Las travesuras de Lulú o la venganza de las mujeres en la era de internet

ImagePongamos que hace un tiempo que estás sola y tu mejor amiga recién se puso de novia. Esta contenta y medio enamorada. Te quiere tanto que le gustaría que a vos te estuviera pasando lo mismo. Ya estuvo averiguando por los amigos solteros de su novio e incluso a uno de ellos lo conoció. Fue solamente un hola y chau pero le pareció buen mozo e interesante. Ni lerdas ni perezosas, echan mano al celular para buscarlo en facebook, pero como no lo tienen de amigo apenas pueden ver una foto. Tras cartón lo googlean y así se enteran qué y dónde estudió, un par de los trabajos que tuvo y que cuando era adolescente fue federado en basket. Descubren que tiene una cuenta en twitter con no muchos seguidores y que en los últimos dos meses no posteó nada. Al final la investigación no arrojó demasiados resultados y será cuestión de tomar o no los riesgos del caso.

Mujeres en busca de su media naranja, sepan que la escena anterior pronto formará parte de la historia antigua, pues ya existe una especie de guía oleo que en lugar de restaurantes califica a los varones que andan circulando por el mercado. Se trata de Lulú, una aplicación para smartphones que permite a las mujeres calificar con puntajes y describir con reseñas a posibles candidatos, y que es furor en EEUU y varios países europeos, especialmente entre las chicas que andan por la treintena. Las mujeres evalúan a los hombres aclarando si son ex-novios, amantes, pareja o simple levante, y responden anónimamente un test tipo multiple choice. En función de las respuestas, un algoritmo otorga a cada muchacho un puntaje entre 1 y 10. Además las chicas pueden agregar hashtags positivos, negativos o pésimos como por ejemplo es muy caballero, quiere tener hijosnunca se queda a dormir u obsesionado con su mamá. El perfil se completa eventualnente con reseñas en las que se describe a cada sujeto con mayor detalle. Y, toda esa información, se adosa, aunque ellos no lo quieran, al perfil de facebook que pueden ver solamente aquellas mujeres que instalaron Lulú.

Aparentemente esta aplicación se está convirtiendo en una pesadilla para los varones que no han dejado una buena impresión. Tener un mal puntaje en Lulú puede ser tan complicado como remontar un CV con varios despidos. Al punto que los hombres les piden a sus amigas que les hagan reseñas favorables con  tal de levantar un par de notas bajas. Como Lulú es anónimo, tanto las opiniones positivas como las negativas pueden ser puestas en tela de juicio. Estarán aquellos que se defiendan de las falsas acusaciones, otros que reconozcan que cometieron algún que otro error, y quienes lo atribuyan a actitudes de un pasado que ya no volverá.

Queridos amigos de este blog, tengan mucho cuidado con Lulú. Ya desembarco por estas tierras, viene creciendo a un ritmo vertiginoso y todo indica que deberemos convivir con ella. La posibilidad del escrache está a la vuelta de la esquina y en este caso no existe ningún servicio al cliente en donde presentar reclamos, ni posibilidad de hacer descargos.

Queridas amigas de este blog, tienen ahora un arma peligrosa en el cajón de la mesita de luz. No la tengan cargada porque podrían llegar a disparar bajo emoción violenta, y terminar con el futuro amoroso de aquel hombre que alguna vez quisieron y hoy detestan tanto o más que al maquillaje corrido.

PD: no me olvidé de la última parte de la historia de las FARC. Ya llegará

¿Hubo un tiempo que fue hermoso? Historias de solos y solas: cuando en Buenos Aires sobraban hombres a rolete

Una-Mujer con varios hombres

A los que leyeron y se sorprendieron con los números de solos y solas de la Buenos Aires actual (https://pabloperelman.wordpress.com/2013/09/18/cuando-los-numeros-cantan-es-verdad-que-en-buenos-aires-hay-mas-mujeres-solas-que-hombres-solos/), les tengo una noticia que quizás los sorprenda tanto o aun más. Hace un siglo, cuando en Europa se desataba la Primera Guerra Mundial, y la población de la capital del país crecía a tasas siderales, si algo escaseaba por estos lares eran mujeres. Sucede que por aquel entonces más de la mitad de los porteños era de nacionalidad extranjera, y que al menos dos de cada tres personas que se bajaban de los barcos provenientes del viejo continente eran varones.

¿Pero cómo fue que Buenos Aires se transformó en una ciudad superpoblada por varones? La respuesta es sencilla. Desde hacía varias décadas que Europa venía soportando distintas crisis, producto de las cuales muchos de sus habitantes la abandonaban en busca de un mejor destino y, Argentina, fue uno de los principales países elegidos por los emigrantes. Por aquellos tiempos los que se decidían a juntar sus petates o directamente a irse con lo que tenían puesto eran fundamentalmente hombres jóvenes, en la mayoría de los casos solteros, aunque no eran pocos los que se tomaban el barco dejando a su mujer y sus hijos en el viejo continente, con la esperanza de instalarse, conseguir un trabajo respetable y mandar a llamar a los suyos cuando los asuntos estuvieran encaminados. Pero estos planes no siempre se cumplían, y más de una familia jamás llegó a reunirse. En otras ocasiones los hombres mandaban llamar solamente a sus hijos varones, a quienes les resultaba más sencillo integrarlos al mercado laboral.

El Tercer Censo Nacional de Población realizado en 1914 mostró que en la Ciudad de Buenos Aires por cada 120 varones había 100 mujeres, pero en el caso de los extranjeros el número se elevaba a 150. Imaginen por un momento el comercial de la cerveza Quilmes que simula una batalla entre varones y mujeres que finalmente no ocurre, porque los sexos se reconcilian al compás del sabor del encuentro, y cada hombre termina fundido en un abrazo con su otrora contendiente femenina. Pero a principios del siglo XX esos 150 hombres se hubieran matado a codazos y zancadillas para quedarse con alguna de las 100 mujeres disponibles, mientras que los otros 50 habrían terminado ahogando sus penas en el alcohol, más probablemente con una botella de ginebra que de cerveza.

Pero vayamos un poco más lejos en la especulación y admitamos que un porcentaje de esas 100 mujeres habían arribado a estas costas con sus maridos, o los habían conocido una vez establecidas en la Ciudad. Si la mitad de ellas, por ejemplo, estaban casadas, en lugar de 100 mujeres disponibles quedaban 50, mientras que los varones en igual condición se reducían de 150 a 100. En conclusión, por cada cada mujer soltera nacida en el extranjero había dos potenciales pretendientes que también eran inmigrantes. Señalo el contraste entre extranjeros, porque los desequilibrios del mercado matrimonial de aquel entonces eran especialmente marcados entre las distintas colonias de migrantes europeos, ya que los italianos aspiraban a casarse con italianas, los irlandeses con irlandesas y los judíos rusos con judías rusas. Si en este contexto para los hombres conseguir una mujer para casarse era bastante complicado, no quieran pensar lo difícil que era encontrar una paisana disponible.

Por supuesto no había en esas épocas sitios de internet como Match o Zona citas, pero les aseguro que quienes vivían del celestinaje tenían un muy buen pasar. No había fotos de perfil en Facebook ni albumes para pispear la apariencia de las candidatas, pero era habitual que los intermediarios se encargaran de conseguir un retrato a los fines de evitar posibles decepciones cuando el barco arribaba al puerto de Buenos Aires. No obstante, cuentan las malas lenguas que más de una vez el retrato no se correspondía con el rostro de la candidata, situación que podía terminar en un escándalo con el celestino y la compra de un pasaje de vuelta en el primer barco que zarpara a Europa.

