Un romance escandinavo. Una novela por entregas. Capítulo once.

21

Cuando faltaba una semana para su regreso, Cecilie comprendió que no podía seguir postergando la charla con Jakob. Lo citó a las cinco de la tarde en un bar en el centro de Oslo y, antes de acudir a la cita, dejó a sus hijos en la casa de sus padres. Había estado pensando en cuáles serían las palabras más adecuadas para comunicarle su decisión. En especial los argumentos que le hicieran comprender, a su todavía marido, que la separación era la mejor alternativa para ellos dos y sus hijos. Cuando llegó al bar Jakob la estaba esperando con un whisky en la mano. A Cecilie le pareció que era un poco temprano para estar tomando alcohol, pero prefirió no decir nada. Ella se pidió un cortado, y le contó algunas anécdotas de los niños para ganar tiempo y tomar coraje. Le dijo que la situación entre ellos hacía tiempo que estaba muy mal, que sus sentimientos habían cambiado, y que no imaginaba recuperar las ganas de acostarse con él. Agregó que se sentía culpable de que él hubiera dejado su trabajo en Oslo para seguirla, pero que no dudaba que con su capacidad y antecedentes conseguiría rápidamente otro empleo. También le aclaró que podía utilizar los pasajes que la embajada le daba para visitar asiduamente a los niños, y que si no eran suficientes no tenía problemas en pagarlos ella. Antes de que Cecilie terminara su discurso, Jakob ya se había pedido el segundo whisky. Lejos de aceptar los argumentos de su mujer, le planteó que no iba a permitir que lo alejara de sus hijos, que él había dejado todo para acompañarla a pesar de los consejos de sus familiares y amigos, y que no le importaba lo que ella quisiera: él también regresaría a Buenos Aires. A medida que hablaba su tono de voz era cada vez más fuerte, al punto que las personas que ocupaban las mesas aledañas comenzaron a observar la escena con disimulo. Cecilie intentaba persuadir a Jakob para que se calmara y bajase el tono, pero lo único que conseguía era aumentar su furia. Luego de fracasar en sucesivos intentos le dijo que no podía seguir hablando en esos términos, y que lo mejor sería que terminaran la charla por teléfono. Ella dejó un dinero más que suficiente para pagar la cuenta y, cuando se levantó de la silla, él la agarró de un brazo para retenerla, pero luego se contuvo cuando advirtió que casi todas las personas que estaban en el bar lo miraban con reprobación. Cecilie aprovecho para volver a pararse, tomó su cartera, y avanzó hacia la puerta. Cuando estaba saliendo alcanzó a escuchar que Jakob le pedía al mozo el tercer whisky; deseó que fuera el último.

Durante los últimos días de sus vacaciones en Noruega, Cecilie frecuentó a sus familiares y amigos buscando contención. También habló mucho con sus hijos sobre las razones por las cuales sus padres se estaban separando, y se sorprendió de que ellos lo tomaran con bastante naturalidad. Evidentemente, a pesar de los esfuerzos que había hecho para que no notaran la creciente tensión y el distanciamiento que existía entre sus padres, sus hijos habían percibido con claridad la situación. Las dos conversaciones telefónicas que tuvo con Jakob no fueron mejores que la del bar. Él le reprochaba a los gritos su decisión, y le decía que por más diplomática que ella fuera estaba consultando con abogados para impedir que se llevara a los niños del país. Si bien Cecilie entendía en parte la reacción de Jakob, le preocupaba notarlo desquiciado; nunca antes lo había visto ni escuchado así.

Luego del llamado telefónico que le había hecho a Esteban y que fue atendido por una mujer, la comunicación entre ellos se había interrumpido. Varias veces había pensado en escribirle; incluso había redactado en su cabeza distintos tipos de cartas, pero no se animaba a escribirlas y mucho menos a mandarlas. Pero cuando faltaban tres días para regresar a Buenos Aires, tomó la decisión de hacerlo. Llamó a Lars para averiguar si la conexión a Internet funcionaba, dejó a sus hijos con el matrimonio vecino y se dirigió a la oficina de correos. Al entrar en el despacho de Lars éste la recibió con la amabilidad de siempre, y le entregó una carta cuyo remitente decía Mikkel. La abrió cuando estuvo frente a la computadora. En resumidas cuentas le pedía mil disculpas por el incidente del barco, y le contaba que Laila, después de varios días sin hablarle, había comenzado a aflojar. Al final le decía que tenía la esperanza de que ella pudiera perdonarlo, y que si eso no llegara a ocurrir lo entendería perfectamente. Cecilie tuvo el impulso de contestarle, pero no lo hizo. Se concentró en el mail a Esteban, puso en el asunto “Tenemos que hablar”, y en el cuerpo del mail solo la frase “Vuelvo en tres días.” Antes de irse se despidió de Lars y le agradeció la deferencia que había tenido con ella. Él sonrió, le dijo anytime, y le dio un cálido apretón de manos con las dos suyas. Al dejar la oficina de correos, Cecilie se arrepintió de la carta que había mandado. Si bien sentía que tenía razones para estar enojada, lo cierto es que tampoco sabía a ciencia cierta quién era la mujer que había atendido la llamada, y si Esteban había estado o no con ella. Si bien Cecilie siempre había pensado que no era celosa, desde el inicio de la relación con Esteban su opinión había cambiado radicalmente. Sabía que él mantenía una relación cordial con Lucía, que ella era una mujer muy guapa y la madre de sus hijos. ¿Acaso no eran suficientes razones para que él flaqueara, dejara el departamento de Analía y volviera a su casa? Y además estaba Betina. Aunque no sabía mucho de ella, le había llamado la atención la manera en la cual le había hablado de Esteban en el casamiento de Gabriela y Fernando. Le había parecido una mujer de una belleza extraña, con un cuerpo muy atractivo, y una determinación y desparpajo que la convertían en una rival peligrosa. Y también el resto de sus compañeras de trabajo, las chicas del gimnasio, sus ex compañeras de facultad y cualquier mujer que se le cruzara por el camino. Como ella estaba enamorada, suponía que él tendría éxito con quien se lo propusiera. Si hasta la torpeza le sentaba bien.

