Un romance escandinavo. Una novela por entregas. Capítulo quince.

31

Luego de dormir a los niños, Cecilie se preparó para acostarse. Se puso un camisón, se lavó los dientes, se quitó el maquillaje, y dudo si tomar o no un ansiolítico. Antes de meterse en la cama intento rezar, pero luego de ensayar plegarias por unos dos minutos, desistió. Se preguntó hasta qué punto se debía a la falta de costumbre o de fe, o a que no lograba separar la bronca y el hastío que tenía hacia Jakob. Finalmente decidió tomar el ansiolítico, se acostó en la cama, y se quedó con los ojos cerrados esperando que el sueño la visitara lo antes posible. Lo último que pensó fue en el terror que le provocaría escuchar sonar al teléfono en cualquier momento de la noche. ¿Cómo haría para atenderlo sabiendo que del otro lado de la línea podrían avisarle que todo había terminado? Sabía que aunque ella estuviera separada de hecho, legalmente se convertiría en una viuda de apenas 32 años, y sus pequeños hijos en huérfanos de padre. Recordó que hacía solo cuatro meses se consideraba a sí misma como una mujer felizmente casada. Y, ahora que sabía que nunca había estado enamorada, se le presentaba una ironía: como dice la fórmula nupcial, podía ser la muerte, antes que el divorcio, la que los separara.

Cecilie se despertó a las 7 en punto, levantó a los niños y les indicó que se vistieran. Mientras tanto, como todas las mañanas desde que habían regresado a Buenos Aires, se encargó de preparar el desayuno. Mientras regañaba a sus hijos para que se apuraran, el teléfono sonó. Cecilie sintió que sus pies estaban pegados al piso. Quería moverlos, pero no podía. Luego de varios rings sacudió la cabeza, y se dijo a sí misma que no podía ser tan cobarde. Corrió hacia el aparato que estaba en el living y levantó el tubo. Antes de que dijera hola, escuchó la voz de su padre que sonaba cauta. El cuadro de Jakob había mejorado. Si bien seguía en estado delicado, los médicos consideraban que estaba fuera de peligro, y probablemente al día siguiente lo sacaran del coma inducido. Aunque no descartaban que quedaran secuelas, opinaban que el escenario más probable era que estas fueran leves o directamente inexistentes. De todas maneras, aun quedando ileso debía superar el cuadro depresivo, ahuyentar de su cabeza las ideas de suicidio, y vencer la dependencia con el alcohol. No bien estuviera fuera de peligro y estabilizado, sería internado en una institución psiquiátrica por un periodo prolongado. Su recuperación dependería de su voluntad para superar los problemas que lo aquejaban, de la efectividad del tratamiento y, como el psiquiatra había repetido varias veces, del apoyo y la contención de sus familiares y amigos. Al colgar Cecilie derramó lágrimas de alivio, las mismas que no se había permitido el día anterior. Un rato después lo llamó a Esteban para contarle las buenas nuevas, y reconfirmó el encuentro programado a la tarde en el sitio sorpresa. Tomó un taxi para llevar a los niños al colegio, y luego el tren que la dejaba a escasas cuadras de la embajada.