Pero quiero hablarles de la singular historia de mi bisabuela María. Ahora que estoy organizando una reunión con mis primos de mi rama materna, mi mamá mencionó hace un par de semanas, como al pasar, que un pariente había armado un árbol genealógico de la familia del cual tenía una copia. El árbol tiene seis generaciones con inicio en mis tatarabuelos, pero ya en la segunda hoja aparece subrayado el nombre del personaje estelar de este relato, que es mi bisabuela María (Mañe) Barsky.

Mañe se casó por primera vez en Rumania con mi bisabuelo Marcos (Motl) Leibovich, y producto de esa unión nacieron tres hijos varones y una mujer. Mi bisabuelo falleció a la corta edad de 26 años, por un error de cálculo: quiso salvarse de ir a la guerra y se excedió con el ácido que le habían recomendado tomar para evitar ser reclutado. Corría el año 1901 y mi bisabuela hizo un duelo más que breve, ya que unos meses después contraía segundas nupcias con el rabino Wasserman (del cual el árbol no menciona su nombre). O bien a mi bisabuela le gustaba mucho ser madre o los métodos anticonceptivos de la época dejaban bastante que desear, porque poco tiempo después nació su quinta hija, mi tía abuela Juana. Parece que la llegada de la niña no sirvió para consolidar el nuevo matrimonio, que duró lo que un suspiro. Todo indica que Mañe era una mujer de armas llevar, y contrariamente a las costumbres de la época, decidió buscar nuevos rumbos. En 1902 partió a Buenos Aires dejando a sus cuatro hijos mayores al cuidado de una tía, y a Juana bajo la custodia de su padre.

Ya imaginarán que con sus antecedentes y la abundancia de varones que la aguardaba en terruño porteño, a mi bisabuela no le llevó demasiado tiempo encontrar a su nuevo esposo. Nuevo lo que se dice nuevo tampoco era, porque Mauricio Hersovich, además de ser su primo hermano (lo cual era algo sumamente común en aquella época), había sido su noviecito en la más tierna juventud y el gran amor de su vida. Aclaremos, de todas maneras, que Mauricio no estuvo esperando pasivamente el momento en que Mañe cayera rendida en sus brazos, pues antes emigró a EEUU, donde contrajo sus primeras nupcias y tuvo un hijo y una hija. Desconozco cómo fue que Mauricio terminó desembarcando en Buenos Aires, pero me gustaría pensar que fue a posteriori de un intercambio epistolar amoroso con mi bisabuela María. De esa tercera y última unión de Mañe nacieron Clara y Rafael.

Nuevamente casada, mi bisabuela mandó a llamar en 1903 a sus hijos varones Leopoldo (mi abuelo), Luis y José, pero tanto Catalina como Juana debieron aguardar varios años más en Rumania. Así, los hijos varones de su primer matrimonio se sumaron a las enormes huestes masculinas que desbordaban Buenos Aires, aportando su grano de arena al notorio desequilibrio demográfico porteño. Catalina fue mandada a llamar en 1910, mientras el turno de Juana recién llegó a finales de 1917 o principios de 1918, cuando arribó con 16 años para conocer a su madre y a sus hermanos varones.

La llegada de la tía Juana coincidió con un período en el cual mis abuelos Leopoldo y María mantuvieron una fluida correspondencia entre Buenos Aires y Entre Ríos, pues mi abuela se había instalado por un tiempo en esa provincia porque uno de mis tíos, Marcos, estaba enfermo. Y, gracias a su circunstancial enfermedad, hace unos años me encontré con algunas de esas cartas que mi madre tenía guardadas en un cajón, y se las pedí prestadas sabiendo que nunca se las iba a devolver. En una de esas cartas, fechada el 13 de enero de 1918, con el membrete de “Casa Volt” (la empresa de mi abuelo dedicada a la fabricación e importación de carteras y sombreros), Leopoldo, luego de quejarse de los corredores que comercializaban su mercadería, y de asegurarle a mi abuela que el futuro económico que les esperaba era promisorio, se dedicaba a abundar en detalles sobre su hermana Juana, a quien estaba recién conociendo.

En palabras que mi abuelo volcaba en la carta dirigida a mi abuela, decía que “…Juana es muy pícara y se hace querer por todos. Imaginate que papá (por su padrastro Mauricio) la quiere por su bondad como si fuera su hija ….. y de aquí a dos años, cuando mamá la quiera casar no le faltarán los mejores pretendientes”. Y agregaba Leopoldo que “…. a Juana le están enseñando castellano y a tocar el piano, y tiene una buena cabeza que no te podés imaginar….. Es muy virtuosa, se ha hecho en un solo día un vestido muy bien y con gusto …. todos los muchachos que vienen a casa simpatizan con ella…. hasta el mismo Hanramovich empezo a venir más a menudo, lo mismo que el hijo de Hisimovich, que pronto se recibirá de ingeniero. Pero nadie piensa todavía en casarla ni comprometerla. Es muy joven, tendrá un buen porvenir …. ”

Mi abuelo tenía razón. Juana no se casó ni con Hanramovich ni con el hijo de Hisimovich, sino con el tío Antonio, a quien al igual que a Juana llegué a conocer en innumerables reuniones familiares. Juana sin dudas debe haber tenido muchos candidatos porque era pícara, simpática y virtuosa, pero además porque le tocó una época en la cual ser mujer y pertenecer a una comunidad extranjera era un pasaporte casi seguro al matrimonio. Tanto que si lo hubieran escrito 30 años antes, el famoso tango de Bardi y Cadícamo seguramente se hubiera llamado “Nunca tuvo novia”. Chan chan.

Carta Leopoldo 13 de enero 1918

Cuando los números cantan: solos y solas en la Ciudad de Buenos Aires.*

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Cada vez que se realiza un nuevo censo, los datos del anterior envejecen de la misma manera que lo hace el periódico de ayer. El Censo del año 2010 es ahora una foto desactualizada, en la que aún se pueden reconocer los rasgos más permanentes de nuestra estructura sociodemográfica, pero que también esconde las transformaciones que se produjeron en la última década. Afortunadamente, disponemos de las proyecciones de población por sexo y edad al año 2020, que al menos nos permiten conocer con bastante certeza cuáles son los desequilibrios que existen actualmente entre la población por género en las distintas fases de la vida. No es poco teniendo en cuenta que, pandemia de por medio, no sabemos cuando se realizará el próximo relevamiento censal, y que habrá que esperar un tiempo para disponer de la paleta completa de datos necesaria para pintar la nueva realidad.

Uno de los interrogantes a develar es qué ocurrió en estos años con el mercado matrimonial en la Ciudad de Buenos Aires. Pero, ¿de qué estamos hablando? Seguramente a muchos lectores esta terminología les provocará perplejidad, extrañeza y hasta algunos puede que les parezca de mal gusto. ¿Es que acaso se puede hablar de oferta y demanda de personas en busca de pareja? Más aún, ¿es posible hablar de desequilibrios de mercado cuando existen notorias diferencias entre la cantidad de varones y mujeres que están potencialmente disponibles para comenzar una relación? Es oportuno aclarar, entonces, que no es esta una terminología novedosa: el mercado matrimonial ha sido estudiado en las últimas décadas desde distintas disciplinas como la economía, la sociología y la demografía, por numerosos y prestigiosos autores. En el caso argentino, no obstante, los estudios hasta el momento han sido muy escasos, fundamentalmente de carácter histórico y poco difundidos.

