Un romance escandinavo. Una novela por entregas. Capítulo dieciséis.

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Esteban se despertó al día siguiente de la cena con Jorge pensando en la lista de pendientes que aún tenía por completar antes de partir rumbo a Canadá dos días después. En primer lugar debía preparar las maletas con la ropa necesaria para una estadía de un mes y medio. A sus hijos iría a buscarlos al mediodía al colegio, y los llevaría a comer pizza y tomar helado. Tenía agendadas varias reuniones en la Fundación para repasar la marcha de los proyectos y delegar los que él coordinaba. Para esto último había quedado juntarse con Gabriela y Jorge a las diez de la mañana, puesto que eran sus personas de mayor confianza y las que estaban al tanto de los proyectos que él lideraba. A las 17, en el sitio donde pretendía volver a sorprenderla, se reencontraría con Cecilie después de casi un mes. Trató de imaginarse qué sentiría al volver a verla, de qué manera se saludarían, y qué rumbo y profundidad tomaría la charla. Luego de esforzarse para que le llegaran las imágenes de lo que aún no había ocurrido, se sintió como un tarotista, un leedor de la borra de café, una bruja o cualquier otra clase de adivinador que lucra con las ilusiones de la gente. Sería mejor dejar de especular y que, como dice su padre, pasara lo que tenga que pasar.

Aprovechando que la sala de reuniones estaba vacía, Esteban se reunió allí con Gabriela y Jorge. Le pidió a la secretaria que salvo un motivo de mucha importancia no los interrumpieran ni les pasara llamados. Los escuchó plantear cómo pensaban encarar la coordinación de los proyectos durante los 45 días que él estaría fuera del país. Cuando terminaron de acordar todos los puntos, Gabriela y Jorge se pararon para volver a sus respectivas oficinas. Esteban les adelantó que quizás al día siguiente volvería a juntarse con ellos, ya no para hablar de delegación de tareas, sino porque ellos eran, además de sus compañeros de trabajo, también sus amigos. No le vendría mal que hablaran un rato sobre bueyes perdidos y otras yerbas.

Cuando Esteban y Cecilie se comunicaron una hora antes de la cita prevista, ella le preguntó cómo haría para llegar al sitio sorpresa número dos. Él le contestó que usarían un método tradicional y conservador: le daría la dirección. “Como yo tengo una puntualidad escandinava y la tuya cada vez se parece más a la argentina, seguramente te estaré esperando.”, le dijo Esteban. “Ya veremos quién llega antes. Te aviso que desde comencé a jugar al vóley me volví muy competitiva.”, replicó ella. Ambos llegaron diez minutos antes de la hora prevista y se encontraron en la puerta del El escandinavo, un bar que Esteban había descubierto por San Telmo unos días atrás. Se saludaron con un beso en la mejilla que denotaba las semanas que habían pasado sin verse, y también el carácter indefinido que ahora tenía la relación entre ellos. Cecilie le dijo que ella no conocía el sitio, y que tampoco sus colegas de las embajadas de Suecia y Finlandia se lo habían mencionado. Tranquilamente podía pasar por un bar cualquiera de Oslo. Optaron por una mesa que daba a la ventana, miraron la carta, y una vez que decidieron llamaron al mozo para ordenar. Ella pidió un vodka solo; él un Negroni. Mientras les traían los tragos Cecilie lo actualizó de la situación de Jakob. Esteban notó si bien las últimas noticias la habían aliviado, el tono de su voz seguía más emparentado con la bronca que con la angustia. No se animó a mencionárselo. Cuando llegaron los tragos ella propuso cambiar de tema. Ya retomarían el asunto, pero después de dos días de estar absorbida por la situación de su ex marido, necesitaba distraer su mente aunque más no sea por un rato. “Pero antes hay algo que debes saber. La cancillería noruega tiene ciertas reglas frente a situaciones de salud tan graves como la de Jakob. Tienes la opción de regresar a Noruega por tres meses, que pueden ser renovados si la situación lo amerita. Y si bien no estás obligada a volver a tu país, está muy mal visto que no aproveches la oportunidad que te dan. Por otra parte es claro que a Jakob le hará bien tener a sus hijos cerca y a mis hijos les hará bien estar cerca de su padre. En cuanto a mí, seguramente él verá como un éxito que yo regrese para apoyarlo. Supongo que eso le creará la ilusión de que aún seguimos juntos o, lo que es lo mismo, que nunca nos separamos. Yo ya tomé la decisión de volver. Como te dije siento que no tengo otra alternativa. Y lo peor de todo es que no sé cuándo podré regresar o si alguna vez regresaré.” Cecilie hizo una pausa para tomar un trago de vodka y lo miró a Esteban esperando que dijera algo al respecto. Él apenas se limitó a preguntarle cómo se sentía. “Me siento mal; muy mal. Yo pensé que había dado una vuelta de página definitiva a mi relación con Jakob. Tenía y tengo muy claro que mi interés hacia él como pareja se extinguió hace un rato largo. Incluso mucho antes de que tú aparecieras, o mejor dicho, de que te metieras de prepo en mi vida. Todo lo que tenía programado desde que era una adolescente se derrumbó como un castillo de naipes. Ahora las cartas están tiradas y ni siquiera tengo la más mínima idea de cómo recogerlas.” Cecilie tomó un nuevo trago de vodka, esta vez más largo que el anterior. “Te imaginarás que este no será el único vodka que voy a tomar. Estamos en horario  de happy hour y lo pienso aprovechar. Ahora me llamo a silencio pero, antes de callarme, voy a decirte algo que me ronda por la cabeza en estos últimos días todo el tiempo. Algo estúpido: ¿Por qué será que tú apareciste en mi vida y yo en la tuya?” Esteban sonrió, le dijo que seguramente él también aprovecharía el happy hour, y se dispuso a hablar. “¿Sabés lo que pienso? Vos y yo vivimos un idilio amoroso; también podemos llamarlo un romance. Cuando eso sucede es muy difícil reflexionar. No hay otra posibilidad que dejarse llevar por ese torbellino en el que se mezclan la atracción, la pasión, la admiración. Durante el idilio todo parece perfecto. Sentís que el otro estaba destinado a cruzarse con vos en algún momento de la vida. Lo nuestro era sumamente improbable. Vos tenías que optar por la carrera diplomática, que en tu primer destino te enviaran a Buenos Aires, que te interesaran los temas culturales, haber tenido contacto con Silvana. Y en mi caso yo debía haberme separado recientemente, investigar sobre temas culturales, que me hubieran pedido organizar esa mesa en la Feria del Libro, que Silvana me sugiriera contactarme con una diplomática noruega, y que vos aparecieras por cortesía para saludar unos minutos antes de que la actividad comenzara. ¿Te das cuenta? Así planteado nuestro encuentro era casi imposible. Y sin embargo ocurrió por una cadena de hechos azarosos. Con que uno solo de ellos no hubiese ocurrido, jamás nos habríamos conocido. No hubiera existido ni idilio, ni romance, ni las consecuencias que tuvo para cada uno de nosotros el encuentro. No estábamos destinados a tenerlo. Ese pensamiento mágico me parece absurdo. Simplemente los hechos se fueron acomodando para que nos conozcamos. Hasta ahí todo fue azar, casualidad, eventualidad, contingencia. Podés llamarlo cómo más te guste. Pero lo que pasó después fue buscado, deliberado, perseguido. Es cierto que yo tomé la iniciativa. Pero después ambos decidimos jugar el juego. Yo el del conquistador; vos el de la mujer que a regañadientes y contra toda previsión, se dejó conquistar.” Esta vez el trago largo lo tomó Esteban, y al terminarlo se quedó callado esperando que Cecilie tomara la palabra. “Mira, he pensado mucho durante las últimas semanas sobre lo que dices. Te diría que empecé a hacerlo apenas llegué a Noruega y tomé distancia de Jakob. Lo primero fue tratar de entender cómo y por qué llegué a esta situación. Ya te dije varias veces que yo planifiqué cómo quería que fuera mi vida desde muy joven. Mi idea era continuar siendo la chica exitosa, la que se destacaba en todos los ámbitos, la que si era necesario se llevaba el mundo por delante. Ahora comienzo a sospechar que el amor no estaba entre de mis prioridades. Jakob es una persona que desde el comienzo tuvo devoción por mí. Cuando ya estábamos juntos bastó una charla acompañada de una amenaza velada para que él dejara de consumir alcohol en las cantidades que lo hacía. Que ahora que lo pienso no eran demasiado diferentes a las que ingiere un joven noruego promedio. Pero a mí los promedios no me interesaban. Sí él quería estar conmigo yo no iba a aceptar que cada tanto tuviera una borrachera; menos que menos que terminara en la guardia de un hospital por una intoxicación con alcohol. Fíjate lo irónica que termina siendo la vida. Mucho de aquello que yo intenté controlar desde el vamos, ahora se presenta con el peor de los rostros: ya no se trata de excesos o de las travesuras de un adolescente, sino de un hombre que se convirtió en alcohólico, cayó en una depresión profunda y en su desesperación intentó quitarse la vida. Ese hombre, por decirlo de alguna manera y aunque no suene bien, durante muchos años me resultó funcional. Siempre estuvo dispuesto a aceptar mis decisiones sin cuestionarlas: aceptó casarse en el momento que yo dispuse, vivir conmigo en la casa que yo elegí, tener a nuestros hijos en los momento que yo quise y, sobre todas las cosas, consintió que yo eligiera la carrera diplomática sabiendo que algunos años después debería seguirme adónde fuera que la cancillería noruega me enviara. Y seguirme también implicaba resignar su trabajo, su profesión, el contacto frecuente con su familia y sus amigos, para llegar cada cuatro o cinco años a un lugar ajeno y muchas veces lejano. A eso agrégale que sobre el recaerían la mayoría de las responsabilidades vinculadas con el cuidado de los niños. Ya hemos hablado que Noruega es una sociedad muy avanzada en la paridad de género. Que hay leyes que favorecen que los hombres se ocupen en igual medida de las tareas domésticas y de los niños. Pero en la práctica eso no resulta tan sencillo. Hace poco leí un estudio que demostraba que en Noruega las parejas en donde el reparto de esas actividades es más igualitario, se divorcian en mayor medida que aquellas con un esquema de responsabilidades tradicional. Y ese estudio no tenía un sesgo ideológico, sino más bien lo contrario; lo había hecho una reconocida ONG feminista que esperaba obtener resultados opuestos. En mi caso puedo decirte que más que valorar las tareas de las que se hizo cargo Jakob, sucedió todo lo contrario: su imagen para mí se fue desvalorizando. Él cada día era menos el hombre que yo deseaba que fuera. Ya ves: tampoco en ese campo las cosas resultaron tal como yo las había imaginado.”