Apenas llegó a su trabajo la embajadora le pidió que acudiese a su despacho. El chófer ya la había puesto en autos de la situación que afectaba a Jakob. No bien se saludaron, le preguntó si tenía novedades. Cecilie la puso al tanto con detalle de los sucesos que habían ocurrido en las últimas 24 horas, y también de los hechos acaecidos desde que ella le comunicara a su ex marido su intención de no continuar con la relación. Aunque algo le había contado apenas regresó a Buenos Aires, esta vez le describió con crudeza cómo se había deteriorado la relación con él en los últimos meses, y las razones por las cuales no había tenido otra alternativa que separarse. Estuvo a punto de contarle sobre Esteban, pero finalmente optó por omitir esa parte de la historia. Cuando terminó el informe, la embajadora tomó la palabra. “Cecilie, supongo que sabes que ante una situación familiar de la gravedad que has descrito, el reglamento de la Cancillería dice claramente que el diplomático involucrado tiene derecho de regresar a nuestro país por un lapso mínimo de tres meses. Periodo que puede renovarse sucesivas veces hasta que el problema se solucione definitivamente. Podrías trabajar durante ese tiempo en la Cancillería promoviendo el intercambio comercial entre Noruega y Argentina, que sabes que es un tema en el que hasta ahora nos ha costado avanzar. No tienes obligación de volver ni yo puedo obligarte a que lo hagas, pero creo que tú sabes que esa es la decisión correcta.” Cecilie conocía perfectamente el reglamento, y así se lo hizo saber a la embajadora. Le pidió un par de horas para pensarlo, y ésta asintió. Antes de avisarle que podía retirarse, le dijo en un tono afectuoso: “Regresa a Noruega lo antes posible. No tomes una decisión de la que luego puedas arrepentirte. Eres muy joven y tu carrera recién está comenzando. Ahora debes priorizar la familia. Vete a tu hogar y pon tus ideas en orden. Cualquier cosa que necesites, me avisas. El chófer te llevará a tu casa”. Antes de salir de la embajada, Cecilie ya había tomado una decisión. Le pidió a la secretaria de la embajada que le reservara tres pasajes para el vuelo que partía dentro de dos días a Oslo, dejó la oficina, bajó por el ascensor, y se metió en el vehículo que la estaba esperando en el estacionamiento. Le pidió al chófer que apagara la radio, apoyó la cabeza en el respaldo, y cerró los ojos. Sintió que el peso de los acontecimientos, por primera vez en su vida, la desbordaba. A la mujer orquesta que era madre, esposa, diplomática y amante; y en otras épocas había sido alumna ejemplar, excelente deportista, líder carismática, y concursante de programas de televisión, se le había estropeado la batuta. Ahora le tocaba lo que ella empezaba a sentir como un regreso sin gloria, y no había nada que pudiera hacer para evitarlo. Estaba condenada.

Luego se concentró en las cosas prácticas. Debería concurrir al colegio de sus hijos para explicar la situación y solicitar que les impartieran los certificados para presentar en las escuelas noruegas. Le pediría a Camila que la ayudase con las maletas y a la empleada que hiciera una limpieza exhaustiva de la casa. No sabía en cuánto tiempo volvería y quería dejarla impecable. Pensó en llamarlo a Esteban para contarle la novedad, pero se arrepintió. Eran demasiadas noticias en tan poco tiempo, y después de todo se encontraría con él en la tarde. Sintió que la vida para ella era una paradoja: ahora que era libre y no necesitaba esconderse, no solo no podría verlo a Estaban a plena luz del día, sino que estaría separada de él al menos los próximos tres meses. El destino, en el cual no creía, le estaba jugando la peor de las pasadas.