Yo vengo interesándome en el mercado matrimonial de la Ciudad de Buenos Aires desde hace unos 25 años, cuando advertí, en base a los datos del Censo de 1991, el importante desequilibrio que existía entre la cantidad de varones y mujeres, en perjuicio de estas últimas. La escasez de varones o la sobreabundancia de mujeres, no era una percepción equivocada o una conclusión ligera carente de sustento, como yo mismo había pensado hasta que me topé con los números, sino una realidad perfectamente mensurable a través de la información provista por censos y encuestas de hogares. Tampoco era un fenómeno que afectaba exclusivamente a las mujeres mayores, como generalmente se asume, no obstante es cierto que es en las franjas de mayor edad donde los desequilibrios son más notorios.

No era casual, por lo tanto, ver cómo las mujeres cada vez más atiborraban bares y restaurantes —lo cual fue percibido por los empresarios del sector que empezaron a ofrecer atractivas promociones a las mesas integradas exclusivamente por chicas—; observar cómo se constituían en mayoría en cines, teatros y espectáculos musicales; que en la ciudad uno de sus shopping centers más importantes se autopromocionase como Pasión de mujeres; o que tantas veces sean ellas las que tengan que hacer cola para satisfacer un derecho tan elemental como ir al baño.

Dicha situación no arrojó demasiados cambios cuando salió a la palestra la información de los censos de 2001 y 2010, y las proyecciones de población al 2020 ratifican que la falta de varones continuará apesadumbrando los corazones de las porteñas. En efecto, tal como intentaré demostrar, las mujeres continuarán teniendo mayores dificultades para conformar una pareja, lisa y llanamente porque son más.

Empecemos antes por mirar algunos números. De acuerdo a las proyecciones por sexo y edad de la Ciudad de Buenos Aires al 2020, viven en ella 3.075.000 personas, de las cuales 1.445.000 son varones y 1.631.000 mujeres. Esto significa que en la actualidad habría un 13% más de mujeres que de varones, lo cual equivale a que las porteñas superan en número a los porteños en 187.000. Es cierto que, en parte, esa diferencia se debe a que en nuestra ciudad la población es la más envejecida del país. A su vez, como la esperanza de vida femenina supera a la masculina en unos siete años, a medida que Buenos Aires se ha ido envejeciendo, también se fue feminizando. Sin embargo, cuando analizamos los datos poblacionales desagregados por edades, se advierte que los desequilibrios no sólo existen cuando llega el período otoñal de la vida, sino que, por el contrario, comienzan bastante antes.

Habida cuenta del desequilibrio mencionado, siempre resulta sorprendente señalar que en la Ciudad de Buenos Aires nacen por año, en promedio, entre un 5% y un 7% más de varones que de mujeres, lo cual se debe a una sencilla razón de tipo biológica: en Argentina, como en el resto del mundo, todos los años nacen más niños que niñas, aunque estas últimas son más resistentes a los percances de salud que se presentan, con intensidad en los primeros años de vida, como a lo largo de la misma.

Según la información disponible, pareciera que en la Ciudad de Buenos Aires las únicas privilegiadas son las niñas y las adolescentes, quienes desde el nacimiento hasta los 19 años de edad son superadas en cantidad por los varones entre el 3% y el 6%, lo cual les permite hacer suspirar a pretendientes, novios y noviecitos hasta terminado el colegio secundario.

Terminada esa etapa, el período de abundancia de a poco comienza a revertirse, a medida que la fría realidad de las estadísticas muestra el crecimiento de la competencia. Así, con el paso de los años las mujeres capitalinas en busca de pareja comienzan a enfrentarse progresivamente con dificultades crecientes, en tanto son cada vez más, en términos relativos, las que pugnan por la misma cantidad de hombres.

Sin embargo, el desequilibro que afecta al mercado matrimonial o, mejor dicho, al mercado de los afectos, a diferencia de lo que ocurre en cualquier otro mercado, muchas veces no es percibido como tal,  lo cual posiblemente se deba a que no hay ningún ente gubernamental, organización privada o de la sociedad civil, que se dedique a medirlo. Mucho menos a realizar un seguimiento periódico, ni a investigar cuáles son los determinantes de los desbalances. Simplemente es algo que ocurre. Esto ciertamente constituye una excepción: el desequilibrio entre la demanda y oferta del mercado de trabajo se conoce por las mediciones de desempleo; todos los días las bolsas de valores reflejan los resultados de la compra venta de acciones; el mercado cambiario a cada minuto nos dice que pasó con el dólar; periódicamente el mercado inmobiliario nos habla de cómo se mueven los  precios de las propiedades y de los alquileres. En cambio, dado que nadie mide lo que sucede en el mercado matrimonial, se ensayan todo tipo de explicaciones para explicar los desequilibrios. Algunas son de carácter numérico, como aquella francamente absurda que postula que por cada varón hay siete mujeres; otras atribuyen el desequilibrio a la gran cantidad de gays (no es que los varones sean poco, sino que no les gustan las mujeres); y están las que sugieren que el problema se debería a factores de orden psicológico y social: el problema no es la falta de hombres, sino el desinterés que estos tienen, a partir de determinadas edades, en formar una relación estable o seria. Desde esta perspectiva, los varones son cuanto menos fóbicos y poco comprometidos, cuanto más cobardes y mujeriegos. El resultado de todo esto, serían relaciones que se mueven en la órbita del touch and go o de la infidelidad, lo cual se atribuye a un signo de época, cuando, quizás, podrían ser parte de los ajuste que ocurren en los mercados en contextos de desequilibrio.   

Lo que intento decir es que, al desconocerse el grado de desequilibro que existe en el mercado de los afectos porteño, cada uno, desde su perspectiva, ensaya su explicación (que por otra parte ineludiblemente está permeada por sus propias experiencias o las de personas cercanas), pero sin incorporar muchas veces uno de los elementos fundamentales para el diagnóstico, pues lo ignora. Por supuesto que desconocer la dimensión demográfica no invalida las demás percepciones que existen, como por ejemplo, la predisposición o interés que pueden tener varones y mujeres en iniciar una relación, o cuáles son los requisitos, pretensiones o expectativas que poseen. Tampoco postulo que exista un orden de preeminencia de lo numérico sobre otros determinantes o conductas. Lo que sí creo es que, así como atribuirle solo a lo demográfico un peso desmedido es un error, también indudablemente lo es pretender que no tiene ninguno. De este tema -el del desequilibrio del mercado de los afectos- se habla poco y nada. No se puede hablar de aquello que se desconoce.

Un ejemplo histórico muestra su importancia. Hay estudios que se hicieron en España sobre la década de los años treinta del siglo pasado, que fue un período donde la escasez femenina en aquel país era importante. Los investigadores concluyeron que los varones se apresuraban a casarse para evitar quedarse solteros, fenómeno que dio en llamarse matrimonio por anticipación. ¿Cómo funcionaba? Al percibir los hombres que las damas de su edad “no alcanzaban” para todos, buscaban casarse con aquellas unos años más jóvenes, entrando en disputa con sus pares masculinos que tenían unos años menos que ellos.

Volvamos a los datos. Utilizando los datos del Censo de Población de 2010 y las proyecciones de población por edad y sexo al 2020, podemos observar con bastante certeza cuál es el desequilibrio que existe entre ambos sexos considerando los distintos tramos de edad. Así, en el siguiente gráfico se puede advertir que, con la excepción del segmento de 15 a 19 años, en todos los demás las mujeres superan en número a los varones, y que estas diferencias se profundizan a medida que pasan los años (las columnas en celeste representan la cantidad de varones; las que están en rosa, el número de mujeres). Pero como decíamos antes, aunque la escasez masculina es sensiblemente mayor en la tercera edad, comienza a aparecer mucho antes. En efecto, las mujeres que tienen entre 30 y 39 años superan en número a los varones de la misma edad en más de 5%, entre los 40 y los 49 años la diferencia se ensancha al 8%, y entre los 50 y los 59, a más del 17%. Estas diferencias suponen que varones y mujeres se relacionan entre personas de su mismo rango etario, lo que por supuesto no es cierto. Es una manera de simplificar un comportamiento que es muy complejo, y absolutamente razonable para lo que pretendemos  medir.