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Llegado a ese punto de la conversación el vaso de Cecilie ya estaba vacío, y aunque el de Esteban no se había terminado por completo, éste llamó al mozo para ordenar que les trajeran una segunda ronda. Luego le anunció a Cecilie que pasaría al baño. Al meterse pensó que ya en el viaje en avión con Betina había utilizado ese recurso para hacer una pausa y clarificar sus ideas. Era un lugar poco amigable para reflexionar, pero el único que había tenido a mano en ambas ocasiones. Tomó nota que hasta el momento ambos habían postergado la conversación referida a la relación entre ellos. Y que aún no le había mencionado la oferta que le habían hecho los canadienses y que él había aceptado. Intentó adivinar lo que Cecilie estaba pensando, como si su planteo o sus respuestas dependieran de lo que ella fuera a decirle. Pensó que su problema siempre había sido lidiar entre sus propios deseos y la necesidad de agradar a los otros, de no decepcionarlos, de que lo quisieran. No quería en este caso hacer lo mismo, pero lo cierto es que no tenía miedo que una vez más en su vida colisionaran lo que el sentía que debía con lo que quería hacer. Se dio cuenta que el tiempo razonable para permanecer en el baño se había agotado, se lavó las manos y regresó a la mesa. Cecilie bromeó preguntándole si había estado retocándose el maquillaje o tenido que auxiliar a alguien que había tomado demasiado. Él sonrió pero prefirió no responder la broma. Una vez que Esteban se sentó ella le dijo que era hora que le revelase la otra sorpresa que le había anticipado por teléfono y que tan intrigada la tenía. “Quizás sorpresa no es la palabra más adecuada, aunque sí podría decir que para mí lo que sucedió fue sorpresivo. No voy a aburrirte con los detalles. En resumidas cuentas cuando viajé a Toronto para que la Fundación no desaparezca, los canadienses me ofrecieron participar de una red de expertos en cultura integrada por personas de los cincos continentes. No voy a mentirte. Me eligieron en reemplazo de un chileno que a último momento adujo motivos personales que le impedían viajar. Como esa noticia coincidió con mi estadía en Canadá fui “seleccionado” en su lugar. Me dieron dos horas para contestarles, y una semana para resolver mis asuntos en Buenos Aires y regresar a Toronto. En dos días me voy por un mes y medio. Como ves no sos la única que viajará de manera inesperada e inminente. Después si querés podemos retomar el tema de mi viaje a Canadá y del tuyo a Noruega. Pero hay otras cosas que quiero contarte. Siempre hablamos mucho de tu matrimonio con Jakob y ahora de tu separación. Es lógico. Nosotros nos convertimos en amantes cuando él era tu marido. La persona que debíamos evitar que se enterara lo que estaba sucediendo entre nosotros, la persona que vos pensabas que estabas traicionando y la persona con la que sentías que habías fracasado. Cada vez era más evidente que, utilizando tus propios términos, no podrías mantener a tu familia intacta. En cambio, pese a que yo me había separado hacía tan solo unas semanas, poco y nada hablamos de mi relación con Lucía. No creas que te lo estoy achacando; nunca lo sentí como una falta de interés de tu parte. Es cierto que estabas abrumada, pero yo tampoco tenía muchas ganas de pensar. El torbellino al que me subí luego de conocerte me sirvió para postergar toda reflexión sobre mi separación. Porque al igual que a vos te sucede con Jakob, también sentí que Lucía y yo habíamos fracasado. ¿Pero qué significa fracasar? ¿Por qué cuando una pareja se separa tanto los protagonistas como aquellos que opinan desde afuera le ponen a la ruptura ese rótulo? Aquí yacen los restos de la pareja entre Fulano y Mengana. Se conocieron, se enamoraron, tuvieron hijos, durante equis años fueron felices, luego se empezaron a llevar mal, se alejaron y el amor se terminó. Que en paz descansen.