32

La misma noche en que Cecilie le contó que Jakob se debatía entre la vida y la muerte, Esteban se encontró a cenar con Jorge, para que éste finalmente saldara la deuda de la apuesta. Fueron a una parrilla en el centro que era muy buena y tenía precios razonables. Luego de ordenar la comida y charlar un rato sobre los problemas de la Fundación, Jorge le contó a Esteban que con su novia habían decidido casarse. Éste le dijo que ya era hora, y se levantó para darle un abrazo y felicitarlo. Luego de ponerlo al tanto de los planes que tenían para la boda, Jorge le preguntó a Esteban cómo andaba él de amores. Éste en un principio trató de eludir la pregunta, justificándose en que su cabeza estaba enfocada en el inminente viaje a Canadá. Pero Jorge le advirtió que no lo dejaría poner en práctica sus dotes de escapista. “Dale macho, ¿A quién fue la primera persona que le contaste que con Lucía la cosa no daba para más? ¿O que querías conquistarla a la rubia escandinava?” Esteban pensó, resignado, que hacía escasos días se había sometido al interrogatorio de Betina, y que ahora le tocaba enfrentar la misma prueba con otro interlocutor. Empezó diciéndole que con Lucía las cosas estaban muy claras. Por suerte se llevaban bien, pero cada vez estaba más convencido que la separación había sido, para ambos, la mejor decisión. Además ella estaba empezando a salir con alguien. Eso no le hacía ninguna gracia, pero tampoco lo atormentaba. Quizás, con el tiempo, además de compartir la responsabilidad de los hijos, podrían ser amigos. Jorge le pidió entonces que pasaran a Cecilie. “Con ella la situación es muy rara. Vivimos dos meses y medio de un idilio amoroso, más el mes y medio que duró la etapa de la conquista. Vos ya sabés lo que sucede cuando conocés a alguien que te vuela la cabeza y te enamoras. Estás todo el día medio pelotudo. Sumale a eso toda la adrenalina que le agregó la clandestinidad. De estar todo el tiempo pensando que en cualquier momento te pueden ver y que se arme flor de quilombo. No lo digo por mí. Yo no tenía ni tengo nada que ocultar. Pero ella era una mujer casada y encima diplomática. Ojalá tuviera grabado un casete con lo que le dije a Betina cuando me preguntó lo mismo que vos. Aunque también es cierto que uno nunca cuenta lo que le pasa de la misma manera cuando cambia el interlocutor. Me encantaría que con Cecilie las cosas fueran más fáciles. Pero no lo son. Además, y esto no lo sabés porque me acabo de enterar, el ex marido trató de suicidarse. Ni siquiera es seguro que se salve. Y si se salva, puede quedar con deterioro neurológico o motor permanente.” Esteban espero que Jorge asimilara el impacto de la noticia, y continuó. “Yo sé que lo que le pasó a Jakob no es culpa mía. Tampoco, por supuesto, creo que sea culpa de Cecilie. Pero más allá que lo racionalices, y concluyas que el tipo tiene serios problemas y por eso tomó esa decisión, lo cierto es que hay una relación causa – efecto. Si yo no hubiera aparecido en su vida, Cecilie no lo hubiese dejado, y si ella no lo hubiese dejado, a él no se le hubiese ocurrido intentar suicidarse. Y en algún punto, aunque suene absurdo, siento que si se llegara a morir, un poco al tipo este lo habría matado yo. Porque le quité a Cecilie y, de carambola, también a los hijos que él cuidaba mientras su mujer trabajaba o se estaba acostando conmigo. Ahora los tiene a más de 12.000 km. de distancia.” Esteban hizo una nueva pausa, y Jorge aprovechó para llenar los vasos de vino. “Jorge lo que quiero decirte es que hasta que esto no se aclare, yo no puedo proyectar nada. Está agonizando un hombre al que vi solo una vez en mi vida, en una cena que su mujer armó para coquetear conmigo. Un tipo que mientras llevaba a sus hijos a un Family day, yo le usurpé su cama para acostarme con la esposa.” Jorge lo interrumpió. “Pará Esteban. Pará un poco la moto. Te estás poniendo melodramático. No te conocía esa veta. Igual te entiendo. No debe ser fácil estar en tus zapatos. Pero como decías al principio, vos no tenés la culpa de nada. Lo dice bien la teoría del caos, cuando se producen cambios, por más imperceptibles que estos sean, cualquier cosa puede ocurrir. No hay manera de predecir el resultado. Si vos no hubieras aparecido, otro evento podría haber terminado provocando la debacle de Jakob. Y ahora que me acuerdo, esta teoría me la explicaste hace unos años vos a mí.” Esteban sonrió y le dijo que se notaba que había prestado atención. Se levantó para ir al baño y advirtió que se había manchado con vino una de las camisas que se había comprado para llevar a Toronto. Maldijo en voz alta y Jorge se rió. Le explicó que esas manchas salían, y que más grave hubiera sido mancharse con coca – cola light. Esteban sonrió, le dio una palmada en el hombro, y se dirigió al baño. Miró en el espejo con detenimiento la camisa y se dijo a sí mismo que le hacía una mancha más al tigre.