Gráfico 1: Población por sexo e Índice de masculinidad según tramos de edad. Ciudad de Buenos Aires. Proyectado al año 2020.

Fuente: Censo de Población y Vivienda de año 2010. INDEC. Proyecciones de Población por sexo y edad. 2010 – 2040 Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires.

Empero, ¿son estos datos adecuados para graficar la problemática del mercado matrimonial porteño? Definitivamente no. Lo que hemos mostrado hasta el momento, son meros volúmenes poblacionales por sexo. Pero si se trata de conocer la problemática de los solos y solas, los datos presentados apenas nos muestran la punta del iceberg del fenómeno que pretendemos medir.

Para acercarnos a la verdadera situación de escasez, necesitamos no sólo mirar cuantos varones y mujeres hay en total, sino, además, distinguir entre aquellos que tienen o no una relación de pareja. En tal sentido, tanto los censos como las encuestas de hogares nos permiten identificar a las personas según si viven o no en pareja bajo un mismo techo, independientemente del estado civil que posean. Este punto resulta sumamente importante, porque el estado civil cada vez está menos correlacionado con la convivencia. Basta con afirmar que actualmente se estima que al menos la mitad de las nuevas uniones no pasan por los registros civiles; que se puede seguir casado legalmente pero estar separado de hecho; o que una parte de los que revistan en la categoría de viudos o separados, en la práctica se encuentran unidos de hecho en segundas o ulteriores nupcias .

Si consideramos entonces como solos y solas a todos aquellos que, independientemente de su estado civil, no conviven en pareja, podemos convenir que tenemos ahora una definición mucho más apropiada para estimar el desequilibrio del mercado matrimonial.

Como puede advertirse, observando el gráfico siguiente, si ponemos como condición para participar en el mercado matrimonial que las personas no vivan en pareja, se observa que la escasez masculina aumenta de manera pronunciada. Tomando los mismos tramos de edad que escogimos antes como ejemplo, tenemos ahora que en el segmento de 30 a 39 años las mujeres superan a los varones en caso el 10%, en el tramo de 40 a 49, en casi el 50%, mientras que en el grupo de 50 a 59 años, por cada varón que no convive en pareja hay casi dos mujeres que están en la misma situación.

Gráfico 2: Población que no vive en pareja por sexo e Índice de Masculinidad según tramos de edad. Ciudad de Buenos Aires. Proyectado al año 2020.


Fuente: Censo de Población y Vivienda de año 2010. INDEC. Proyecciones de Población por sexo y edad. 2010 – 2040. Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires.

Aunque los datos que hemos visto recién, representan mucho mejor como afecta la demografía al universo de los solos y solas, aún es necesario dar un paso más. Si bien la cantidad de varones y mujeres que no conviven en pareja nos permite situarnos de manera más próxima al desequilibrio que existe en el mercado matrimonial, aún no estamos contemplando a las personas que no viven en pareja, pero que mantienen una relación estable. Como vivimos en una sociedad monogámica, a esas personas no las podemos considerar disponibles, por lo cual debemos excluirlas de los respectivos bandos de solos y solas.

Entonces, desde esta perspectiva, los solos y las solas son aquellos que no conviven en pareja ni tienen una relación estable cama afuera. Sin embargo, lo que conceptualmente resulta sencillo e inobjetable, es sumamente complejo de operacionalizar. Tenemos ahora un primer obstáculo metodológico serio, habida cuenta que ni los censos ni las encuestas de hogares indagan sobre las relaciones de pareja que mantienen las personas que no conviven bajo un mismo techo. En otras palabras, ninguna fuente de información le pregunta a la gente que no vive en pareja si tiene novio o novia, amante, o cualquier tipo de relación afectivo/sexual con otra persona.

Frente a semejante obstáculo, si queremos avanzar no queda otro camino que echar manos a ciertos supuestos que, como ocurre siempre que no se tienen datos objetivos, son siempre más o menos arbitrarios. En este caso, vamos a suponer que el 50% de los varones que no convive en pareja tiene una relación estable, que en promedio me parece una proporción razonable, aunque seguramente con diferencias importantes en los distintos tramos de edad. Dado que se trata de un supuesto de imposible comprobación, es importante la siguiente aclaración: cuanto mayor sea el porcentaje de los hombres que tienen una relación cama afuera con relación al total de los hombres que no conviven en pareja, el desequilibrio del  mercado matrimonial también se agudiza. 

Al considerar ahora solo a varones y mujeres que no conviven ni tienen una relación cama afuera, la situación cambia mucho. Como se puede advertir en el siguiente gráfico, a partir del tramo que va de los 30 a los 39 años, el desequilibrio ya es bastante más pronunciado, toda vez que hay casi un 20% más de solas que solos, en el tramo de 40 a 49, casi el doble, mientras que en el segmento de 50 a 59 años, encontramos a 2,7 mujeres que no tienen pareja estable por cada varón que está en la misma condición.

Gráfico 3. Población que no vive en pareja ni tiene una relación afectiva estable por sexo e Índice de masculinidad según tramos de edad, Ciudad de Buenos Aires.           Año  2020*

 

 

*Nota: se establece como supuesto que el 50% de los varones que no vive en pareja tiene una relación afectiva estable.

Fuente: Censo de Población y Vivienda de año 2010. INDEC. Proyecciones de Población por sexo y edad. 2010 – 2040 Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires.

Falta, sin embargo, una vuelta de tuerca adicional. No lo hemos dicho antes, pero este ejercicio apunta a dimensionar el mercado matrimonial heterosexual, lo que implica que no debiéramos incluir, dentro del universo de los solos y solas, a aquellos varones y mujeres que tienen una orientación homosexual. Obviamente, aquí tropezamos con una segunda dificultad metodológica, porque tampoco los censos y encuestas en nuestro país interrogan a las personas sobre si son gays, lesbianas, travestis o transexuales. Tampoco existe ninguna otra fuente que, al menos, nos permita conocer la magnitud del fenómeno, y si es más o menos frecuente en varones o mujeres

Aunque en este caso no realice ninguna hipótesis, me parece importante aclarar que cuanto mayor sea la proporción de gays y lesbianas sobre el total de la población, mayor será también el desequilibrio que genera en el mercado de los solos y solas. En otras palabras, en un mercado caracterizado por la escasez relativa de varones heterosexuales, aunque la incidencia de la homosexualidad masculina y la femenina fuesen idénticas, su existencia tiende a aumentar el desequilibrio en favor de los varones y en perjuicio de las mujeres. Insisto en este punto, porque es moneda corriente escuchar que hay muchos más gays que lesbianas, y que esa sería una de las causas que explicarían por qué hay tan pocos hombres disponibles en el mercado matrimonial. Si eso fuera cierto –no como opina otra corriente que afirma que el lesbianismo es igual de importante solo que está más invisibilizado–, indudablemente estaríamos en presencia de un factor que contribuiría fuertemente a agrandar el desequilibrio. De todas maneras, si ambos fenómenos tuvieran igual importancia, de todas maneras las mujeres tendrán mayores dificultades para encontrar una pareja heterosexual, debido a que son el sexo superavitario.