Hace unos meses, por una investigación que estamos haciendo, estuve mirando las estadísticas de divorcio en países de todo el mundo. Pero mi curiosidad se concentró en aquellos de mayor nivel de desarrollo. Para mi sorpresa esos eran los países con las tasas más altas de disolución matrimonial. En Noruega casi la mitad de las parejas se divorcian. Peor están los finlandeses y los islandeses. Ni hablar de Bélgica: a siete de cada diez parejas belgas no las separa la muerte, sino trámites entre abogados, litigios, mediaciones, acuerdos entre las partes. Pero volvamos a Noruega: ¿vos realmente pensás que un país que lidera los rankings de desarrollo económico, humano y social puede tener a la mitad de su población fracasada? Todas las relaciones humanas están sometidas al riesgo de la disolución. Uno pierde o se distancia de amigos que en otro momento de la vida fueron entrañables; también en las familias hay problemas que alejan a los hijos de los padres, peleas entre hermanos. ¿Por qué el matrimonio es un contrato que uno debe firmar a perpetuidad? ¿Quién compraría una propiedad o cualquier objeto de valor si le dijeran que nunca podrá venderlos? Por supuesto que las personas no son objetos. Nadie puede vender a un marido o a una esposa salvo en países donde todavía rigen los matrimonios arreglados, y las deudas muchas veces se saldan entregando a una hija al mejor postor. Lo que quiero decir es que si el contrato matrimonial no estuviera acompañado de la fatídica consigna de hasta que la muerte los separe, y se viviera como una contingencia que puede ocurrir o no, quizás al divorcio no le colgarían el cartel de fracaso.”, concluyó Esteban luego de su extensa exposición. “Mira Esteban. Todo lo que me estás contando me parece muy interesante”, dijo Cecilie. “También te agradezco que en este speech me ilustraras sobre los divorcios en Noruega, y así saber que no formo parte de la mitad de la población que se resignó a esperar que la muerte la separe. Pero dijiste que ibas a contarme sobre tu relación con Lucía y las causas que desembocaron en tu divorcio, no que ibas a darme una clase de estadísticas sobre divorcios. Así que espero que esto solo haya sido la introducción. Créeme que tengo muchas ganas de escucharte.” Esteban asintió sonriendo y continuó. “Tenés razón; para variar me fui por las ramas. Hay algo que nadie sabe; ni siquiera se lo conté a Jorge. Unos meses antes de mi separación me invitaron a un congreso en Río de Janeiro. Le habían puesto un título rimbombante: La cultura en América Latina: ¿el final de una época o el nacimiento de algo nuevo? Llevé un paper que ya tenía escrito y que dada la vaguedad de la convocatoria me pareció adecuado. Vos debés saber que esos congresos están compuestos de infinidad de mesas redondas, de algunas charlas magistrales y de eventos sociales como cenas, bailes, visitas a las atracciones turísticas de la ciudad anfitriona, etc.  Durante esas cenas y bailes la conocí a Ana, una porteña que al igual que yo había sido invitada al congreso. Era amiga de una conocida mía y por eso nos pusimos a charlar. De entrada tuvimos empatía. Íbamos a las mismas mesas redondas, a las mismas charlas magistrales y a los mismos eventos sociales. Por casualidad nos tocó viajar en asientos contiguos en el vuelo nocturno de regreso a Buenos Aires. Fue un viaje corto, pero nos la pasamos hablando y riendo durante todo el trayecto. Cuando estábamos haciendo migraciones le pregunté si se tomaría un remise para ir a su casa, y me contestó que la iba a buscar su marido. Ni ella ni yo habíamos hablado nunca de nuestra situación sentimental. Casi al pasar, cuando estábamos esperando que nos entreguen las valijas, me preguntó si yo estaba casado. Le contesté que sí y me dijo: “Ah, entonces estamos igual.” Debí olvidarme de ella, pero al otro día lo que hice fue enviarle un mail para preguntarle si había llegado bien. Durante un tiempo nos escribimos, nos confesamos cosas, hablamos de nuestros problemas, de lo mucho que nos gustaba esa relación epistolar, pero nunca llegamos a vernos. Un día Lucía se encontró con un mail que yo dejé abierto y que ella nunca debería haber visto. Por supuesto leyó cada una de las cartas que fueron y vinieron durante casi dos meses. Aunque Ana fue menos descuidada su marido algo sospechó. Decidió revisar su correspondencia electrónica y se encontró con los mismos mails que Lucía. Te imaginás lo difícil que fue convencerla que ni en Río ni en Buenos Aires había sucedido nada. Pero lo cierto es que esa era la pura verdad. El problema fue que Lucía, con razón, me dijo que hubiera preferido que yo tuviera un desliz por una borrachera o una calentura, que una relación que por más virtual que fuera había llegado a ser intensa y profunda. De Ana nunca supe más nada. Ninguno de los dos volvió a escribir y hasta ahora no me la volví a cruzar en ninguno de los ámbitos académicos que ambos frecuentamos. Durante un tiempo Lucía no me habló y me exigió que durmiera en el living. Luego fue aflojando y un día me dijo que me había perdonado. Organizamos unas vacaciones en las sierras de Córdoba para sellar la reconciliación, pero enseguida me di cuenta que ella seguía enojada. Quería perdonarme, pero la bronca y el dolor que tenía eran más fuertes. Cuando regresamos a Buenos Aires vino la última etapa: me convenció que la mejor manera de acercarnos era que pusiéramos lindo el departamento. Para eso hizo un listado de todas las cosas que debíamos hacer: pintar la casa, comprar cuadros, algunos muebles, y reciclar la cocina y los baños. Lo más urgente era reemplazar la bacha de la cocina, que hacía meses que perdía agua. Creo que esa parte de la historia ya te la conté. El día que teníamos que ir a comprar la bendita bacha yo le dije que no tenía ganas, que era sábado, que lo dejáramos para otro momento. Ahí Lucía estalló y me pidió que me fuera. Y así como en los libros de historia se dice que la Primera Guerra Mundial se desató por el asesinato de un archiduque en Sarajevo, en nuestra historia un observador apresurado podría concluir que nos separamos por una bacha. Pero la bacha fue tan solo un desencadenante. Podría haber sido por un mal tono, una llegada tarde a casa, una pelea originada por una prenda tirada en el piso o por no regar las plantas. Lo cierto es que la separación con Lucía desde que descubrió los mails era inexorable. Si se prolongo fue porque ambos necesitábamos tiempo para asumirla o porque tampoco queríamos fracasar.”

Cecilie, que había estado callada durante el largo discurso de Esteban, le dijo que para ella más que el bar El escandinavo, la verdadera sorpresa era lo que él le estaba contando. “Mientras hablabas pensaba cuantas más cosas sucedieron en tu vida que en la mía. Yo me casé muy joven con el primer novio que tuve, y no me relacioné con otro hombre hasta que te conocí. Y mira que en el ambiente diplomático las proposiciones no te faltan, sino más bien todo lo contrario: es un mundillo masculino, las mujeres escasean, muchos hombres están solos y, otros que están casados o en pareja, buscan aventuras constantemente. Tuve decenas de oportunidades, pero siempre mis prioridades fueron el trabajo y mantener unida a mi familia. En mi caso creo que el error fue apresurarme: yo era una chica inexperta y apurada por comenzar a cumplir cada una de las etapas que me había trazado: casarme joven, prepararme para ingresar en el cuerpo diplomático, tener hijos. Supongo que en aquel momento lo que sucedió fue que el amor no estaba entre mis prioridades. No sé si Jakob fue una mala elección; en realidad fue la elección adecuada para cumplir con los objetivos que me había propuesto. Si ahora me cuestiono esa elección es porque también me cuestiono el camino que elegí. Tú te casaste con Lucía a la misma edad que yo tengo ahora. Tuviste mucho tiempo para experimentar, para tener relaciones intensas y otras circunstanciales. Cuando la elegiste a ella tenías los elementos para concluir que era la mujer adecuada. Te digo más: comparando mi matrimonio con el de Uds., todavía no entiendo por qué se separaron.” Esteban comprendió que el comentario de Cecilie ameritaba una respuesta y retomó la palabra. “Mirá. Hace unos meses leí un libro de un antropólogo italiano. Ahora no me acuerdo el nombre, pero ya me va a salir. Está enfocado a analizar las separaciones y en particular por qué la gente se separa tan mal. Había leído una reseña en una revista de sociología y como me interesó lo compré. Algo que me llamó la atención es una clasificación que hace sobre los diferentes tipos de separaciones. Las tres primeras son obvias: cuando dejás, cuando te dejan y cuando es de común acuerdo. Pero él menciona una cuarta: cuando hacés todo lo posible para que el otro te deje a vos. Ahora me doy cuenta que eso hice yo con Lucía: estaba retraído, nada me entusiasmaba, no quería salir con ella ni con nuestros amigos, y dejé un mail abierto que me delataba. Esa fue una manera cobarde de resolver la separación: no poder plantear de frente lo que me estaba pasando y tirarle el fardo a ella. Son los hombres los que más utilizan esta vía. Como te dije es por cobardía, pero también por culpa, porque postergan la decisión o porque son casi siempre, cuando hay hijos de por medio, los que tienen que dejar la casa. Por eso en casi el 70% de los casos quienes toman la iniciativa de separarse son las mujeres.” Cecilie miró la hora y le preguntó a Esteban si se había dado cuenta que hacía cuatro horas que estaban conversando, y que ni siquiera habían hablado una palabra sobre qué ocurriría entre ellos dos. Esteban asintió y sugirió que lo mejor sería continuar la charla en otro lugar. Ella le dijo que le parecía bien, pero que antes debía pedirle a Camila que se quedara a dormir. Luego de hablar con la niñera le dijo: “Ya podemos irnos. Sigamos el próximo capítulo en otro sitio.” Mientras se paraba Esteban exclamó: “¡Franco La Cecla!” Ella lo miró extrañada y le preguntó de qué estaba hablando. “Es el nombre del antropólogo italiano. Y el libro se llama Déjame (no juegues más conmigo).