Cuando regresó del baño, Jorge le propuso que hablaran de Betina. “¿De Betina qué?”, replicó Esteban. “De Betina todo”, insistió Jorge. Esteban terminó su vaso de vino, y levantó la botella señalándole al mozo que trajera otra igual. Risueño, Jorge agregó: “Parece que para pasar al tema Betina necesitás animarte un poco. Eso sí; trata de no volver a mancharte.” Esteban hizo caso omiso al comentario y le contestó: “La verdad no sé bien que es lo que querés que te cuente de Betina. Con ella está todo bien. Como siempre.” Jorge se quedó mirándolo a los ojos y luego le dijo: “Te voy a contar algo. Teneme un poco de paciencia. En la Fundación desde hace casi un año que hay comentarios sobre Uds. Chusmeríos, como hay en cualquier lugar de trabajo. Ya sabés que a la gente le encanta hacerse la película. Yo nunca me prendí en esa; es más, siempre me molestó. Y si alguien, como soy tu amigo, me sacaba el tema, como dice mi viejo lo mandaba a freír churros. Además vos todavía estabas con Lucía, y yo sé que en esa época nunca pasó nada. Lo que quiero decirte es que yo no soy de los que les gusta inventar cosas o meterse en la vida ajena. Pero cuando fuimos a lo de Alicia, el día que te hiciste goma con la tranquera, empecé a notar algo. Acordate además que fuimos y volvimos juntos en tu auto. A mí me sorprendió mucho como se comportó ella después que te golpeaste. Si me preguntabas antes del “accidente” como hubiese imaginado que reaccionaría, te habría contestado que gastándote por lo menos dos horas seguidas. Sin embargo hizo todo lo contrario. Se acercó a mí y me dijo que teníamos que llevarte a un hospital lo antes posible. Vos no quisiste, pero igual, hasta que te dejó en tu casa, te cuidó como una madre. Ese día me di cuenta que había una Betina que no conocía”, concluyó Jorge. “El lado B de Betina”, agregó Esteban. Jorge se quedó mirándolo esperando que ampliara el concepto, pero Esteban le explicó: “Nada. No me des bola. Cosas que charlamos con ella en el vuelo que ella dio en llamar de las confesiones, y como son confesiones no te las puedo contar.” Jorge asintió y le dijo que no esperaba que le contara las confesiones de Betina; que se conformaba con escuchar las suyas. “¿O me vas a decir que no tenés nada para contarme?” Esteban le dijo que Betina siempre le había caído muy bien. Sabía que a muchos en la Fundación el humor ácido de ella les provocaba rechazo, pero él admiraba la ironía y la rapidez de sus salidas. Que por supuesto le parecía muy atractiva y con un tipo de belleza medio salvaje e intimidante. Pero como cuando se conocieron hace cuatro años él estaba casado con Lucía, entre ellos se generó una relación de amistad y complicidad. Luego le dijo que había cosas que no sabía, y que se las iba a contar. Le habló de la noche que se emborrachó con cerveza y terminó desmayado en el baño de la casa de Betina. Y del “festejo sorpresa” que ella le brindó. También de las charlas profundas que habían tenido en el viaje de ida, de la cabeza de ella apoyada en su hombro, y de lo que sucedió luego de que evitaran que la cama se llenara de miguitas. “Menos mal que sobre Betina no había nada para hablar. ¿Y entonces?”, insistió Jorge. “Entonces pedimos la cuenta y si querés caminamos un rato y seguimos charlando. De acá me quiero ir”. Cuando Esteban estaba sacando dinero para pagar su parte, Jorge le recordó que la cuenta le correspondía toda a él. Caminaron una media hora hasta llegar a la casa de Esteban, se dieron un abrazo, y cuando Jorge estaba yéndose, Esteban lo sorprendió con una pregunta. “¿Me pareció o vos me estás sugiriendo que avance con Betina?” Jorge sonrió y le contestó: “Te pareció. A mí lo único que me gustaría es que vos sepas qué querés hacer. Desde el día de la tranquera te veo perdido. Tampoco es grave. Te separaste hace cuatro meses. Ahora te vas un mes y medio a Canadá, así que tiempo para pensar vas a tener de sobra. Pero si tomas alguna decisión, trata de no equivocarte.” Esteban asintió con la cabeza, metió la llave en la puerta y se despidió.