El día anterior a la partida, estando en casa de sus padres, le llegó la respuesta de Esteban. Le contaba sucintamente que habían surgido problemas serios en su trabajo, que su pierna estaba bastante mejor y que esperaba que las vacaciones hubieran sido reparadoras. Hacía caso omiso a la brevedad y frialdad del último mail de ella, le decía que por supuesto tenían que hablar, y terminaba el suyo enviándole besos y abrazos. Cecilie les había pedido a sus padres y a dos amigos que la acompañaran al aeropuerto, porque tenía miedo que Jakob se apareciera y le hiciera un escándalo. Afortunadamente él no se presentó. Subió al avión, acomodó a sus hijos a cada lado de ella, y sintió que por primera vez en la vida su futuro era totalmente incierto. Lo único que tenía claro era que nunca volvería a ser la que era antes de la mesa de la Feria de Buenos Aires sobre exportación de libros y derechos de autor.

22

Esteban se despertó al día siguiente de la visita de Lucía, el llamado sorpresivo de Cecilie y la llegada intempestiva de Betina, preguntándose si en verdad todas esas cosas habían sucedido en la misma noche. Mientras que se preparaba un café para despabilarse, llegó un SMS de Betina preguntándole si ya se había levantado. Y que si no le contestaba en cinco minutos le tiraba la puerta abajo y lo despertaba tirándole un balde de agua fría en la cara. Esteban sonrió, y por las dudas se apresuró a contestar el mensaje. Mientras desayunaba comenzó a tomar conciencia de la situación en la que se encontraba. Si la Fundación no tenía fondos para pagar los sueldos, en la práctica eso equivalía a estar desocupado, y con la incertidumbre de cuánto tiempo tardaría en encontrar un nuevo empleo. Además dudaba en conseguir uno que le gustara y en el cual tuviera responsabilidades e ingresos similares a los que tenía en la Fundación. Repasó los escasos ahorros de los que disponía, cuánto podían darle por el auto si necesitara venderlo, y pensó que en el peor de los casos – aunque era lo último que deseaba hacer -, podía pedirle un préstamo a sus padres. Se alivió al recordar que en el departamento de Analía no pagaba alquiler, y pensó dónde se quedaría durante los quince días que ella vendría para las fiestas. Justo cuando terminaba de vestirse, Betina lo llamó al celular diciéndole que estaba abajo. Cuando se subió al auto, ella comenzó a darle el informe de situación ampliado. Le explicó que en los últimos años para retirar fondos del banco se necesitaba la firma conjunta de Nuñez y Ferrini. Pero la semana pasada, cuando este último renunció a la Comisión Directiva, el único que se había quedado con firma era Núñez. Entonces habían decidido que hasta que se eligiera a un nuevo miembro para firmar los cheques, la segunda firma la tendría ella. Hacía dos días Nuñez le había dicho que la financiera de un conocido les pagaría una tasa de interés por el depósito a plazo fijo en dólares sustancialmente más alta. “Yo al principio me negué a firmar. Me pareció muy arriesgado pasar de la seguridad de un banco a la incertidumbre de una financiera, pero el hijo de puta me empezó a presionar. Me llegó a decir que él manejaba a su antojo a la Comisión Directiva, y que si planteaba que era conveniente cambiar al contador nadie se lo iba objetar. Al final, como una boluda, firmé. Lo que nunca me imaginé es que el garca ni siquiera iba a depositar la plata en la financiera. Seguro que esa guita ya está en una offshore.” Esteban le contó que más de una vez había escuchado rumores sobre que Nuñez era un jugador, y que durante un tiempo había intentado superarlo yendo a un grupo de autoayuda para ludópatas. “¿Y cómo yo nunca me enteré? Me siento más boluda que las palomas.”, se lamentó Betina. Esteban le pidió que dejara de darse con un caño. Que ahora lo importante era salir del atolladero en el que estaban. “Sabés que de vez en cuando, muy de vez en cuando tenés razón. Debe ser que al menos diez minutos sacaste la cabeza de Escandinavia.”, ironizó Betina. “Muy graciosa. Al menos la mía sabemos que apunta en sentido noreste. Pero la tuya volvería loca hasta a la brújula más sofisticada.”, se vengó Esteban.