Continuará…

Link al capítulo 17

¡Basta de hacer cola para ir al baño!: una propuesta feminista. Versión recargada

mujeres en el baño

Aviso: estoy por publicar algo que escribí hace más de cinco años. Preferiría no hacerlo; no debería hacerlo, pero tengo algunos atenuantes.

Cómo quizás algunos y algunas hayan escuchado, me acabo de mudar. Mi nueva casa es un caos de cajas y cosas tiradas por todos lados. Dudas sobre qué guardar, regalar o tirar. No soy muy bueno para todo lo que requiere ser práctico y ordenado.

Así que no sé cuándo podré retomar la escritura y Uds. la lectura de Un romance escandinavo. Pensé, entonces, publicar algo que hubiera escrito en las primeras épocas de este blog, y que además fuese un texto al que le tuviera cariño (uno no quiere a todos por igual). Elegí lo que leerán a continuación. Saqué dos o tres párrafos que ahora me parecieron innecesarios. Pido disculpas a quiénes ya lo hayan leído. Sin embargo, para volver a la novela, les propongo a los lectores de Un romance…, hacer el siguiente ejercicio una vez que hayan terminado con la lectura. ¿Qué harían Cecilie, Lucía o Betina si estuviesen en una larga cola para ir al baño con la necesidad acuciante de hacer pipí? ¿Y qué les sugeriría Esteban frente a tal eventualidad?

Ahora sí: ¡Basta de hacer cola para ir al baño¡

¿A quién no le pasó de tener que hacer alguna vez cola para ir al baño? Pero si sos mujer seguramente te pasó muchas veces y lo más probable es que te siga pasando. Sin embargo, ¿tener qué hacer cola para esas necesidades básicas e impostergables es algo inexorable como la lluvia o el paso de los años? Quizás muchos de Uds. estén pensando que este tema es una bobada, y qué bien podría estar invirtiendo mi tiempo y el de los lectores en otros menesteres más importantes. Sin embargo, les garantizo que el tema tiene ribetes más que interesantes, y que perfectamente podemos enmarcarlo dentro un asunto tan serio e importante como el de la discriminación de género.

Pero antes de ir al grano, repasemos un poco, aunque sea obvio, las razones por las cuales la gente continúa haciendo cola, qué cambios se produjeron en los últimos años y los que probablemente se producirán en un futuro cercano.

Podemos analizar la cola utilizando algunos elementos básicos de economía. Así, “hacer cola” es el desequilibrio entre la cantidad de personas que demandan algún tipo de servicio, y la oferta que existe para satisfacerla. Cuanto mayor es ese desequilibrio, más larga será la cola.

Cotidianamente hacemos cola (o sacamos número) para las situaciones más diversas. Tantas que enumerarlas todas sería tedioso y poco útil, pero vamos a repasar algunas de ellas. Se hace cola para que nos atiendan en un negocio, y luego para pagar por las cosas que compramos. Se hace cola en el cine y los teatros, y también a veces para conseguir una mesa en un restaurante concurrido. Por supuesto se hace cola para pagar las cuentas en el banco, y colas larguísimas para comprar entradas para ver un recital o ir a ver un súperclásico. Se hace cola para esperar el colectivo o para cargar la tarjeta Sube. En el supermercado suelen atacarnos dudas existenciales sobre en cuál de las colas nos conviene ubicarnos y, ley de Murphy mediante, siempre terminamos eligiendo la equivocada. Hubo a principios de este siglo colas legendarias frente a las embajadas de países del viejo continente para conseguir la ciudadanía de la Unión Europea, y por esas épocas surgió el efímero oficio de colero, para el que no se necesitaba ninguna capacitación. Teniendo en cuenta la malaria que había en aquel tiempo, era un trabajo bastante redituable para aquellos que estaban dispuestos a congelarse en una cola a las 2 de la mañana. Lo que se dice una carrera corta y con salida laboral inmediata.

Pero la tecnología promete eliminar las colas o al menos reducirlas en cantidad y tiempos de espera. De hecho, en estos años han sido muchas las innovaciones puestas en práctica. Se pueden pagar casi todos los servicios del hogar debitándolos de una tarjeta de crédito, con débito automático a una caja de ahorro, o pagándolos por internet. También manejando el mouse podemos comprar entradas para el cine, teatro y recitales, y hasta elegir el lugar en el cuál queremos sentarnos, aunque para ello hay que abonar un pequeño recargo. Los corredores nos inscribimos y pagamos casi todas las carreras a través de la red. Hoy podemos hacer las compras del súper llenando el changuito virtual y va a llegar un día, no muy lejano, en que los códigos de barra serán reemplazados por un “identificador por radiofrecuencia” (RFID en su sigla en inglés), que es un sistema de almacenamiento y recuperación de datos que no requiere visión directa entre el emisor y el receptor. Eso significa que podremos pasar el changuito entero por la caja mientras este sistema identifica, automática y simultáneamente, todos los productos que estamos llevando, calcula en instantes el monto de la compra, imprime un ticket y nos pide que cancelemos con una tarjeta de crédito. Todo, por supuesto, sin necesidad de que haya empleado alguno de por medio.

Como vimos, los avances tecnológicos conseguidos por la humanidad y los que vendrán, amenazan con pasar a mejor vida a muchas de las colas que todavía seguimos haciendo. Pero hay una que goza de muy buena salud y que no parece estar sometida ni al más mínimo riesgo. Y claro, adivinaron todos: estamos hablando de la nunca bien ponderada cola para ir al baño. Porque, al menos que yo sepa, aun no se han inventado retretes virtuales, ni medicamentos que sustituyan las ganas de hacer pis. Pero si bien estamos obligados a continuar yendo al baño por los siglos de los siglos, la pregunta del millón es si también estamos condenados a tener que esperar para obtener el desahogo que produce hacer pipi.

Ninguna cola es agradable, pero convengamos que en ciertas ocasiones la del baño puede tornarse dramática y angustiante si uno está apurado, y ni hablar si además nos ponemos nerviosos.

Pero volvamos al principio. Salvo contadas excepciones, como por ejemplo cuando un micro hace una parada en la ruta, la cola para ir al baño solamente la hacen las mujeres. Y si queremos encontrar una solución al problema, antes necesitamos de un buen diagnóstico. Para eso, nuevamente, tenemos que volver a echar mano a rudimentos básicos de economía, y específicamente a la ley de la oferta y la demanda.

Empecemos entonces por la demanda. Los que leyeron el post de hace dos días sobre solos y solas, se anoticiaron que en Buenos Aires hay más mujeres que varones (https://pabloperelman.wordpress.com/2013/09/18/cuando-los-numeros-cantan-es-verdad-que-en-buenos-aires-hay-mas-mujeres-solas-que-hombres-solos/?fb_source=pubv1). Y si bien en esta ciudad es donde el desequilibrio demográfico está más acentuado, en varios de los centros urbanos más importantes del país ocurre algo parecido. Lo mismo que en Nueva York, Paris o Berlín.