33

Betina llegó a su casa cuando comenzaba a anochecer. Pensó en llamar a su amiga novia del oncólogo para leerle los resultados de los análisis clínicos de su madre, pero lo postergó. Se puso a buscar el DNI por todos los rincones y recovecos de su casa, sin resultado. Cuando sintió que ya no tenía más lugares para buscar, trató de recordar el último sitio donde había usado la tarjeta de crédito; quizás se lo había olvidado allí. Decidió mandar un mail al grupo de compañeros de la Fundación, preguntando si alguno por casualidad lo había visto. Advirtió que en el contestador automático había un par de mensajes. No podían ser de otra persona que su madre. Eso le recordó que estaba demorando el llamado a su amiga. Se dio cuenta que tenía miedo de saber; más qué miedo pavor. Se dijo a sí misma: “Betina no podés ser tan cagona. Abrí ese sobre y llamá de una vez.” Lo sacó de la cartera y volvió a leer los valores. Aunque era lega en la materia, observó, ahora sin el apuro que tenía en la casa de su madre, que la mayoría de los indicadores estaban fuera de rango, y algunos de ellos mostraban desvíos que le parecieron alarmantes. Antes de llamar puso música, y eligió unas sonatas para piano de Beethoven que la serenaban. Fue a la cocina para lavar la vajilla que le había quedado sucia del día anterior, mientras pensaba que el viaje y la breve estadía en Toronto, habían sido unas vacaciones de una vida que antes le parecía emocionante y ahora empezaba a sentir un tanto vacía. Se sorprendió repasando las confesiones que le había hecho a Esteban: nunca había hablado de ello con sus dos mejores amigas; ni siquiera se lo había insinuado a su analista. Se preguntó qué le generaba ese hombre para desnudarse ante él de esa manera. También se sonrió recordando la otra desnudez: la que sobrevino después que el chocolate con almendras se terminara, y ambos se premiaran por no haber dejado miguitas en la cama. Pensó que las dos veces que había estado con él notó que no se había tratado solo de sexo; había algo más que ni siquiera se animaba a pronunciar. De pronto se sintió tonta: ella sabía muy bien cómo era Esteban. Un especialista en seducir y conquistar, con la rara habilidad que no parecía que estuviese haciendo nada especial para conseguirlo. Se lo había dicho a ella misma en el vuelo de las confesiones: “A veces no sé si me gusta más conquistar o estar con la conquistada.” Pensó que no le interesaba ser una figurita más de su álbum. Y encima ni siquiera la más difícil. Mejor seguir con él como hasta ahora: siendo buenos amigos y, permitiéndose, de vez en cuando, algo más. Decidió detener en seco sus elucubraciones y llamar de una vez a su amiga. Tomó las hojas, levantó el tubo y se dispuso a marcar. Entonces advirtió que en el encabezado de la primera hoja, el nombre de la paciente correspondía a otra persona. ¡Le habían entregado a su madre un sobre equivocado! Colgó y suspiró aliviada. Pero luego volvió a preocuparse: si ella había consultado a una oncóloga, y ésta le había ordenado hacerse análisis, era porque sospechaba que algo no andaba bien. Prendió el contestador esperando escuchar la cantinela de siempre de su madre. Pero el primer mensaje era del comisario de la División de Estafas y Defraudaciones de la Policía Federal. En síntesis, le contaba que habían encontrado y apresado a Núñez en un bingo del barrio de Flores, y que luego de un interrogatorio exhaustivo había confesado el delito, y dónde tenía escondido el dinero. Habían recuperado casi el 95% de lo robado. Le pedía que se comunicara con la división al día siguiente, y le adelantaba que, con seguridad, el fiscal de la causa la citaría en breve para testificar. Betina colgó, levantó los brazos, y pegó un salto y gritó como un fanático futbolero que festeja un gol agónico de su equipo. Luego escuchó el segundo mensaje. Era de un restaurante. Le avisaban que tenían su DNI, pero como había fallecido el padre del dueño, el establecimiento estaría cerrado por duelo hasta el lunes, día en qué podría retirarlo. Ahora el festejo de Betina fue más medido. Al fin y al cabo solo se había ahorrado las horas que le hubiese llevado renovarlo. Tomó coraje y llamó a su madre. Apenas atendió, ésta le dijo: “Parece que mis ruegos a la Virgen del Luján dieron resultado: ¡Una visita y una llamada en el mismo día!”. “¿Todo bien ma?”