Llegaron a la Fundación y la reunión comenzó unos minutos después de las 8:00. Betina les informó a todos lo mismo que le había transmitido a Esteban durante el viaje en auto. Algunos se lo tomaron con calma, otros con nerviosismo, y unos pocos perdieron el control terminando en gritos, llantos o lágrimas. Luego de un debate que duró casi dos horas, decidieron que había que llamar a los principales donantes de los fondos, empezando por los canadienses. Debían contar exactamente lo que había sucedido, explicándoles que ya habían radicado la denuncia, y que hasta que no recuperaran los fondos no podían seguir funcionando ni cumpliendo con las investigaciones que ellos financiaban. En palabras de Esteban, “…si nosotros no podemos seguir funcionando para ellos también es un problema. Tenemos que lograr que lo vean así.” Decidieron que el llamado lo hiciera Gabriela, -que recién había vuelto de la luna de miel-, puesto que era la que mejor hablaba inglés. Cómo nadie tenía la direcciones electrónicas de los directivos de la institución canadiense, optaron por mandar un fax para coordinar el horario del llamado. Repasaron durante un rato el speech que diría Gabriela, y justo cuando estaban terminando llegó el fax de los canadienses: en quince minutos podían llamar. La comunicación duró unos siete minutos. Gabriela se manejó con mucha soltura, contó que la habían escuchado atentamente, y que en cuatro o cinco horas tendrían noticias suyas. Tres horas y media después llegó otro fax: les financiarían a dos personas pasajes y viáticos para viajar a Toronto, y los esperaban en dos días. Después que Gabriela terminara de leer el fax hubo vivas, aplausos y algunos abrazos. Jorge dijo que ahora tenían que definir quiénes viajarían, y que para eso se necesitaban criterios claros. Luego de un breve silencio, Jorge volvió a tomar la palabra. “Esteban tiene que ir. Él coordina dos proyectos que justo son los que financian los canadienses, y además cuando ellos estuvieron acá se reunieron con él. Lo conocen.” Gabriela opinó que Jorge tenía razón, y como no hubo objeciones se aprobó que él fuera uno de los emisarios. Esteban agradeció la confianza, y dijo que ahora debían elegir al otro “enviado”. Otra vez se produjo un silencio. Ahora la palabra la tomó Gabriela y dijo que en su opinión tenía que ir Betina. “Es la que conoce al dedillo los movimientos de fondos de la Fundación. Tanto lo que entra como lo que sale. Además los canadienses le dan mucha bola a la paridad de género. Que vayan un varón y una mujer les va a caer bien.” Nuevamente no hubo objeciones. Entonces Betina tomó la palabra y dijo: “Gaby vos estás en pedo. Y todos Uds. también. Igual les agradezco la confianza. Si no nos dan la guita, con Esteban cometemos un canadicidio.” Todos rieron y dieron por terminada la reunión. Cuando los canadienses enviaron los pasajes, Esteban cayó en la cuenta que su partida coincidiría con la llegada de Cecilie. Afortunadamente en su último correo le había adelantado que la Fundación estaba afrontando problemas, así que decidió ir a su oficina y escribirle nuevamente para que ella asimilara con tiempo la noticia. Al recibir el mail Cecilie se encontraba en la casa de sus padres, y decidió contestarlo inmediatamente. Esta vez se explayó. Le contó que había decidido separarse de Jakob, la situación complicada que había soportado en el bar, y que estaba regresando a Buenos Aires sola con los niños. Le decía que quizás se abriera una etapa nueva para ellos, y que ella deseaba que así fuera. Al recibir el mail de Cecilie Esteban se sintió aliviado y reconfortado. El episodio del llamado parecía haber quedado atrás, y a él también lo entusiasmaba la posibilidad de iniciar una nueva etapa. Luego de la adrenalina de los dos primeros meses, la clandestinidad lo había agotado. Y aunque la situación en las últimas semanas se había relajado, estaba harto de ocultarse. Luego vio que en la bandeja de entrada había un mail de Lucía. En el asunto leyó “Tranqui”. Le decía que no se preocupara. Que seguramente el problema de la Fundación se iba a solucionar. Y que si no fuera así, ella suspendería la remodelación del baño y de la cocina, y achicaría gastos que no fueran imprescindibles cómo comprar ropa, cenar afuera e ir al gimnasio. Y que si aun así no les alcanzara, le proponía volver por un tiempo al departamento y dormir en el living o en la dependencia. En su respuesta, Esteban le recordó que en lo de Analía no pagaba alquiler, pero que de todas maneras le agradecía el gesto. Le contó sobre el viaje a Canadá, y que era razonablemente optimista en que se hallará una solución.