Las mujeres no solamente son más, sino que además tienen más motivos para ir al baño. Son la gran mayoría de las veces las que cambian los pañales de los bebés (por ejemplo en muchos shopping centers los cambiadores solo están instalados en los baños de mujeres), y las que acompañan a los niños más pequeños. También necesitan (¿cómo se dirá delicadamente esto?), varios días al mes, cambiar cada tanto toallitas con o sin alas. Y bueno, ya que están ahí quizás aprovechan para retocarse el maquillaje. Según me dijo mi odontóloga, si es que le entendí bien, las mujeres tienen menor capacidad para retener líquidos, lo cual les provoca la necesidad de orinar con mayor frecuencia. Un amigo una vez me dijo que otro problema que yo no había contemplado, es que las mujeres aprovechan la excursión al baño para charlar. Yo no me animo a agregar este ítem a las causas, pero tengo que decir que siempre me llamó la atención que cuando una chica anuncia su intención de ir al baño, muchas veces hay otra que le dice estas dos palabras: “te acompaño”.

Los hombres, además de ser menos, por lo general hacen su trámite de manera muy expeditiva. En conclusión, aunque en este caso no tengo ninguna estadística oficial, mi estimación es que la demanda total para ir al baño está compuesta en un 70% por mujeres y en un 30% por varones. Porque son más y también porque le dan más usos.

Veamos ahora qué pasa con la oferta diferenciada por sexo. Cuando los arquitectos diseñan los baños de restaurantes, complejos de cines o shopping centers, hacen algo sumamente sencillo: la mitad del metraje es para el de varones y la otra mitad para el de mujeres. Pero esta decisión, aparentemente neutral, es groseramente equivocada, porque aun suponiendo que la demanda fuera idéntica, lo que vimos que no es cierto, el miti y miti en verdad tampoco es tal, porque en los baños de varones además de los inodoros hay mingitorios. En consecuencia, la cantidad de “puestos totales” de los baños masculinos es muy superior a los femeninos. En muchos restaurantes es habitual que el baño de mujeres tenga un solo inodoro, mientras que en el de varones, además del retrete, haya dos mingitorios; es decir, una relación de tres a uno. Esto lo sé porque durante muchos años, cada vez que estaba con una mujer en un bar o restaurante, y llegaba el momento en que ella anunciaba (siempre llega ese momento) que tenía que ir al baño, yo le pedía que se fijara cuántos puestos tenía, y después o antes, cuando llegaba mi turno, los contrastaba.

Después de mucho “trabajo de campo”, mi conclusión fue que la oferta total de puestos se compone de 70% destinada a los varones y solo 30% a las mujeres. Como imaginarán, la combinación es explosiva, y la consecuencia ineludible, es la bendita cola.

Yo sé que el movimiento feminista de la Argentina está muy ocupado en asuntos más trascendentes como la planificación familiar, la violencia de género, la discriminación salarial, la sobrecarga de trabajo doméstico, el llamado “techo de cristal” (que les dificulta a las mujeres acceder a cargos directivos en las empresas o en la administración pública) y tantos más. La verdad es que al lado de todos ellos, la cola para ir al baño puede parecer una frivolidad.

Sin embargo, para mi es una muestra de como en una cuestión tan elemental y fácil de solucionar, la arquitectura piensa con cerebro masculino. No me cabe duda, por ejemplo, que dentro de los equipos que diseñan los baños de los grandes paseos de compras hay arquitectas mujeres, que obviamente sufren este error de cálculo como usuarias de esos baños que diseñan. ¿Nadie se dio cuenta que el problema se arreglaría haciendo más grandes los baños de mujeres a costa de sacrificar una parte de la superficie que se destina a los de varones? ¿Cuánto más grande? Lo suficiente para que la oferta de puestos se invierta: 70% para las damas y 30% para los caballeros. Eso sería lograr igualdad de género y lo mejor de todo es que nosotros los varones no perderíamos prácticamente nada. A lo sumo, quizás alguna que otra vez, nos tocaría hacer cola a nosotros también, pero en ese caso estaríamos contribuyendo a una buena causa, cual es reducir drásticamente la degradante espera a la que tantas veces deben someterse nuestras parejas, hijas, amigas, abuelas o sobrinas. Después de todo, si ellas tardan mucho tiempo en el baño, no nos queda otra que esperarlas hasta que salgan.

Sí algún lector de este blog conoce a alguien en la Sociedad Central de Arquitectos o en el Centro Argentino de Ingenieros, por favor traten de que lea este post.

Por último, hay una forma de solucionar el problema de un día para el otro, y es eliminando los baños para varones y mujeres. Bastaría con sacar los cartelitos que cuelgan con variados diseños en sus puertas, y si no hay disponibilidad en uno, probaríamos en el otro. Y recién en el caso que estuviera todo ocupado, nos pondríamos a hacer una cola unisex. Pero si tengo que ser honesto, me parece que para que una medida así tenga aceptación social, se necesita tiempo y que exista un profundo cambio cultural. A juzgar por los carteles que están abajo, en algunos lugares del mundo esto ya se estaría implementando. ¿Y en este país? Creo que cuando llegue ese día este blog y quién lo escribe probablemente ya no van a existir.

Si querés comenzar a leer Un romance escandinavo, para imaginar que harían Cecilie, Lucía y Betina en la cola, clickeá acá.

https://pabloperelman.wordpress.com/2018/12/12/un-romance-escandinavo-parte-uno/

Un romance escandinavo. Una novela por entregas. Capítulo quince.

31

Luego de dormir a los niños, Cecilie se preparó para acostarse. Se puso un camisón, se lavó los dientes, se quitó el maquillaje, y dudo si tomar o no un ansiolítico. Antes de meterse en la cama intento rezar, pero luego de ensayar plegarias por unos dos minutos, desistió. Se preguntó hasta qué punto se debía a la falta de costumbre o de fe, o a que no lograba separar la bronca y el hastío que tenía hacia Jakob. Finalmente decidió tomar el ansiolítico, se acostó en la cama, y se quedó con los ojos cerrados esperando que el sueño la visitara lo antes posible. Lo último que pensó fue en el terror que le provocaría escuchar sonar al teléfono en cualquier momento de la noche. ¿Cómo haría para atenderlo sabiendo que del otro lado de la línea podrían avisarle que todo había terminado? Sabía que aunque ella estuviera separada de hecho, legalmente se convertiría en una viuda de apenas 32 años, y sus pequeños hijos en huérfanos de padre. Recordó que hacía solo cuatro meses se consideraba a sí misma como una mujer felizmente casada. Y, ahora que sabía que nunca había estado enamorada, se le presentaba una ironía: como dice la fórmula nupcial, podía ser la muerte, antes que el divorcio, la que los separara.

Cecilie se despertó a las 7 en punto, levantó a los niños y les indicó que se vistieran. Mientras tanto, como todas las mañanas desde que habían regresado a Buenos Aires, se encargó de preparar el desayuno. Mientras regañaba a sus hijos para que se apuraran, el teléfono sonó. Cecilie sintió que sus pies estaban pegados al piso. Quería moverlos, pero no podía. Luego de varios rings sacudió la cabeza, y se dijo a sí misma que no podía ser tan cobarde. Corrió hacia el aparato que estaba en el living y levantó el tubo. Antes de que dijera hola, escuchó la voz de su padre que sonaba cauta. El cuadro de Jakob había mejorado. Si bien seguía en estado delicado, los médicos consideraban que estaba fuera de peligro, y probablemente al día siguiente lo sacaran del coma inducido. Aunque no descartaban que quedaran secuelas, opinaban que el escenario más probable era que estas fueran leves o directamente inexistentes. De todas maneras, aun quedando ileso debía superar el cuadro depresivo, ahuyentar de su cabeza las ideas de suicidio, y vencer la dependencia con el alcohol. No bien estuviera fuera de peligro y estabilizado, sería internado en una institución psiquiátrica por un periodo prolongado. Su recuperación dependería de su voluntad para superar los problemas que lo aquejaban, de la efectividad del tratamiento y, como el psiquiatra había repetido varias veces, del apoyo y la contención de sus familiares y amigos. Al colgar Cecilie derramó lágrimas de alivio, las mismas que no se había permitido el día anterior. Un rato después lo llamó a Esteban para contarle las buenas nuevas, y reconfirmó el encuentro programado a la tarde en el sitio sorpresa. Tomó un taxi para llevar a los niños al colegio, y luego el tren que la dejaba a escasas cuadras de la embajada.