Estos números, que tienen tanta contundencia, lo que hacen es ponerle magnitudes a un fenómeno que en mayor medida la sociedad percibe. Sin embargo, hay varias cuestiones que merecen ser profundizadas. La primera -y quizás más obvia- es que hablar de un mercado es una simplificación, sino tenemos en cuenta que existen una serie de submercados que resulta fundamental contemplar. Las personas ciertamente tienden a establecer relaciones duraderas con otras con las cuales tienen un conjunto de afinidades. Esto no va de ninguna manera en menoscabo de la química o del romanticismo (que puede estar o no presente en una relación), sino a introducir que antes operan procesos de selección basados en clases sociales, niveles educativos, edad, valores o creencias religiosas, estereotipos físicos, el estilo de vida y cuidado de la salud, entre muchos otros. Es interesante que estos requisitos no solo son de carácter individual, sino que muchos son establecidos por las familias y los grupos de pertenencia. A las típicas indagaciones familiares sobre “qué estudia, de qué trabaja, qué religión tiene, cuánto gana, en que barrio vive”, en los último años se agregó otra más, crecientemente compleja, que refiere a la orientación política. Ser por ejemplo kirchnerista o macrista (la ideología en general incluyendo cada vez más las cuestiones de género), puede ser, para algunas personas, sus familias o el entorno social en el que se mueven, un factor determinante de exclusión o condena. Es decir, mientras en los gráficos hemos visto relaciones de escasez solamente diferenciadas por la edad, en la práctica los mercados matrimoniales se segmentan por numerosos factores adicionales. En la ficción romántica, las relaciones suelen salirse de los parámetros esperables: pobres y millonarios se enamoran; personas muy apegadas a religiones distintas y hasta enfrentadas viven sus pasiones a escondidas; eminencias científicas y personas analfabetas descubren que existen otras sabidurías para conectar. Por supuesto que esas relaciones existen, pero son absolutamente atípicas y marginales.  Lo que en verdad sucede es que los “requisitos” que los candidatos tienen funcionan como la intersección en la teoría de conjuntos: de la mayor o menor flexibilidad que se tenga, el mercado de cada persona se agrandará o se achicará. “Sos demasiado pretenciosa/o; a vos nadie te viene bien”, son las frases populares que describen muy bien a quienes deciden ser fieles a sus expectativas, y se quedan con un mercado potencial pequeño. “A vos cualquiera te viene bien”, el extremo opuesto. Es cierto que a partir de cierto momento de la vida, hay personas mas interesadas en descubrir diferencias irreconciliables, que en encontrar las anheladas coincidencias. Y que también se puede estar muchas veces en presencia de fóbicos y fóbicas graves. Pero esos aspectos mejor es dejárselos a la psicología.

El tema de los submercados nos dice, además, que el desequilibrio general puede ser un dato limitado a la hora de observar lo que ocurre en los segmentos específicos, partiendo de la base de que una gran cantidad de personas tienen tanta posibilidad de emparejarse entre ellas, como el agua con el aceite. En este caso, tenemos algunas precisiones. Por las encuestas conocemos los ingresos de las personas, su nivel educativo, si son o no propietarias de la vivienda en que residen, si tienen un trabajo estable. Todos elementos que responden a distintos tipos de solvencias, status, trayectorias y realidad actual.

Estas dimensiones de ninguna manera nos permiten calcular el tamaño que tendrían los submercados, pero si conocer algunas características para aproximarnos a la comprensión de ciertos fenómenos. El nivel educativo es una de las variables más significativas; para algunas personas funciona como excluyente. Al respecto, desde hace ya bastantes años la proporción de las mujeres que comienzan y terminan una carrera universitaria es mayor que la de los varones. Pero más interesante es, aún, que cuando la comparación se realiza entre varones y mujeres solas, el diferencial de nivel educativo a favor de ellas, se estira aún más. ¿Por qué? Porque hace ya tiempo las mujeres comenzaron a postergar la edad de la primera unión y en la que tienen hijos para seguir  estudiando, mientras que aquellas que se casan y embarazan antes, tienden en mayor medida a abandonar sus estudios. El resultado es que las mujeres solas le sacan una diferencia de años de estudio a los varones solos, particularmente aquellas que tienen entre 30 y 50 años, lo cual hace veinte o treinta años no sucedía. En tal sentido, para las mujeres con títulos universitarios se les plantea la disyuntiva de flexibilizar o no el requisito de similar nivel educativo. Si no lo hacen, su mercado se restringe, el desequilibrio aumenta. ¿Por qué razón lo flexibilizarían? ¿Solo por amor? ¿Por ganas de estar con alguien? ¿Por resignación? Las razones son muchas; las respuestas particularísimas. Ejemplos parecidos pueden buscarse para los hombres. Para algunos, el anterior sirve: ¿en qué medida podrían superar ellos el legado patriarcal y tener a su lado una mujer más educada y exitosa que ellos? 

Cualquier mercado que está en una situación de desequilibrio, tiende a compensarlo a través de una serie de ajustes. Y el mercado matrimonial no escapa a esta regla. Una de ellas, como mencioné en el ejemplo español de hace cerca de un siglo, funciona a través de la edad. Eso en el caso de Buenos Aires se observa muy claramente. La diferencia es muy pequeña entre las parejas que pasan por primera vez por el registro civil (de las uniones de hecho no existe información). En cambio, en las segundas nupcias la brecha se agranda significativamente, por una razón  muy sencilla: como vimos, en las franjas de edad más joven, el desequilibrio es relativamente pequeño. En cambio, en las segundas y ulteriores nupcias, se incrementa significativamente. Cuando esto sucede, los hombres se dan cuenta que tienen mayor posibilidad de elegir mujeres más jóvenes, de hacer valor una suerte de poder de negociación. Esto también explica, porque algunas mujeres que no aceptan esta situación, deciden abrir su búsqueda a varones en ocasiones mucho más jóvenes que ellas. Ligado al anterior, otro dato contundente: los hombres que se separan se vuelven a casar en una proporción mucho más significativa que las mujeres. Pero, además, cuando los hombres reinciden lo hacen en menos tiempo que las mujeres. ¿Eso sucede por su escasez? ¿Es por qué, como suele decirse, ellos no pueden vivir solos? ¿A las mujeres les cuesta más conseguir una pareja porque hay poco hombres libres? ¿O en verdad ya no quieren saber nada con volver a intentarlo?

Unos datos para ilustrar lo anterior. Si se observa las proporciones de varones y mujeres que viven en uniones legales o consensuales, las últimas alcanzan su porcentaje más elevado en el tramo de edad comprendido entre los 35 y los 39 años, cuando el 68% de ellas convive en pareja. Por su parte, los varones, llegan al nivel más alto de vida en pareja, recién cuando están en una edad mucho más avanzada, los 70 a 74 años, y alcanzando un porcentaje muy elevado 78%. Es interesante agregar que, hasta el segmento de 30 a 34 años, el porcentaje de mujeres unidas es mayor que el de varones. ¿A qué se debe esto? Por un lado, a que las mujeres se casan o unen a edades más tempranas y, además, a lo que señalamos a lo largo de este posteo: luego de los 30 años la distancia entre la cantidad de mujeres y varones se ensanchan. En ese contexto, es mayor la cantidad de chicas que no llega a unirse que la de muchachos. Y, también, como se dijo, también en parte gracias a esa ventaja numérica, la proporción de separados que vuelve a optar por la vida bajo el mismo techo. A partir de los 35 y 39 años, los hombres siempre superan a las mujeres en términos de la proporción que están unidos.