23

El día de la partida a Toronto, Esteban pasó a las 4 AM a buscar a Betina por su casa para ir a Ezeiza. Llegaron un poco retrasados pero no tuvieron problema con el embarque. Cuando ya estaban en la nave, Betina le confesó a Esteban que le tenía fobia a los aviones. Que más que fobia era pánico y le pidió que cuando despegaran por favor le diera la mano. Él asintió y trató de serenarla. Cuando el avión empezó a carretear Esteban sintió como la mano transpirada de ella cada vez apretaba más la suya hasta clavarle las uñas. Una vez que el avión se estabilizó, Betina le soltó la mano y le dijo: “¿Ves? Hasta para viajar en avión soy medio loca.” Rieron, él le comentó que esa fobia la tenía mucha gente, y que era muy fácil de superar. Ella le informó a Esteban que con las escalas tenían unas 12 horas de vuelo, siempre y cuando no hubiera ningún retraso. Él le dijo que por suerte se había traído un par de libro, y que además estaban las películas que pasaban en el avión; que si tenían suerte por ahí les tocaba alguna potable. A lo que Betina la contestó: “Que libros, ni películas, ni que ocho cuartos. Debemos pensar cómo encarar la reunión con los canadians. Y si nos queda tiempo tenemos un montón de cosas para charlar de vos y de mí. Te apuesto a que hay varios aspectos que no conocemos el uno del otro. Esteban le dijo que le parecía bien, sugirió que dejarán para más adelante la preparación de la reunión, y que empezara ella a hablar de las cuestiones desconocidas. Betina tomó el guante y le advirtió que se preparara para conocer su lado B. Le contó que durante todo el secundario ella había sido una chica acomplejada. Era muy alta, flaca, algo desgarbada y casi no tenía tetas. Sus compañeros, especialmente los varones, la cargaban todo el tiempo. “Como se dice ahora me hacían bullying. No sabes cómo sufría cuando esos tarados me decían flaca destetada. Me la pasaba llorando en el baño del colegio o encerrada en mi cuarto. Solo tenía una amiga, pero la verdad muy piola que digamos no era. Por supuesto que no tuve ningún novio. Ni siquiera alguno que se interesara por mí. Imaginate; salir conmigo era un quemo total. En la Facultad la situación mejoró un poco. No te voy a decir que era una chica popular, pero por lo menos nadie se metía conmigo ni con mis diminutas lolas. Hasta una vez un pibe me invitó a salir. Mucho no me gustaba pero le dije que sí. Y recién ahí debuté. Debuté con un chabón que no me interesaba nada, pero lo que yo más quería era dejar de ser virgen. Eso me hizo tomar un poco de confianza, pero igual continuaba siendo una chica acomplejada. Me seguía rebotando en la cabeza todas las guarangadas que me decían esos turros en la secundaria. Entonces con el primer trabajo que tuve empecé a ahorrar. Todo lo que podía lo guardaba para hacerme las lolas. Cómo me daba miedo fui a uno de los mejores cirujanos plásticos que hay en Buenos Aires. Obvio que te rompía el orto, pero yo no me iba a arriesgar yendo a la clínica del Dr. Cureta. Entonces cuando terminé de juntar la guita fui a verlo, agendamos la fecha más cercana y me hice estas tetazas. A vos no tengo que explicarte nada porque ya las conoces. Tenía 25 años. Ahí me transforme.” Betina hizo una pausa y justo llegó la azafata para ofrecerles un refrigerio. Ella dijo que aprovecharan para tomarse un respiro, y que después vendría el turno de él. Esteban le dijo que le parecía bien, pero que antes necesitaba dormir un rato. Qué si no se despertaba antes le avisara para el almuerzo. “¿Pero vos me viste a mi cara de despertador? Yo también voy a apolillar un rato. El despertador lo tengo en el estómago, así que despreocupate. Ah, ¿sabés qué?, me olvide la almohada. ¿Vos me alquilarías un par de horas tu hombro derecho?” Esteban le dijo que el suyo era muy huesudo, pero que si no tenía demasiadas pretensiones se lo cedía sin cargo. Entonces Betina apoyó su cabeza en el hombro prestado, dijo algo bostezando que él no alcanzó a entender, y se quedó dormida en el acto. A Esteban en cambio le costó conciliar el sueño. Pensó en leer. Dudó si sacar una novela que tenía abandonada hacía meses, o un informe que el mismo había redactado sobre el avance de las investigaciones financiadas por los canadienses. Deshecho las dos alternativas. El contacto entre su hombro y la cabeza de Betina comenzaba a agradarle, al punto que no le molestaba el peso que ejercía sobre el mismo. Ella cada tanto cambiaba de posición acercándose más a su cuello. Y con sus movimientos parecía que usaba su mejilla para acariciarlo. Él empezó a dudar si realmente estaba dormida y esos movimientos eran inconscientes, o si por el contrario los estaba haciendo adrede para provocarlo. Sintió que le gustaba. Entonces decidió que también quería un apoyo. Él le había cedido su hombro sin cargo, así que bien podía concretar un trueque. Inclinó su cabeza para apoyarla sobre el pelo negro de Betina, y mientras se familiarizaba con el aroma de su shampoo y comenzaba a disfrutarlo, en menos de lo que canta un gallo se quedó dormido.

Continuará…

Link al capítulo doce

https://pabloperelman.wordpress.com/?p=3998

 

Un idilio subterráneo

Nuestros ojos se cruzaron y sostuvimos la mirada sin voltear. Me abrí paso entre la gente para ubicarme a su lado. En el apuro la rocé con la mochila; sonrió e hizo el gesto de que no era nada. Nos quedamos pegados y en silencio durante una eternidad dividida en cuatro estaciones. Tomé coraje y le pregunté si tenía hora. “Hora de bajarme”, me respondió. Me quedé duro y no supe qué decir. “¿Vos no te bajás en esta tambien?”. Mentí y contesté que sí. Salimos del vagón a las apuradas y esquivando obstáculos. La tomé del brazo y enfilamos hacia la escalera mecánica. Le pregunté si prefería tomar algo o caminar. Por toda respuesta cogió mi brazo con más fuerza. Cuando llegamos a la vereda, me dijo: terminemos aquí antes de arruinarlo todo. Me dió un beso y se fue corriendo. Nunca más la vi.

Nota: publiqué una versión de este microrrelato al inicio del blog, hace más de cinco años. Era más pequeña y totalmente diferente de la actual.

Un romance escandinavo. Una novela por entregas. Capítulo diez.

19

Las vacaciones de Cecilie en Noruega transcurrían con relativa calma. En la casa de campo disfrutaba de la compañía de sus hijos, y jugaba mucho con ellos tratando de compensar el poco tiempo que les había dedicado los últimos meses en Buenos Aires. Se aplicó a la lectura de varios de los libros que tenía apilados en la mesita de luz de la casa de San Isidro, nadó sistemáticamente todas las mañanas en la piscina de la finca, y cuando podía dejar a los niños con el matrimonio vecino, salía con la bicicleta a explorar los distintos paisajes de la zona.