Apenas llegó a su trabajo la embajadora le pidió que acudiese a su despacho. El chófer ya la había puesto en autos de la situación que afectaba a Jakob. No bien se saludaron, le preguntó si tenía novedades. Cecilie la puso al tanto con detalle de los sucesos que habían ocurrido en las últimas 24 horas, y también de los hechos acaecidos desde que ella le comunicara a su ex marido su intención de no continuar con la relación. Aunque algo le había contado apenas regresó a Buenos Aires, esta vez le describió con crudeza cómo se había deteriorado la relación con él en los últimos meses, y las razones por las cuales no había tenido otra alternativa que separarse. Estuvo a punto de contarle sobre Esteban, pero finalmente optó por omitir esa parte de la historia. Cuando terminó el informe, la embajadora tomó la palabra. “Cecilie, supongo que sabes que ante una situación familiar de la gravedad que has descrito, el reglamento de la Cancillería dice claramente que el diplomático involucrado tiene derecho de regresar a nuestro país por un lapso mínimo de tres meses. Periodo que puede renovarse sucesivas veces hasta que el problema se solucione definitivamente. Podrías trabajar durante ese tiempo en la Cancillería promoviendo el intercambio comercial entre Noruega y Argentina, que sabes que es un tema en el que hasta ahora nos ha costado avanzar. No tienes obligación de volver ni yo puedo obligarte a que lo hagas, pero creo que tú sabes que esa es la decisión correcta.” Cecilie conocía perfectamente el reglamento, y así se lo hizo saber a la embajadora. Le pidió un par de horas para pensarlo, y ésta asintió. Antes de avisarle que podía retirarse, le dijo en un tono afectuoso: “Regresa a Noruega lo antes posible. No tomes una decisión de la que luego puedas arrepentirte. Eres muy joven y tu carrera recién está comenzando. Ahora debes priorizar la familia. Vete a tu hogar y pon tus ideas en orden. Cualquier cosa que necesites, me avisas. El chófer te llevará a tu casa”. Antes de salir de la embajada, Cecilie ya había tomado una decisión. Le pidió a la secretaria de la embajada que le reservara tres pasajes para el vuelo que partía dentro de dos días a Oslo, dejó la oficina, bajó por el ascensor, y se metió en el vehículo que la estaba esperando en el estacionamiento. Le pidió al chófer que apagara la radio, apoyó la cabeza en el respaldo, y cerró los ojos. Sintió que el peso de los acontecimientos, por primera vez en su vida, la desbordaba. A la mujer orquesta que era madre, esposa, diplomática y amante; y en otras épocas había sido alumna ejemplar, excelente deportista, líder carismática, y concursante de programas de televisión, se le había estropeado la batuta. Ahora le tocaba lo que ella empezaba a sentir como un regreso sin gloria, y no había nada que pudiera hacer para evitarlo. Estaba condenada.

Luego se concentró en las cosas prácticas. Debería concurrir al colegio de sus hijos para explicar la situación y solicitar que les impartieran los certificados para presentar en las escuelas noruegas. Le pediría a Camila que la ayudase con las maletas y a la empleada que hiciera una limpieza exhaustiva de la casa. No sabía en cuánto tiempo volvería y quería dejarla impecable. Pensó en llamarlo a Esteban para contarle la novedad, pero se arrepintió. Eran demasiadas noticias en tan poco tiempo, y después de todo se encontraría con él en la tarde. Sintió que la vida para ella era una paradoja: ahora que era libre y no necesitaba esconderse, no solo no podría verlo a Estaban a plena luz del día, sino que estaría separada de él al menos los próximos tres meses. El destino, en el cual no creía, le estaba jugando la peor de las pasadas.

32

La misma noche en que Cecilie le contó que Jakob se debatía entre la vida y la muerte, Esteban se encontró a cenar con Jorge, para que éste finalmente saldara la deuda de la apuesta. Fueron a una parrilla en el centro que era muy buena y tenía precios razonables. Luego de ordenar la comida y charlar un rato sobre los problemas de la Fundación, Jorge le contó a Esteban que con su novia habían decidido casarse. Éste le dijo que ya era hora, y se levantó para darle un abrazo y felicitarlo. Luego de ponerlo al tanto de los planes que tenían para la boda, Jorge le preguntó a Esteban cómo andaba él de amores. Éste en un principio trató de eludir la pregunta, justificándose en que su cabeza estaba enfocada en el inminente viaje a Canadá. Pero Jorge le advirtió que no lo dejaría poner en práctica sus dotes de escapista. “Dale macho, ¿A quién fue la primera persona que le contaste que con Lucía la cosa no daba para más? ¿O que querías conquistarla a la rubia escandinava?” Esteban pensó, resignado, que hacía escasos días se había sometido al interrogatorio de Betina, y que ahora le tocaba enfrentar la misma prueba con otro interlocutor. Empezó diciéndole que con Lucía las cosas estaban muy claras. Por suerte se llevaban bien, pero cada vez estaba más convencido que la separación había sido, para ambos, la mejor decisión. Además ella estaba empezando a salir con alguien. Eso no le hacía ninguna gracia, pero tampoco lo atormentaba. Quizás, con el tiempo, además de compartir la responsabilidad de los hijos, podrían ser amigos. Jorge le pidió entonces que pasaran a Cecilie. “Con ella la situación es muy rara. Vivimos dos meses y medio de un idilio amoroso, más el mes y medio que duró la etapa de la conquista. Vos ya sabés lo que sucede cuando conocés a alguien que te vuela la cabeza y te enamoras. Estás todo el día medio pelotudo. Sumale a eso toda la adrenalina que le agregó la clandestinidad. De estar todo el tiempo pensando que en cualquier momento te pueden ver y que se arme flor de quilombo. No lo digo por mí. Yo no tenía ni tengo nada que ocultar. Pero ella era una mujer casada y encima diplomática. Ojalá tuviera grabado un casete con lo que le dije a Betina cuando me preguntó lo mismo que vos. Aunque también es cierto que uno nunca cuenta lo que le pasa de la misma manera cuando cambia el interlocutor. Me encantaría que con Cecilie las cosas fueran más fáciles. Pero no lo son. Además, y esto no lo sabés porque me acabo de enterar, el ex marido trató de suicidarse. Ni siquiera es seguro que se salve. Y si se salva, puede quedar con deterioro neurológico o motor permanente.” Esteban espero que Jorge asimilara el impacto de la noticia, y continuó. “Yo sé que lo que le pasó a Jakob no es culpa mía. Tampoco, por supuesto, creo que sea culpa de Cecilie. Pero más allá que lo racionalices, y concluyas que el tipo tiene serios problemas y por eso tomó esa decisión, lo cierto es que hay una relación causa – efecto. Si yo no hubiera aparecido en su vida, Cecilie no lo hubiese dejado, y si ella no lo hubiese dejado, a él no se le hubiese ocurrido intentar suicidarse. Y en algún punto, aunque suene absurdo, siento que si se llegara a morir, un poco al tipo este lo habría matado yo. Porque le quité a Cecilie y, de carambola, también a los hijos que él cuidaba mientras su mujer trabajaba o se estaba acostando conmigo. Ahora los tiene a más de 12.000 km. de distancia.” Esteban hizo una nueva pausa, y Jorge aprovechó para llenar los vasos de vino. “Jorge lo que quiero decirte es que hasta que esto no se aclare, yo no puedo proyectar nada. Está agonizando un hombre al que vi solo una vez en mi vida, en una cena que su mujer armó para coquetear conmigo. Un tipo que mientras llevaba a sus hijos a un Family day, yo le usurpé su cama para acostarme con la esposa.” Jorge lo interrumpió. “Pará Esteban. Pará un poco la moto. Te estás poniendo melodramático. No te conocía esa veta. Igual te entiendo. No debe ser fácil estar en tus zapatos. Pero como decías al principio, vos no tenés la culpa de nada. Lo dice bien la teoría del caos, cuando se producen cambios, por más imperceptibles que estos sean, cualquier cosa puede ocurrir. No hay manera de predecir el resultado. Si vos no hubieras aparecido, otro evento podría haber terminado provocando la debacle de Jakob. Y ahora que me acuerdo, esta teoría me la explicaste hace unos años vos a mí.” Esteban sonrió y le dijo que se notaba que había prestado atención. Se levantó para ir al baño y advirtió que se había manchado con vino una de las camisas que se había comprado para llevar a Toronto. Maldijo en voz alta y Jorge se rió. Le explicó que esas manchas salían, y que más grave hubiera sido mancharse con coca – cola light. Esteban sonrió, le dio una palmada en el hombro, y se dirigió al baño. Miró en el espejo con detenimiento la camisa y se dijo a sí mismo que le hacía una mancha más al tigre.

