríamos en el otro. Y recién en el caso que estuviera todo ocupado, nos pondríamos a hacer una cola unisex. Pero si tengo que ser honesto, me parece que para que una medida así tenga aceptación social, se necesita tiempo y que exista un profundo cambio cultural. A juzgar por los carteles que están abajo, en algunos lugares del mundo esto ya se estaría implementando. ¿Y en este país? Creo que cuando llegue ese día este blog y quién lo escribe probablemente ya no van a existir.

Si querés comenzar a leer Un romance escandinavo, para imaginar que harían Cecilie, Lucía y Betina en la cola, clickeá acá.

https://pabloperelman.wordpress.com/2018/12/12/un-romance-escandinavo-parte-uno/

M T

Poesías, prosas y cuentos

Correlatos

Relatos, ficciones y lo que tenga ganas de escribir

Semana 52: Espartatlón

Relatos, ficciones y lo que tenga ganas de escribir

ES DOMINGO Y NO TENGO NOVIO

Relatos, ficciones y lo que tenga ganas de escribir