Los únicos momentos tensos los sufría cuando Jakob venía a quedarse con los niños. Él iniciaba conversación sobre temas triviales, para luego intentar hablar de la situación en la que se encontraban. Cecilie hacía caso omiso y le decía que no tenía nada que conversar con él; apenas le dirigía la palabra para darle instrucciones sobre aspectos domésticos: que cosas comprar en el supermercado, las comidas que sugería prepararles a los chicos, y de los juegos que había en la finca, cuáles eran los que más les gustaban. Sabía que estaba postergando la charla sobre el divorcio, y comunicarle que no quería que volviera a Buenos Aires. Y aunque estaba enojada y resentida, también sentía culpa. Después de todo Jakob había dejado su trabajo en Oslo para seguirla a Argentina, y lo había hecho enfrentando la oposición de muchos de sus familiares y amigos, que le habían criticado marcharse a una ciudad tan ajena y lejana, en la cual tendría poco y nada para hacer. Y aunque no se lo habían dicho abiertamente, varios habían dejado entrever que en Buenos Aires quedaría opacado a la sombra de su mujer. Ella sabía que el tiempo apremiaba. Faltaban poco más de dos semanas para regresar a Buenos Aires, y no podía informarle su decisión cuando estuvieran al pie del avión.

Cuando Cecilie quería escribirle a Esteban, antes llamaba a Lars para preguntarle si la conexión a Internet funcionaba. La comunicación entre ellos no tenía la continuidad y fluidez que ella había imaginado. Por un lado por los problemas técnicos de la oficina de correo, y por otro lado porque el departamento de Analía carecía de servicio de Internet. Además Esteban seguía postrado por la lesión, y el locutorio más cercano estaba a siete cuadras de su casa. Para trasladarse debía soportar el dolor de la caminata, e incumplir las instrucciones de reposo que le había indicado el traumatólogo. Sucedía entonces que cuando Cecilie iba a la oficina de correos o Esteban al locutorio, muchas veces no encontraban respuesta a su última carta, lo que los llenaba de frustración. La discontinuidad en la comunicación tornó a las misivas esencialmente descriptivas, y las palabras de afecto quedaron relegadas a las despedidas. En parte, porque la distancia y la relación indefinida que tenían, les generaba a ambos miedo e incertidumbre: “¿Me seguirá queriendo y extrañando como yo a él/ella?”, era lo que a menudo pensaban.

El esperado día de la excursión a los fiordos y a la Ciudad de Ålesund llegó. Cecilie primero se trasladó con los niños en el auto hasta la casa de sus padres, y luego su madre los llevó al aeropuerto de Oslo-Gardermoen. Al rato que llegaron y luego de que Cecilie hiciera el check in, escuchó la voz de Mikkel que la saludaba agitando un brazo. Él se acercó a darle un abrazo, saludó efusivamente a los niños, y les dijo que sus hijos tenían más o menos la misma edad que ellos. Laila se levantó de la silla en la que estaba junto a sus niños, y fue también al encuentro de Cecilie. Estaba bien arreglada. Ahora si se parecía a la chica impetuosa, un poco salvaje y bonita que ella recordaba. Ya en el avión Cecilie durmió durante las poco más de dos horas que duró el vuelo entre las ciudades de Oslo y Ålesund. Ni siquiera se despertó cuando la azafata pasó a ofrecer un refrigerio, ni cuando los niños le reclamaron algo de atención. Al aterrizar ambas familias tomaron un autobús proporcionado por la agencia de turismo que los llevó al centro de Ålesund. Allí iniciaron la primera parte de la excursión, que consistía en un recorrido por esa ciudad para apreciar su arquitectura y conocer su historia.

El guía les explicó que Ålesund está edificada sobre siete islas de la costa oeste de Noruega, y que está atravesada por canales. Les contó que en 1904 se produjo uno de los incendios más grandes de la historia de Noruega, que destruyó buena parte de la zona central de la ciudad. Si bien solo murió una persona, alrededor de 10.000 se quedaron sin vivienda. Eso obligó a reconstruir las zonas afectadas utilizando piedra y ladrillo, siguiendo los lineamientos modernistas del Art Nouveau, -el estilo arquitectónico de la época, famoso por sus torrecillas, agujas y ornamentación decorativa-, convirtiéndose así, años después, en uno de los destinos turísticos más importantes del país. Para finalizar el recorrido subieron al mirador del monte Alksla, emplazado a una altura de 130 metros sobre el nivel del mar, donde pudieron apreciar espectaculares vistas panorámicas de la ciudad y de los fiordos noruegos.