Cuando regresó del baño, Jorge le propuso que hablaran de Betina. “¿De Betina qué?”, replicó Esteban. “De Betina todo”, insistió Jorge. Esteban terminó su vaso de vino, y levantó la botella señalándole al mozo que trajera otra igual. Risueño, Jorge agregó: “Parece que para pasar al tema Betina necesitás animarte un poco. Eso sí; trata de no volver a mancharte.” Esteban hizo caso omiso al comentario y le contestó: “La verdad no sé bien que es lo que querés que te cuente de Betina. Con ella está todo bien. Como siempre.” Jorge se quedó mirándolo a los ojos y luego le dijo: “Te voy a contar algo. Teneme un poco de paciencia. En la Fundación desde hace casi un año que hay comentarios sobre Uds. Chusmeríos, como hay en cualquier lugar de trabajo. Ya sabés que a la gente le encanta hacerse la película. Yo nunca me prendí en esa; es más, siempre me molestó. Y si alguien, como soy tu amigo, me sacaba el tema, como dice mi viejo lo mandaba a freír churros. Además vos todavía estabas con Lucía, y yo sé que en esa época nunca pasó nada. Lo que quiero decirte es que yo no soy de los que les gusta inventar cosas o meterse en la vida ajena. Pero cuando fuimos a lo de Alicia, el día que te hiciste goma con la tranquera, empecé a notar algo. Acordate además que fuimos y volvimos juntos en tu auto. A mí me sorprendió mucho como se comportó ella después que te golpeaste. Si me preguntabas antes del “accidente” como hubiese imaginado que reaccionaría, te habría contestado que gastándote por lo menos dos horas seguidas. Sin embargo hizo todo lo contrario. Se acercó a mí y me dijo que teníamos que llevarte a un hospital lo antes posible. Vos no quisiste, pero igual, hasta que te dejó en tu casa, te cuidó como una madre. Ese día me di cuenta que había una Betina que no conocía”, concluyó Jorge. “El lado B de Betina”, agregó Esteban. Jorge se quedó mirándolo esperando que ampliara el concepto, pero Esteban le explicó: “Nada. No me des bola. Cosas que charlamos con ella en el vuelo que ella dio en llamar de las confesiones, y como son confesiones no te las puedo contar.” Jorge asintió y le dijo que no esperaba que le contara las confesiones de Betina; que se conformaba con escuchar las suyas. “¿O me vas a decir que no tenés nada para contarme?” Esteban le dijo que Betina siempre le había caído muy bien. Sabía que a muchos en la Fundación el humor ácido de ella les provocaba rechazo, pero él admiraba la ironía y la rapidez de sus salidas. Que por supuesto le parecía muy atractiva y con un tipo de belleza medio salvaje e intimidante. Pero como cuando se conocieron hace cuatro años él estaba casado con Lucía, entre ellos se generó una relación de amistad y complicidad. Luego le dijo que había cosas que no sabía, y que se las iba a contar. Le habló de la noche que se emborrachó con cerveza y terminó desmayado en el baño de la casa de Betina. Y del “festejo sorpresa” que ella le brindó. También de las charlas profundas que habían tenido en el viaje de ida, de la cabeza de ella apoyada en su hombro, y de lo que sucedió luego de que evitaran que la cama se llenara de miguitas. “Menos mal que sobre Betina no había nada para hablar. ¿Y entonces?”, insistió Jorge. “Entonces pedimos la cuenta y si querés caminamos un rato y seguimos charlando. De acá me quiero ir”. Cuando Esteban estaba sacando dinero para pagar su parte, Jorge le recordó que la cuenta le correspondía toda a él. Caminaron una media hora hasta llegar a la casa de Esteban, se dieron un abrazo, y cuando Jorge estaba yéndose, Esteban lo sorprendió con una pregunta. “¿Me pareció o vos me estás sugiriendo que avance con Betina?” Jorge sonrió y le contestó: “Te pareció. A mí lo único que me gustaría es que vos sepas qué querés hacer. Desde el día de la tranquera te veo perdido. Tampoco es grave. Te separaste hace cuatro meses. Ahora te vas un mes y medio a Canadá, así que tiempo para pensar vas a tener de sobra. Pero si tomas alguna decisión, trata de no equivocarte.” Esteban asintió con la cabeza, metió la llave en la puerta y se despidió.