. “Si hija. Solo que hace más de dos horas que estoy buscando unos análisis que mañana le tengo que llevar a la doctora.” “¿A la oncóloga?”, le preguntó Betina. “¿De qué oncóloga me hablas nena? Dios me libre y me guarde. Es un chequeo de rutina. Espero que esté todo bien. A mí no me gusta abrir el sobre porque soy un poco miedosa, pero según la médica clínica no hay razones para preocuparse.” Betina le explicó que los tenía ella, que abrió el sobre y se preocupó, y que después se dio cuenta que eran de otra mujer. Al día siguiente iría al laboratorio para hacer el cambio, y luego se lo mandaría con una moto. “Lo que no entiendo entonces por qué estás saliendo menos”, deslizó Betina. “Porque los juanetes me están matando nena. Mirá si le voy a estar contando eso a Julio. Ni siquiera a las chicas les dije nada”, respondió su madre. “Pero me lo podrías haber contado a mí…” “Es cierto; no sé por qué se me dio por hacerme la misteriosa. Quizás me da un poco de vergüenza.”, dijo la madre. “Bueno ma. No sabés el alivio que tengo. Ayer me quedé como loca. Mañana te llamo para decirte a qué hora te mando la moto”, le dijo Betina. “Esperá hija. Hoy quería contarte algo. No mediste porque te fuiste volando. Para empezar quiero decirte que respeto tus decisiones. Aunque sea tu madre, no soy quien para decirte lo que tenés que hacer o no hacer a tus 37 años. Elegiste un estilo de vida en el que te sentís cómoda. Que a mis amigas les guste o no les guste no debería importarme. Qué sé yo si esas chicas que van por el tercer hijo son más felices que vos. A esas brujas les gusta fanfarronear con sus hijas y sus nietos; quizás porque no tienen demasiado para contar de sus propias vidas. Reconozco que yo también  caigo seguido en esa frivolidad. Pero aunque no te lo dije nunca, yo te respeto y te admiro porque siempre seguiste el camino que querías, e hiciste las cosas que te importan a vos, no las que esperan los demás, incluyéndome a mí y a tu padre, que en paz descanse. Ahora si tenés paciencia, tengo que contare algunas cosas para que me entiendas un poco más.” Betina se quedó en silencio como asintiendo, y su madre continuó. “Vos sabés que yo quedé embarazada de tu papá muy joven. Recién estábamos empezando quinto año. Ni siquiera había cumplido los 17; era una nena. Hacía apenas dos semanas que éramos novios. Bueno. Novios. Le decíamos así. Hoy estaríamos “conociéndonos”. Para los dos era la primera vez que estábamos con alguien. A mí me gustaba tu papá. Viste que siempre fue buen mozo. Me acuerdo que un día una amiga me preguntó si estaba enamorada. Yo le contesté que no tenía la menor idea; que seguramente con el tiempo me iba a dar cuenta. Un día tu papá me invitó a la noche a su casa. Los padres iban a ir al cine y después a cenar. Me dijo que se había comprado unos discos nuevos de rock nacional, y que podíamos escucharlos juntos mientras comíamos unas hamburguesas. Yo acepté y les dije a mis viejos que iba a la casa de una amiga. Después de cenar, mientras sonaba La balsa, la canción de Los gatos, ¿la conocés?, empezamos a los arrumacos. Te imaginás lo nerviosa que estaba. Él me tocaba y yo por un lado quería y por otro lado no quería saber nada. En un momento le pedí que parara, pero él siguió como si nada, tratando de convencerme con acciones más que con palabras. Y bueno. De a poco yo fui dejando de resistirme, el comenzó a sacarme la ropa y lo hicimos. Ojo. Él en ningún momento fue violento. Vos sabés que él era un hombre tranquilo. Pero esa noche tuvo la irresponsabilidad de un chico de su edad. Y yo no supe frenarlo; me dejé llevar. Una irresponsabilidad compartida. Al mes cuando no me vino me di cuenta que había quedado embarazada. Estaba aterrada; ni siquiera me animé a decírselo a tu papá. Sentía que la culpa de ese embarazo era absolutamente mía. Hasta que decidí hablar con mi mamá, tu abuela. Te voy a contar algo que a vos te puede sonar feo: le dije que no quería tener al bebé. Por toda respuesta ella me dio un cachetazo, y les pidió perdón a Jesús y a la Virgen por mi blasfemia. A los pocos días armaron una reunión entre los padres de tu papá y los míos. Todos estuvieron de acuerdo en que yo debía continuar con el embarazo, y así fue. Imaginate que cuando se enteraron en el colegio de monjas me dijeron que no podía seguir asistiendo. El secundario recién lo terminé diez años después en un colegio nocturno. Como ni los padres de tu papá ni los míos tenían plata y la casa de mis suegros era más grande, con tu papá nos fuimos a vivir con ellos. Esa casa en Banfield donde te dijimos que viviste hasta los tres años, nunca existió. Por eso no tenemos ni una foto. Te imaginarás lo que fue para mí vivir tres años con mis suegros y tus tres tíos todos apretados; un calvario. Por suerte tu padre consiguió un trabajo y por fin pudimos mudarnos a una casa para nosotros tres.