Luego la comitiva se dirigió al puerto de la ciudad para iniciar la segunda parte de la excursión, que consistía en navegar en un barco de gran porte por los fiordos, y regresar a la noche a Ålesund para la celebración de la Noche de San Juan. Al mediodía las dos familias almorzaron juntas y Mikkel aprovechó para contarles a los niños la Leyenda de San Juan. Les relató primero que la Fiesta o Noche de San Juan rememora el nacimiento de San Juan Bautista por parte del cristianismo, aunque les aclaró que están los que vinculan la festividad a ritos paganos anteriores. Agregó que en la mayoría de los países la fiesta se celebra el 21 de junio, en coincidencia con el solsticio de verano, cuando la noche es más corta y la luz se extiende hasta casi 22 horas. Sin embargo, en algunos países, como Noruega, se conmemora en la noche del día 23, debido a que se cree que San Juan Bautista nació el 24 de junio. Les contó que la parte más bella de la celebración es cuando a la noche se encienden grandes hogueras, que de acuerdo con el rito es para darle “más fuerza al sol”, ya que a partir de esa fecha los días comienzan a ser más cortos. Luego les anunció que venía la parte más interesante: Ålesund. Pero el almuerzo ya había finalizado, y los niños estaban más impacientes por ir a jugar que en continuar escuchando el relato. Los adultos decidieron que era hora de liberarlos, y que podían terminar de contarles la historia en la merienda.

Aunque en la zona de juegos había tres chicas encargadas del cuidado de los pequeños, Laila, que se confesó temerosa, sugirió que se turnaran para darse una vuelta y chequear que todo estuviera bien. Mikkel se ofreció para cubrir el primer turno. Cecilie y Laila dejaron la mesa, y comenzaron a caminar por la cubierta. Recordaron las épocas en que eran enconadas rivales, y se rieron rememorando los absurdos motivos que provocaban las disputas. Laila le confesó que Mikkel le había comenzado a gustar desde el inicio de la secundaria, pero que a pesar de los esfuerzos que hacía para llamar su atención, nunca lo conseguía. “Quizás estaba más interesado en las voleibolistas.”, bromeó.

Cuando llegó la hora de la merienda, continuaron con el relato de la Noche de San Juan. Cecilie tomó la posta, y contó que en rememoración del incendio de 1904, los habitantes de Ålesund juntan madera durante varios meses para hacer la fogata más alta del mundo A tal punto que un año el fuego había alcanzado una altura de 40 metros. Y que esa noche ellos iban a ver ese espectáculo desde el barco. Mientras tanto, el buque navegaba por el fiordo Geiranger, que es uno de los más bellos del mundo, al punto que fue declarado por la UNESCO Patrimonio de la humanidad. Se maravillaron con las dos cascadas de las “Siete hermanas” y las “Del pretendiente” y el “Velo nupcial”. Luego de recorrer los 15 km. de largo del fiordo, el barco regresó a Ålesund.

Cuando los niños estaban en la sala de juegos, los tres continuaban con los turnos rotativos sugeridos por Laila. Cuando les tocó a Mikkel y Cecilie quedar libres, ella le contó la situación que atravesaba con Jakob, y como le estaba costando comunicarle su intención de divorciarse y pedirle que no regrese a Buenos Aires. Mikkel le confesó que a veces él también tenía dudas de su relación con Laila, aunque suponía que después de estar tantos años juntos seguramente eso era normal. Después le dijo que, aunque Laila no lo sabía, él siempre había sido partidario de las voleibolistas. “Bueno, supongo que a esta altura ya no tiene importancia, pero tú me gustabas mucho.” Cecilie se sintió incómoda y trató de cambiar de tema, pero Mikkel insistió: “¿Y tú nunca te fijaste en mí?” Cecilie le contestó que él siempre le había caído muy simpático, pero en verdad nunca lo había visto con otros ojos. Mikkel, que había estado toda la tarde – noche bebiendo vodka, le dijo que no le creía, le pasó la mano por la espalda e intentó besarla. Justo en ese momento llegó Laila, que había finalizado su turno y venía a solicitar el reemplazo. La ex líder de las futbolistas explotó de ira, y comenzó a proferir insultos dirigidos tanto a su marido como a Cecilie. Ésta intentó defenderse, pero enseguida se dio cuenta que no importaba lo que dijera: Laila jamás le creería, simplemente porque era más fácil para ella pensar que su compañero había caído en las artimañas de una bruja, que aceptar que había sido engañada por su marido.

Al rato la fogata de la Noche de San Juan fue encendida. Cecilie fue a buscar a sus hijos para que contemplaran el imponente espectáculo de las gigantescas llamas tratando de besar el cielo. Finalizada la excursión, al regreso evitó todo contacto con Mikkel y Laila hasta llegar a Oslo. Cuando finalmente, luego de permanecer unas horas en la casa de sus padres, retornó a la casa de campo, ya era de noche. Se sentía abatida. Le costó dormirse y se despertó a las cuatro de la mañana sobresaltada por una pesadilla. Sintió que necesitaba imperiosamente hablar con Esteban. No le importó si la llamada le costaría 200, 300 o 400 euros. Marcó el número del departamento de Analía anteponiendo los prefijos y cuando descolgaron el teléfono escuchó la voz de una mujer que decía “hola”. Mecánicamente contestó con otro “hola”. Sintió una punzada en el pecho y colgó.

20

La convalecencia de Esteban se prolongó más allá de los siete días. Cuando fue al control con el traumatólogo, éste le confesó que sabía que necesitaría más tiempo de reposo, pero que como suelen hacer los médicos, no se lo dijo para evitar un bajón anímico. ¿Cuánto tiempo más? No lo sabía con certeza, pero estimaba que con cuatro días adicionales sería suficiente. Su intento de convertirse en campeón amateur de salto con obstáculos le había salido caro.