Hay otros ajustes que sugiero más a modo de hipótesis. Las relaciones extramatrimoniales no son, por supuesto, algo nuevo. No me refiero a canitas al aire o escarceos amorosos pasajeros, sino a aquellas relaciones que se prolongan en el tiempo, que tienen cierta “estabilidad”. en el marco de la clandestinidad. Muchas veces,  en estas relaciones una de las partes espera salir de la clandestinidad, e iniciar una relación normal. Nuevamente, y sin desdeñar el amor, ¿estas relaciones en cierta medida no podrían deberse a la dificultad de encontrar a alguien plenamente libre? No recibe el varón -quien por lo general es el que está en una relación estable- una señal del mercado de la cual abusa? La misma hipótesis valdría para el poliamor, donde la diferencia es que supuestamente no habría nada que ocultar. Si el poliamor puede entenderse como una ajuste más de mercado, al menos debería presentarse de manera mucho más frecuente en relaciones en las que participan un varón y al menos dos mujeres, y debería tener un carácter más permanente que eventual.    

Pero no solo es importante pensar en los distintos recortes que las personas se plantean al buscar. Hasta ahora hemos supuesto que todas las personas están en alguna relación (casados y unidos; relaciones cama afuera; y hasta amantes con cierta estabilidad), y aquellos que no están, buscan. Pero esto no es así. La búsqueda está precedida por el deseo o la intención, y no todos, por distintas razones, la tienen. Y de ninguna manera ese grupo de desinteresados está restringido a gente muy mayor o con problemas de salud. Hay personas que por distintas razones se colocan transitoriamente o de manera definitiva fuera del mercado, por razones de distinta índole. Una de ellas podría ser en respuesta a una serie de experiencias negativas, en las que el candidato/a percibe que la persona que busca es muy difícil de encontrar, como en el ejemplo señalado de la mujer universitaria que tiene una vida “exitosa”. Cuando digo estar fuera de mercado, me refiero a una búsqueda activa (apps de citas; ir a bailar en plan de conocer a alguien; presentaciones a través de amigos). Pero de la misma manera que alguien que no está buscando trabajo no dejará pasar una gran oportunidad laboral, para los tórtolos potenciales la misma puede presentarse en la góndola de un supermercado o en la parada del colectivo. Estar dentro o fuera del mercado es una decisión tan significativa como rápidamente reversible.

Hasta no hemos dicho nada de las razones por las cuales se producen estos desequilibrios y; en particular, porque se manifiestan de manera tan contundente en la Ciudad de Buenos Aires. Los factores determinantes son la mayor mortalidad masculina y el efecto producido por las migraciones del interior y las internacionales.

Como mencioné arriba, a pesar de que en Buenos Aires nacen más varones que mujeres, ese diferencial rápidamente comienza a compensarse por la mayor mortalidad infantil y de menores de cinco años. Luego, a lo largo de la vida, y en todas las edades, la mortalidad masculina siempre es más elevada, razón por la cual la esperanza de vida de las mujeres es unos siete años mayor que la de los varones. Por ejemplo, en edades jóvenes, los accidentes, la violencia y las enfermedades cardiovasculares, son algunas de las causas de muerte que comienzan a minar el número de hombres con relación a las mujeres.

Asimismo, Buenos Aires es una ciudad que atrae más mujeres que varones del interior y del exterior del país, mientras que estos últimos la abandonan en mayor medida en busca de nuevos rumbos. En el caso de las migraciones internas, lo que también ocurre es que, de las mujeres que llegan para estudiar y/o trabajar, son muchas (en comparación con los varones) que deciden no regresar a sus lugares de origen, a pesar de que originalmente ese no era el plan. ¿Por qué? Las mujeres en el interior se casan y tienen hijos hasta cuatro años antes que en Buenos Aires; en los mercados de trabajo de muchas profesiones hay mucho más machismo y discriminación de género, la cultura es mucho más patriarcal; en muchas ciudades y pueblos los controles y mandatos sociales, como casarse, siguen siendo fuertes. Todas esas situaciones son percibidas por muchas chicas como inhóspitas. Es mejor quedarse en Buenos Aires, una ciudad en la que la libertad de hacer y no hacer es enorme, y donde a nadie le cuestionan su modo de vida.  En cambio, para un varón esas restricciones tienen mucho menos relevancia, lo cual explicaría porque ellos vuelven en mayor medida que ellas.

Unos datos también para graficar lo mencionado.Ya tempranamente, entre los 20 y 24 años, las mujeres nacidas en el interior del país que residen en la Ciudad de Buenos Aires superan en 13% a los hombres que llegaron de las provincias. Más adelante, en el tramo de 50 a 54 años, dicha diferencia entre el número de mujeres y varones migrantes se estira al 34%. Empero, en ese mismo segmento de edad, entre los nacidos y nacidas en en la ciudad de Buenos Aires, la sobrerrepresentación femenina es solo del 13%. Estos números confirman el impacto que tienen las migraciones en el incremento del desequilibrio del mercado matrimonial. Un dato curioso es que, a nivel global, y sin considerar las edades, el porcentaje de mujeres unidas que nacieron en Buenos Aires es menor que el de las arribadas del interior, aunque en este caso podría deberse a un mayor peso de las porteñas en edades más avanzadas. El efecto provocado por la migración internacional, va en la misma dirección.

En síntesis, las dificultades asociadas a encontrar una pareja  después de los 30 años, no se deben solo a factores psicológicos o sociales, como suele creerse, sino también demográficos. Como dije, nadie se encarga de medir lo que sucede en el mercado matrimonial. Pero, ¿por qué sería de interés medir algo sobre lo cual en principio no se puede incidir? El estado de hecho interviene en casi todos los mercados para regularlos: establece un salario mínimo, leyes de alquileres, la operatoria en el mercado de valores, indemnizaciones por despido, regula el precio de las prepagas y otros servicios de utilidad pública. Resulta interesante pensar las maneras en las que el estado podría intervenir en el mercado matrimonial, con qué objetivos, de qué manera podría corregir o mitigar los desequilibrios mencionados.

Una última y provocadora cuestión. En todos los mercados de tipo convencional, como ejemplos mencionados, los desequilibrios tienen siempre una traducción a nivel de precios, aunque a veces las regulaciones del estado intentan ponerle un  coto a dichos movimientos. ¿Podría entonces un mercado en el cual los varones son escasos hacer que estos subieran de precio? Y de ser así, ¿qué significado tendría? La respuesta es a mi entender sí, pero haciendo la siguiente salvedad. La escasez no vuelve mejor a varones o mujeres por una cuestión demográfica, ni a ciertas frutas y verduras debido a malas condiciones demográficas. Es que debe distinguirse entre precio y valor: el valor es intrínseco a los objetos y la personas; hablan de su calidad, nobleza y belleza. El precio refleja solo en parte el valor. El resto depende de la abundancia o la escasez; en ciertos casos de la accesibilidad. En tal sentido, lo que estaría sucediendo en el actual contexto sociodemográfico, es que los hombres -o muchos de ellos- tendrían un precio a veces sustancialmente superior a su valor, cuestión que podría estar generando no pocos tensiones y confusiones cuando se interactúa en los distintos submercados.

Cuando una fruta está fuera de estación, suele tener estas dos características: es cara y poco sabrosa; es decir, su precio no guarda relación con su valor. Porque alguien compraría unas frutillas, por ejemplo, siendo esas las condiciones. Esas son respuestas particularísimas; así no seré yo el que le ponga la crema a la frutilla.