Con tu padre siempre nos llevamos bien. Vos sabés que desde que se enfermó lo cuidé hasta el último día de su vida. Pero lo cierto es que nunca estuvimos enamorados. Ni yo de él, ni él de mí. No sé por qué no tomamos la decisión de separarnos. Quizás por el qué dirán. Una estupidez. Te cuento todo esto para decirte que no importa lo que piensan los otros, sino lo que uno desea hacer. Yo no pude y hoy me arrepiento de un montón de cosas. No cometas los mismos errores que cometí yo.” Betina se quedó unos instantes callada del otro lado de la línea, hasta que reaccionó: “Gracias ma por contarme todo esto. Me imagino lo duro que habrá sido para vos y para papá. Pero yo tampoco estoy tan segura de lo que quiero. Por ahí un día vengo con un ingeniero buen mozo de una familia guituda, y un tiempo después compra los anillos y me propone matrimonio. Y cuando estés por verlas a las chicas, vas a pensar: y ahora que se chupen esta mandarina.” Las dos se rieron, quedaron en hablar al día siguiente para coordinar el envío de los análisis clínicos, y se despidieron. Betina pensó que otra cosa más le podía suceder en ese día. Comió algo liviano, se fue a la cama meditando sobre las confesiones de su madre y al rato se durmió.

Continuará…

Todos los regalos

Hay regalos planificados y de último momento; los que se compran en shoppings o en supermercados; hay regalos que se traen de afuera y los que se consiguen en el negocio de al lado; hay regalos que sorprenden y los que decepcionan; regalos buscados y de compromiso; los regalos sorpresa y los anunciados; hay regalos por aniversarios, navidades, cumpleaños, días del niño, del padre o de la madre, y los que son espontáneos; los bien envueltos y los que se meten en la bolsa de otro regalo; hay regalos caros y regalos baratos; regalos bizarros y sofisticados; hay regalos de enamorados, que a veces se devuelven, cuando el amor ha estallado; regalos conservadores y otros osados; hay regalos enormes y los hay minúsculos; hay regalos tangibles y los que no pueden ser tocados; están los que se conservan y los que se pierden; hay regalos individuales y grupales; regalos que se cambian con la bolsa y los que no tienen cambio; hay regalos a tiempo y los demorados; hay regalos que son nuevos y otros usados; hay regalos por bodas y por nacimientos; hay regalos efímeros y algunos eternos; hay regalos que se abren con premura y otros despacio; hay regalos que se compran y los que son robados; regalos que se usan y los que quedan olvidados; regalos que se prometen y jamás son entregados; hay regalos superfluos y los indispensables; hay regalos intactos y otros destrozados; los que son únicos y los repetidos; hay regalos que se pasan a los hermanos; hay regalos esperados y desesperados. Hay regalos a pedido, regalos en oferta, regalos soñados, regalos extraviados, regalos fallados. Se regalan libros, discos, ropa, flores, bombones, cenas, electrodomésticos, juguetes, teléfonos celulares, dinero en efectivo, autos, entradas, viajes, joyas, instrumentos, mascotas, computadoras, cursos, comidas, perfumes, relojes. Hay todo tipo de regalos.