El día de la consulta fue un miércoles, el mismo que le tocaba que sus hijos fueran a su casa. Ya no los había visto la semana pasada, así que sintió que no podía volver a cancelar. Pensó pedirle a su hermano que los fuera a buscar, pero enseguida recordó que había viajado a Mendoza por trabajo. La segunda opción que le vino a la cabeza fue Jorge. Pero este cenaba sin falta todos los miércoles con su novia que vivía en Temperley. Por último pensó en Betina, pero rápidamente la descartó: Lucía pensaría que él estaba saliendo con ella, y corría el riesgo de pagar un costo por algo que ni siquiera era cierto. Así que se resignó a tomar un taxi e ir a buscarlos. Cuando habló con Lucía por teléfono para coordinar el horario, ella le dijo que de ninguna manera debía interrumpir el reposo: ella se los llevaría alrededor de las 20 hs. Esteban le agradeció, buscó la bolsa de gel frío y se acostó en la cama apoyando la pierna encima de un par de almohadones.

Al rato sonó el timbre. Eran Lucía y los chicos. Se paró para atender el portero eléctrico y se quedó esperando que subieran. Al abrir la puerta sus hijos entraron corriendo casi sin saludar, y fueron directo a la cama de su padre a mirar televisión. Después de saludarlo con un beso, Lucía le dijo: “Ya que estoy acá, ¿puedo chusmear?” Esteban le hizo un cabeceo para que entrara y agregó: “Por supuesto que sí.” Ella le preguntó por dónde empezaba y él le contestó que daba lo mismo. Que tampoco le iba a llevar mucho tiempo la recorrida. “Bueno, ya que estoy acá empiezo por el living.” Elogió las dimensiones, supuso que a pesar de ser lateral el departamento era luminoso, pero objetó los muebles por anticuados. Esteban le dijo que así era todo el departamento, pero que a caballo regalado no se le miran los dientes. Lucía terminó la recorrida y le preguntó que tenía previsto para la cena. Él le contestó que dada su situación iba a pedir delivery de pizza. Pero Lucía se opuso: “No, pizza comieron ayer y también hace dos días cuando cenaron en la casa de mis viejos. Aunque sea día por medio tienen que comer carne.” Lucía se dirigió a la cocina y abrió la heladera. Le dijo a Esteban que tenía tres bifes enormes, y tomate, lechuga y huevos para hacer una ensalada. Entonces afirmó con un tono que no daba lugar a réplica: “Olvidate; yo cocino. ¿Y sabés qué? Como estos bifes son grandes, en pago por los servicios prestados me quedo a cenar.” Puso manos a la obra y ni siquiera le preguntó dónde estaban la plancha bifera, la ensaladera, los cubiertos, la vajilla ni el resto de los accesorios que necesitaba para cocinar y poner la mesa.

Mientras preparaba la cena le hablaba a Esteban de cómo le estaba yendo a los chicos en el colegio, los progresos que estaban logrando en la práctica del básquet y que le preocupaba que el menor se estuviera enfermando tan seguido. Esteban le contestó que había ido a verlos jugar y conversado con el pediatra por teléfono un par de veces. Ella entonces le planteó: “Fuiste a verlos una vez en cuatro meses Esteban. Y me parece bien que lo llames al pediatra, pero al consultorio siempre los llevo yo.” Él reconoció que ella tenía razón. Que habían sido meses difíciles; de muchos cambios. Pero que ni bien superara lo de la pierna se pondría a la altura de las circunstancia. Lucía le contestó que se quedara tranquilo; que no era un día para pasarle facturas. Y riendo le dijo: “Esta pequeña discusión es solo para rememorar los últimos tiempos de nuestro matrimonio. A propósito: quedate tranquilo que ya cambié la bacha.”, concluyó con ironía. Lucía no solo había cambiado la bacha. Al poco tiempo que se fue Esteban decidió pintar el departamento, cambiar todos los muebles del living y el comedor, y comprar varios cuadros y una escultura. También estaba haciendo cuentas para ver si el dinero le alcanzaba para reciclar la cocina y el baño. “Un día cuando vengas a buscar a los chicos subí. Después de todo ese departamento es de los dos.” Mientras Lucía le hablaba desde la cocina, Esteban pensó cuánto tiempo hacía que no la veía tan contenta. Además de las refacciones y los cambios en la decoración del departamento, ella había vuelto luego de varios años al gimnasio, había bajado tres o cuatro kilos y sus brazos – que era lo único que estaba al alcance de su vista – se veían tonificados. Definitivamente estaba mucho más linda y alegre que el día que se fue de la casa. Pensó que quizás estaba con alguien y la idea no le gustó. Que si así fuese, en poco tiempo alguien estaría ocupando el costado de la cama en el cual él había dormido tantos años. O quizás eso ya había ocurrido. Esos pensamientos no le hicieron bien, pero al mismo tiempo sintió que era un egoísta. ¿Al fin y al cabo él no había comenzado la conquista de Cecilie a los pocos días de haberse separado? ¿O no se había acostado con Betina aquella noche que luego de hacer catarsis terminó borracho? Quizás, como le decía su analista, no se había tomado el tiempo suficiente para hacer el duelo. Habían estado catorce años juntos; nadie puede volar esa cantidad de tiempo de un plumazo.

Cuando la comida estuvo lista Lucía, sin salir de la cocina, les dijo a los chicos que se lavaran las manos y vinieran a la mesa. Se los notaba contentos y excitados viendo nuevamente a sus padres cenando juntos. A Esteban también le agradaba la situación, pero sentía un poco de culpa por Cecilie. Una culpa que al mismo tiempo le pareció absurda. Al fin y al cabo él siempre había sido tan solo el amante. Su marido era Jakob, y a pesar de que el matrimonio para ella se había convertido en un suplicio, hasta ahora no había tomado la decisión de separarse.