Llegamos al final. De cualquier manera, los datos aquí presentados no deberían desanimar a las mujeres ni hacer que los hombres nos durmamos en los laureles. Al fin y al cabo, las estadísticas sólo muestran tendencias y la suerte de cada uno de los porteños se construye a partir de su propia historia. Después de todo, en el mercado de los afectos todos los días se realizan nuevas operaciones y, claro está, la competencia está lejos de ser perfecta.

*Agradecimientos

A Paulina Seivach por sus valiosos comentarios. A Marianela Ava por el empeño y la paciencia para procesar los datos aquí presentados.

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Cada vez que se realiza un nuevo censo, los datos del anterior envejecen de la misma manera que lo hace el periódico de ayer. El Censo del año 2001 es ahora una foto desactualizada, en la que aún se pueden reconocer los rasgos más permanentes de nuestra estructura sociodemográfica, pero que también esconde las transformaciones que se produjeron en la última década. Recientemente se conocieron datos muy generales del Censo de 2010, que sólo nos permiten saber cuántos varones y mujeres viven en cada provincia y en las distintas localidades del país. Pero sólo eso. Habrá que esperar, al menos hasta mediados del año que viene, para disponer de la paleta completa de datos necesaria para pintar la nueva realidad.

Uno de los interrogantes a los que deberá responder el nuevo censo, es qué ocurrió con el mercado matrimonial en la Ciudad de Buenos Aires. Pero, ¿de qué estamos hablando? Seguramente a muchos lectores esta terminología les provocará perplejidad, extrañeza y hasta algunos podrá parecerles de mal gusto. ¿Es que acaso se puede hablar de oferta y demanda de personas en busca de pareja? Más aún, ¿es posible hablar de desequilibrios de mercado cuando existen notorias diferencias entre la cantidad de varones y mujeres que están potencialmente disponibles para comenzar una relación? Es oportuno aclarar, entonces, que no es esta una terminología novedosa: el mercado matrimonial ha sido estudiado en las últimas décadas desde distintas disciplinas como la economía, la sociología y la demografía, por numerosos y prestigiosos autores. En el caso argentino, no obstante, los estudios hasta el momento han sido muy escasos, fundamentalmente de carácter histórico y poco difundidos.

Yo vengo interesándome en el mercado matrimonial de la Ciudad de Buenos Aires desde hace unos 15 años, cuando advertí, en base a los datos del Censo de 1991, el importante desequilibrio que existía entre la cantidad de varones y mujeres, en perjuicio de estas últimas. La escasez de varones o la sobreabundancia de mujeres, no era una percepción equivocada o una conclusión ligera carente de sustento, como yo mismo había pensado hasta que me topé con los números, sino una realidad perfectamente mensurable a través de la información provista por censos y encuestas de hogares. Tampoco era un fenómeno que afectaba exclusivamente a las mujeres mayores, como generalmente se asume, no obstante es cierto que es en las franjas de mayor edad donde los desequilibrios son más notorios.

No era casual, por lo tanto, ver cómo las mujeres cada vez más atiborraban bares y restaurantes -lo cual fue percibido por los empresarios del sector que empezaron a ofrecer atractivas promociones a las mesas integradas exclusivamente por chicas—; observar cómo se constituían en mayoría en cines, teatros y espectáculos musicales; que en la ciudad uno de sus shopping centers más importantes se autopromocionase como Pasión de mujeres; o que tantas veces sean ellas las tengan que hacer cola para satisfacer un derecho tan elemental como ir al baño.

Dicha situación no arrojó demasiados cambios cuando salió a la palestra la información del Censo de 2001, y los primeros datos de este año ratifican que la falta de varones continuará apesadumbrando los corazones de las porteñas. En efecto, tal como intentaré demostrar, las mujeres continuarán teniendo mayores dificultades para conformar una pareja, lisa y llanamente porque son más.

Empecemos antes por mirar algunos números. Lo poco que sabemos del Censo recientemente celebrado es que en Buenos Aires viven 2.891.082 personas, de las cuales 1.335.163 son varones y 1.555.919 mujeres. Esto significa que en la actualidad hay un 16,5% más de mujeres que de varones, lo cual equivale a que las porteñas superan a los porteños en 220.756. Es cierto que, en parte, esa diferencia se debe a que en nuestra ciudad la población es la más envejecida del país. A su vez, como la esperanza de vida femenina supera a la masculina en unos siete años, a medida que Buenos Aires ha ido envejeciendo, también se fue feminizando. Sin embargo, cuando analizamos los datos poblacionales desagregados por edades, se advierte que los desequilibrios no sólo existen cuando llega el período otoñal de la vida, sino que, por el contrario, comienzan bastante antes.

Habida cuenta del desequilibrio mencionado, siempre resulta sorprendente señalar que en la Ciudad de Buenos Aires nacen por año, en promedio, entre un 5% y un 7% más de varones que de mujeres, lo cual se debe a una sencilla razón de tipo biológico: en Argentina, como en el resto del mundo, todos los años nacen más niños que niñas, aunque estas últimas son más resistentes a los percances de salud que se presentan, tanto en los primeros años, como a lo largo de toda la vida.

Según la información disponible, pareciera que en la Ciudad de Buenos Aires las únicas privilegiadas son las niñas, quienes desde el nacimiento hasta los 14 años de edad son superadas en cantidad por los varones en poco más de 2%, lo cual les permite disputarse a los noviecitos en un pie de igualdad hasta los primeros años del colegio secundario.

Ya entradas en la adolescencia, el período de abundancia de a poco comienza a revertirse, a medida que la fría realidad de las estadísticas muestra el crecimiento de la competencia. Así, con el paso de los años, las mujeres capitalinas en busca de pareja comienzan a enfrentarse progresivamente con dificultades crecientes, en tanto son cada vez más, en términos relativos, las que pugnan por la misma cantidad de hombres.

Sin embargo, el desequilibro que afecta al mercado matrimonial, a diferencia de lo que ocurre en cualquier mercado, muchas veces no es percibido como tal,  lo cual posiblemente se deba a que no hay ningún ente gubernamental, organización privada o de la sociedad civil que se dedique a medirlo, mucho menos a realizar un seguimiento periódico, ni a investigar cuáles son los determinantes de los desbalances. Esto ciertamente constituye una excepción: el desequilibrio entre la demanda y oferta del mercado de trabajo se conoce por las mediciones de desempleo; todos los días las bolsas de valores reflejan los resultados de la compra venta de acciones; el mercado cambiario a cada minuto nos dice que pasó con el dolar; periódicamente el mercado inmobiliario nos habla de como se mueve el precio de las propiedades y de los alquileres. En cambio, dado que nadie mide lo que sucede en el mercado matrimonial, se ensayan todo tipo de explicaciones para explicar los desequilibrios. Algunas son de carácter numérico, como aquella francamente absurda que postula que por cada varón hay siete mujeres; otras atribuyen el desequilibrio a la gran cantidad de gays (no es que los varones sean poco, sino que no les gustan las mujeres); y están las que sugieren que el problema se debería a factores de orden psicológico y social: el problema no es la falta de hombres, sino el desinterés que tienen, a partir de determinadas edades, en formar una relación estable o seria. Desde esta perspectiva, los varones son cuanto menos fóbicos y poco comprometidos, cuanto más cobardes y mujeriegos. El resultado de todo esto, serían relaciones que se mueven en la órbita del touch and go y la infidelidad. Quizás estas actitudes en parte puedan deberse a los procesos de ajuste que ocurren en los mercados en contextos de desequilibrio.   