Una niña en la calle le pide a su madre que le compre un regalo. Ella le contesta que no tiene dinero. La niña le dice que no importa. Y agarra a su madre fuerte de la mano.

Convocatoria urgente a los lectores de “Un romance escandinavo”

Comunicado de la Red de Amigos del Blog Correlatos

1. Considerando

a) Que el autor de la novela “Un romance escandinavo” (en adelante la obra) fue afectado por un virus que le provocó una crisis de inspiración y creatividad;

b) Que la junta médica que evaluó su estado de salud no acierta aún con el diagnóstico, ni tampoco con el tiempo que podría llevar su plena recuperación;

c) Que dicha afección también ha provocado una pérdida transitoria de su memoria reciente;

d) Que debido a esta afección la obra corre serio riesgo de quedar inconclusa;

e) Que si la obra no fuera terminada provocaría una fuerte decepción en los lectores que la vienen siguiendo desde hace ya más de dos meses, como así también en aquellos que se han incorporado a su lectura recientemente;

f) Que los personajes corren el riesgo de quedar varados eternamente en una especie de intrascendencia literaria;

g) Que para el autor implicaría un serio golpe a su autoestima, que se sumaría al cuadro de salud descrito más arriba;

h) Que el blog Correlatos recibiría un notorio daño en su prestigio, que seguramenteemente sería irreparable;

i) Que dada la modalidad de novela por entregas, los lectores han opinado y aportado sus puntos de vista desde el comienzo, dándole a la obra un carácter interactivo, que ha influido en el autor;

j) Que el autor debe mudarse en los próximos días.

2) Por lo tanto, se dispone:

a) Convocar a los lectores de la obra a aportar ideas y propuestas para la continuación de la trama y, en particular, de su desenlace y final;

b) En tal sentido, se valorará la originalidad, la creatividad y el ingenio de las ideas propuestas;

c) Las mismas deberán ser consignadas en la sección de comentarios del blog;

d) Las propuestas serán recibidas hasta el día domingo 10 de febrero a las 20 hs;

e) No se eligirá una propuesta ganadora;

f) El blog no se compromete a incorporar las sugerencias a la obra.

3) Consejos.

a) Intentar no dejarse llevar exclusivamente por el favoritismo hacia uno o más personajes;

b) Tratar de dialogar con ellos para imaginar que desean, que están dispuestos a hacer, o que riesgos están dispuestos a asumir;

c) Con el mismo objetivo que el señalado en b), intentar hurgar en la mente del autor, procurando intuir, deducir o adivinar que hubiera hecho si su salud no le hubiese jugado una mala pasada;

d) Advertencia. Para los que no llegaron a la Parte 14, este acápite puede contener spoilers (pasar al punto 4). En tal sentido, a los lectores que aún no han llegado a dicha parte, se les recomienda acelerar la lectura, para poder participar de la convocatoria.

e) Evitar elegir algunas de las siguientes situaciones que, antes de enfermarse, fueron descartadas por el autor:

e.1) Si Joan se recuperara del coma en el que se encuentra, no viajaría a Buenos Aires para intentar conquistar a Lucía;

e.2) Esteban no se realizará una operación para cambiarse de sexo;

e.3) Cecilie no dejará la carrera diplomática para dedicarse a ser jugadora profesional de vóley;

e.4) Betina no se convertirá en monja de clausura.

4) Promúlguese y archívese.

5) Para aquellos que quieran comenzar a leer “Un romance escandinavo”, abajo está el link a la parte uno.

https://pabloperelman.wordpress.com/2018/12/12/un-romance-escandinavo-parte-uno/

Red de amigos del blog Correlatos

M T

Poesías, prosas y cuentos

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Relatos, ficciones y lo que tenga ganas de escribir

Semana 52: Espartatlón

Relatos, ficciones y lo que tenga ganas de escribir

ES DOMINGO Y NO TENGO NOVIO

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