Al finalizar la cena Esteban se disculpó y fue al baño. Se quedó un poco más de tiempo para continuar en soledad procesando sus pensamientos. Ya eran casi las once de la noche y le pareció escuchar el teléfono. Le pareció raro que sonara a esa hora. Ese número no lo tenía casi nadie; seguramente sería su madre. Escuchó que Lucía le preguntaba si quería que atendiera. Pensó en decirle que lo dejara sonar, pero antes de abrir la boca su ex mujer levantó el tubo. A los diez segundos la charla había finalizado. Esteban salió del baño, arqueó las cejas y levantó la cabeza interrogándola por el llamado. Lucía le dijo que la voz era de una mujer, que solamente atinó a decir hola, y que enseguida cortó. “¿Y sabés qué? Estoy segura que era extranjera; tenía un acento muy raro. No me digas que incursionaste en el campo internacional.” Esteban sintió que la frase de Lucía estaba cargada de ironía, peno que no se había puesto celosa. Eso reafirmó la sospecha que había tenido un rato antes: estaba con alguien. Le dijo que seguro se trataba de una llamada equivocada, o que el teléfono se habría ligado. Lucía le contestó que no había nacido ayer, y dio por terminado el tema. Por las dudas, cuando ella levantó la mesa y llevó los platos a la cocina, Esteban desconectó el teléfono de línea y apagó el celular.

Cuando Lucía terminó de lavar los platos se sentó en el comedor del living junto a él. Charlaron animadamente recordando distintos hitos de su vida en común: cómo se conocieron, lo que le había costado a él animarse a darle el primer beso, lo incómodo que fue el día en el que se conocieron los padres de ambos, algunas de las vacaciones que habían pasado juntos, el nacimiento de cada uno de sus hijos, y los sustos en mitad de la noche cuando salían corriendo a la guardia pediátrica. También intentaron ubicar el momento en que la relación entre ellos comenzó a complicarse. Según Lucía él empezó a estar ausente y abstraído; había perdido el interés por ir al cine, al teatro o a cenar con amigos; y que por más que ella comenzó a comprarse lencería erótica para motivarlo, las relaciones sexuales entre ellos se habían hecho cada vez más espaciadas. Esteban no pudo retrucar nada de lo que ella le había dicho. Sabía que tenía razón y solo intentó disculparse. Ella le dijo que estaba todo bien, que era el padre de sus hijos, y que no se imaginaba para ellos uno mejor que él. Entonces se acercó y le dio un beso en la mejilla, muy cerca de la comisura de los labios. A Esteban el beso lo tomó por sorpresa y le gustó. Volvió a sentir la suavidad con la que Lucía besaba y reconoció el olor de su piel. Giró su cabeza para que quede enfrentada a la de ella y la miró a los ojos sin pronunciar palabra. Entonces ella le dijo: “Perdón, ¿me zarpé?” Esteban se río, acercó sus labios a los de ella, y la besó. Fue un beso cariñoso y fraterno; para nada sexual. “Parece que el que se zarpó fui yo.” Se dieron un abrazo que prolongaron alrededor de un minuto. Cuando se separaron, ella planteó: “Todo muy lindo, pero no hagamos cagadas. Y menos en presencia de los chicos. Me voy”.

Cuando Lucía terminó la frase sintieron que alguien estaba tocando el timbre y golpeaba la puerta. Irónica, Lucía le preguntó si ahora también se trataba de una equivocación. Esteban preguntó quién era y desde el otro lado de la puerta escuchó la voz de Betina: “Soy yo boludo. Te estoy llamando al teléfono y al celular y no atendés. Abrime de una vez. Esteban abrió la puerta y Betina entró hecha una tromba. Ignoró a Lucía y sin preámbulos dijo: “Nuñez nos cagó. Se llevó toda la plata que teníamos en el banco. Un vaciamiento. No tenemos ni para pagar los sueldos de este mes. Hay que convocar a una reunión general para comunicarles a todos la situación y ver qué podemos hacer. Mañana te paso a buscar 7:30; la reunión es a las 8.” Luego la miró a Lucía y le dijo: “Disculpame, ¿vos quién sos?” “Entre otras cosas la madre de los hijos de este señor”, contestó molesta. “¡Lucía! ¡Si habré escuchado hablar de vos! Ojo, siempre bien, eh.” Veo que me ahorraron las presentaciones”, dijo Esteban tratando de distender el clima. Y dirigiéndose a Lucía, le aclaró. “Ojo, Betina es así; las normas de urbanidad no son su fuerte”. “Es verdad, soy una bestia. Disculpame, pero estoy muy nerviosa. Me voy.” “Saludo a los chicos y yo también me voy.”, dijo Lucía. “Entonces si se van las dos juntas hago un solo viaje. Quién les dice que se hacen amigas.”, bromeó Esteban. “¿Por qué no? Si no estás con auto te llevo”, le dijo Betina a Lucía. “Dale, acepto. De paso aprovechamos para sacarle un poco el cuero a éste. Entre las dos debemos tener material de sobra”, río Lucía. “Un arsenal”, le contestó Betina. Los tres rieron, luego bajaron y Esteban observó, apoyando casi todo el peso de su cuerpo en la pierna sana, cómo se alejaban juntas. Pensó que siempre había querido tener una vida intensa y apasionada, pero lo acontecido durante esa noche había sido demasiado.

Continuará…

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M T

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