33

Betina llegó a su casa cuando comenzaba a anochecer. Pensó en llamar a su amiga novia del oncólogo para leerle los resultados de los análisis clínicos de su madre, pero lo postergó. Se puso a buscar el DNI por todos los rincones y recovecos de su casa, sin resultado. Cuando sintió que ya no tenía más lugares para buscar, trató de recordar el último sitio donde había usado la tarjeta de crédito; quizás se lo había olvidado allí. Decidió mandar un mail al grupo de compañeros de la Fundación, preguntando si alguno por casualidad lo había visto. Advirtió que en el contestador automático había un par de mensajes. No podían ser de otra persona que su madre. Eso le recordó que estaba demorando el llamado a su amiga. Se dio cuenta que tenía miedo de saber; más qué miedo pavor. Se dijo a sí misma: “Betina no podés ser tan cagona. Abrí ese sobre y llamá de una vez.” Lo sacó de la cartera y volvió a leer los valores. Aunque era lega en la materia, observó, ahora sin el apuro que tenía en la casa de su madre, que la mayoría de los indicadores estaban fuera de rango, y algunos de ellos mostraban desvíos que le parecieron alarmantes. Antes de llamar puso música, y eligió unas sonatas para piano de Beethoven que la serenaban. Fue a la cocina para lavar la vajilla que le había quedado sucia del día anterior, mientras pensaba que el viaje y la breve estadía en Toronto, habían sido unas vacaciones de una vida que antes le parecía emocionante y ahora empezaba a sentir un tanto vacía. Se sorprendió repasando las confesiones que le había hecho a Esteban: nunca había hablado de ello con sus dos mejores amigas; ni siquiera se lo había insinuado a su analista. Se preguntó qué le generaba ese hombre para desnudarse ante él de esa manera. También se sonrió recordando la otra desnudez: la que sobrevino después que el chocolate con almendras se terminara, y ambos se premiaran por no haber dejado miguitas en la cama. Pensó que las dos veces que había estado con él notó que no se había tratado solo de sexo; había algo más que ni siquiera se animaba a pronunciar. De pronto se sintió tonta: ella sabía muy bien cómo era Esteban. Un especialista en seducir y conquistar, con la rara habilidad que no parecía que estuviese haciendo nada especial para conseguirlo. Se lo había dicho a ella misma en el vuelo de las confesiones: “A veces no sé si me gusta más conquistar o estar con la conquistada.” Pensó que no le interesaba ser una figurita más de su álbum. Y encima ni siquiera la más difícil. Mejor seguir con él como hasta ahora: siendo buenos amigos y, permitiéndose, de vez en cuando, algo más. Decidió detener en seco sus elucubraciones y llamar de una vez a su amiga. Tomó las hojas, levantó el tubo y se dispuso a marcar. Entonces advirtió que en el encabezado de la primera hoja, el nombre de la paciente correspondía a otra persona. ¡Le habían entregado a su madre un sobre equivocado! Colgó y suspiró aliviada. Pero luego volvió a preocuparse: si ella había consultado a una oncóloga, y ésta le había ordenado hacerse análisis, era porque sospechaba que algo no andaba bien. Prendió el contestador esperando escuchar la cantinela de siempre de su madre. Pero el primer mensaje era del comisario de la División de Estafas y Defraudaciones de la Policía Federal. En síntesis, le contaba que habían encontrado y apresado a Núñez en un bingo del barrio de Flores, y que luego de un interrogatorio exhaustivo había confesado el delito, y dónde tenía escondido el dinero. Habían recuperado casi el 95% de lo robado. Le pedía que se comunicara con la división al día siguiente, y le adelantaba que, con seguridad, el fiscal de la causa la citaría en breve para testificar. Betina colgó, levantó los brazos, y pegó un salto y gritó como un fanático futbolero que festeja un gol agónico de su equipo. Luego escuchó el segundo mensaje. Era de un restaurante. Le avisaban que tenían su DNI, pero como había fallecido el padre del dueño, el establecimiento estaría cerrado por duelo hasta el lunes, día en qué podría retirarlo. Ahora el festejo de Betina fue más medido. Al fin y al cabo solo se había ahorrado las horas que le hubiese llevado renovarlo. Tomó coraje y llamó a su madre. Apenas atendió, ésta le dijo: “Parece que mis ruegos a la Virgen del Luján dieron resultado: ¡Una visita y una llamada en el mismo día!”. “¿Todo bien ma?”. “Si hija. Solo que hace más de dos horas que estoy buscando unos análisis que mañana le tengo que llevar a la doctora.” “¿A la oncóloga?”, le preguntó Betina. “¿De qué oncóloga me hablas nena? Dios me libre y me guarde. Es un chequeo de rutina. Espero que esté todo bien. A mí no me gusta abrir el sobre porque soy un poco miedosa, pero según la médica clínica no hay razones para preocuparse.” Betina le explicó que los tenía ella, que abrió el sobre y se preocupó, y que después se dio cuenta que eran de otra mujer. Al día siguiente iría al laboratorio para hacer el cambio, y luego se lo mandaría con una moto. “Lo que no entiendo entonces por qué estás saliendo menos”, deslizó Betina. “Porque los juanetes me están matando nena. Mirá si le voy a estar contando eso a Julio. Ni siquiera a las chicas les dije nada”, respondió su madre. “Pero me lo podrías haber contado a mí…” “Es cierto; no sé por qué se me dio por hacerme la misteriosa. Quizás me da un poco de vergüenza.”, dijo la madre. “Bueno ma. No sabés el alivio que tengo. Ayer me quedé como loca. Mañana te llamo para decirte a qué hora te mando la moto”, le dijo Betina. “Esperá hija. Hoy quería contarte algo. No mediste porque te fuiste volando. Para empezar quiero decirte que respeto tus decisiones. Aunque sea tu madre, no soy quien para decirte lo que tenés que hacer o no hacer a tus 37 años. Elegiste un estilo de vida en el que te sentís cómoda. Que a mis amigas les guste o no les guste no debería importarme. Qué sé yo si esas chicas que van por el tercer hijo son más felices que vos. A esas brujas les gusta fanfarronear con sus hijas y sus nietos; quizás porque no tienen demasiado para contar de sus propias vidas. Reconozco que yo también  caigo seguido en esa frivolidad. Pero aunque no te lo dije nunca, yo te respeto y te admiro porque siempre seguiste el camino que querías, e hiciste las cosas que te importan a vos, no las que esperan los demás, incluyéndome a mí y a tu padre, que en paz descanse. Ahora si tenés paciencia, tengo que contare algunas cosas para que me entiendas un poco más.” Betina se quedó en silencio como asintiendo, y su madre continuó. “Vos sabés que yo quedé embarazada de tu papá muy joven. Recién estábamos empezando quinto año. Ni siquiera había cumplido los 17; era una nena. Hacía apenas dos semanas que éramos novios. Bueno. Novios. Le decíamos así. Hoy estaríamos “conociéndonos”. Para los dos era la primera vez que estábamos con alguien. A mí me gustaba tu papá. Viste que siempre fue buen mozo. Me acuerdo que un día una amiga me preguntó si estaba enamorada. Yo le contesté que no tenía la menor idea; que seguramente con el tiempo me iba a dar cuenta. Un día tu papá me invitó a la noche a su casa. Los padres iban a ir al cine y después a cenar. Me dijo que se había comprado unos discos nuevos de rock nacional, y que podíamos escucharlos juntos mientras comíamos unas hamburguesas. Yo acepté y les dije a mis viejos que iba a la casa de una amiga. Después de cenar, mientras sonaba La balsa, la canción de Los gatos, ¿la conocés?, empezamos a los arrumacos. Te imaginás lo nerviosa que estaba. Él me tocaba y yo por un lado quería y por otro lado no quería saber nada. En un momento le pedí que parara, pero él siguió como si nada, tratando de convencerme con acciones más que con palabras. Y bueno. De a poco yo fui dejando de resistirme, el comenzó a sacarme la ropa y lo hicimos. Ojo. Él en ningún momento fue violento. Vos sabés que él era un hombre tranquilo. Pero esa noche tuvo la irresponsabilidad de un chico de su edad. Y yo no supe frenarlo; me dejé llevar. Una irresponsabilidad compartida. Al mes cuando no me vino me di cuenta que había quedado embarazada. Estaba aterrada; ni siquiera me animé a decírselo a tu papá. Sentía que la culpa de ese embarazo era absolutamente mía. Hasta que decidí hablar con mi mamá, tu abuela. Te voy a contar algo que a vos te puede sonar feo: le dije que no quería tener al bebé. Por toda respuesta ella me dio un cachetazo, y les pidió perdón a Jesús y a la Virgen por mi blasfemia. A los pocos días armaron una reunión entre los padres de tu papá y los míos. Todos estuvieron de acuerdo en que yo debía continuar con el embarazo, y así fue. Imaginate que cuando se enteraron en el colegio de monjas me dijeron que no podía seguir asistiendo. El secundario recién lo terminé diez años después en un colegio nocturno. Como ni los padres de tu papá ni los míos tenían plata y la casa de mis suegros era más grande, con tu papá nos fuimos a vivir con ellos. Esa casa en Banfield donde te dijimos que viviste hasta los tres años, nunca existió. Por eso no tenemos ni una foto. Te imaginarás lo que fue para mí vivir tres años con mis suegros y tus tres tíos todos apretados; un calvario. Por suerte tu padre consiguió un trabajo y por fin pudimos mudarnos a una casa para nosotros tres.

Con tu padre siempre nos llevamos bien. Vos sabés que desde que se enfermó lo cuidé hasta el último día de su vida. Pero lo cierto es que nunca estuvimos enamorados. Ni yo de él, ni él de mí. No sé por qué no tomamos la decisión de separarnos. Quizás por el qué dirán. Una estupidez. Te cuento todo esto para decirte que no importa lo que piensan los otros, sino lo que uno desea hacer. Yo no pude y hoy me arrepiento de un montón de cosas. No cometas los mismos errores que cometí yo.” Betina se quedó unos instantes callada del otro lado de la línea, hasta que reaccionó: “Gracias ma por contarme todo esto. Me imagino lo duro que habrá sido para vos y para papá. Pero yo tampoco estoy tan segura de lo que quiero. Por ahí un día vengo con un ingeniero buen mozo de una familia guituda, y un tiempo después compra los anillos y me propone matrimonio. Y cuando estés por verlas a las chicas, vas a pensar: y ahora que se chupen esta mandarina.” Las dos se rieron, quedaron en hablar al día siguiente para coordinar el envío de los análisis clínicos, y se despidieron. Betina pensó que otra cosa más le podía suceder en ese día. Comió algo liviano, se fue a la cama meditando sobre las confesiones de su madre y al rato se durmió.

Continuará…

M T

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