Lo que busco decir es que, al desconocerse el grado de desequilibro que existe en el merado matrimonial -en este caso en el porteño-, cada uno, desde su perspectiva, ensaya su explicación, que por otra parte ineludiblemente siempre está permeada por sus propias experiencias o por las de personas cercanas, pero sin contar con uno de los elementos fundamentales para el diagnóstico. Por supuesto que desconocer la dimensión demográfica no invalida las percepciones que existen, por ejemplo, sobre la predisposición o interés que pueden tener varones y mujeres en iniciar una relación, o cuáles son los requisitos, pretensiones o expectativas que tienen. Ni siquiera postulo que haya un orden de preminencia de lo numérico sobre otros determinantes o conductas. Lo que sí creo es que, así como atribuirle solo a lo demográfico un peso desmedido es un error, también indudablemente lo es pretender que no tiene ninguno. Un ejemplo histórico muestra su importancia. Hay estudios que se hicieron en España sobre la década de los años treinta del siglo pasado, que fue un período donde la escasez femenina era importante. Los investigadores concluyeron que los varones apuraban el casamiento para evitar quedarse solteros, fenómeno que dio en llamarse matrimonio por anticipación. ¿Cómo funcionaba? Al percibir los hombres que las damas de su edad “no alcanzaban” para todos, buscaban casarse con mujeres unos años más jóvenes, entrando en disputa con sus pares masculinos que tenían unos años menos que ellos.

Vayamos a los números. Lo que habitualmente se utiliza en los análisis demográficos para medir el desequilibrio entre la cantidad de varones y mujeres, es el llamado “índice de masculinidad”, que indica la cantidad de varones que hay por cada 100 mujeres. En la Ciudad de Buenos Aires, el Censo de octubre nos muestra que hay 85,8 varones por cada 100 mujeres, dándonos una primera medida de la escasez masculina.

Utilizando los datos de la Encuesta Anual de Hogares, podemos observar cual es el desequilibrio que existe entre ambos sexos considerando tramos de edad. Así, en el siguiente gráfico se puede advertir que con la excepción del segmento de 15 a 19 años, en todos los demás las mujeres superan en número a los varones, y que estas diferencias se profundizan a medida que se envejece. Pero como decíamos antes, aunque la escasez masculina es sensiblemente mayor en la tercera edad, comienza a aparecer mucho antes. En efecto, las mujeres que tienen entre 30 y 39 años superan en número a los varones de la misma edad en más de 20%, y entre los 50 y los 59 años, esa diferencia se ensancha al 32%.

Gráfico 1: Población por sexo e Índice de masculinidad según tramos de edad. Ciudad de Buenos Aires. Años 2008 – 2009

ImagenFuente: Encuesta Anual de Hogares de 2008 y 2009. Dirección General de Estadística y Censo. Secretaría de Hacienda. Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires.

Empero, ¿son estos datos adecuados para graficar la problemática del mercado matrimonial porteño? Definitivamente no. Lo que hemos mostrado hasta el momento, son meros volúmenes poblacionales por sexo. Pero si se trata de conocer la problemática de los solos y solas, los datos presentados apenas nos muestran la punta del iceberg del fenómeno que pretendemos medir.

Para acercarnos a la verdadera situación de escasez, necesitamos no sólo mirar cuantos varones y mujeres hay en total, sino, además, distinguir entre aquellos que tienen o no una relación de pareja. En tal sentido, tanto los censos como las encuestas de hogares nos permiten identificar a las personas según si viven o no en pareja bajo un mismo techo, independientemente del estado civil que posean. Este punto resulta sumamente importante, porque el estado civil cada vez está menos correlacionado con la convivencia. Basta con afirmar que actualmente se estima que al menos la mitad de las nuevas uniones no pasan por los registros civiles; que se puede seguir casado legalmente pero estar separado de hecho; o que una parte de los que revistan en la categoría de viudos o separados, en la práctica se encuentran unidos de hecho en segundas o ulteriores nupcias .

Si consideramos entonces como solos y solas a todos aquellos que, independientemente de su estado civil, no conviven en pareja, podemos convenir que tenemos ahora una definición mucho más apropiada para estimar el desequilibrio del mercado matrimonial.

Como puede advertirse, observando el gráfico siguiente, si ponemos como condición para participar en el mercado matrimonial que las personas no vivan en pareja, se observa que la escasez masculina aumenta de manera pronunciada. Tomando los mismos tramos de edad que escogimos antes como ejemplo, tenemos ahora que en el segmento de 30 a 39 años las mujeres superan a los varones en más de 45%, mientras que en el de los 50 a los 59 años, por cada varón que no convive en pareja hay casi dos mujeres y media en la misma condición. La línea en verde muestra como, a medida que aumenta la edad, la cantidad de varones disponibles por cada 100 mujeres disminuye abruptamente.

Gráfico 2: Población que no vive en pareja por sexo e Índice de Masculinidad según tramos de edad. Ciudad de Buenos Aires. Años 2008 – 2009

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Fuente: Encuesta Anual de Hogares de 2008 y 2009. Dirección General de Estadística y Censo. Secretaría de Hacienda. Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires.

Aunque los datos que hemos visto recién, representan mucho mejor como afecta la demografía al universo de los solos y solas, aún es necesario dar un paso más. Si bien la cantidad de varones y mujeres que no conviven en pareja nos permite situarnos de manera más próxima al desequilibrio que existe en el mercado matrimonial, aún no estamos contemplando a las personas que no viven en pareja, pero que mantienen una relación estable. Como vivimos en una sociedad monogámica, a esas personas no las podemos considerar disponibles, por lo cual debemos excluirlas de los respectivos bandos de solos y solas.

Entonces, desde esta perspectiva, los solos y las solas son aquellos que no conviven en pareja ni tienen una relación estable cama afuera. Sin embargo, lo que conceptualmente resulta sencillo e inobjetable, es sumamente complejo de operacionalizar. Tenemos ahora un primer obstáculo metodológico serio, habida cuenta que ni los censos ni las encuestas de hogares indagan sobre las relaciones de pareja que mantienen las personas que no conviven bajo un mismo techo. En otras palabras, ninguna fuente de información le pregunta a la gente que no vive en pareja si tiene novio o novia, amante, o cualquier tipo de relación afectivo/sexual con otra persona.

Frente a semejante obstáculo, si queremos avanzar no queda otro camino que echar manos a ciertos supuestos que, como ocurre siempre que no se tienen datos objetivos, son siempre más o menos arbitrarios. En este caso, vamos a suponer que el 50% de los varones que no convive en pareja tiene una relación estable, que en promedio me parece una proporción razonable, aunque seguramente con diferencias importantes en los distintos tramos de edad. Dado que se trata de un supuesto de imposible comprobación, es importante la siguiente aclaración: cuanto mayor sea el porcentaje de los hombres que tienen una relación cama afuera con relación al total de los hombres que no conviven en pareja, el desequilibrio del  mercado matrimonial también se agudiza. 

Al considerar ahora solo a varones y mujeres que no conviven ni tienen una relación cama afuera, la situación cambia mucho. Como se puede advertir en el siguiente gráfico, a partir del tramo que va de los 30 a los 39 años, el desequilibrio ya es notoriamente pronunciado, toda vez que hay más de un 90% más de solas que solos, mientras que en el tramo de 50 a 59 años, encontramos a casi cuatro mujeres que no tienen pareja estable por cada varón que está en la misma condición. Nuevamente, la línea verde muestra cómo, a medida que aumenta la edad, la cantidad de varones disponibles por cada 100 mujeres disminuye hasta niveles bajísimos.

Gráfico 3. Población que no vive en pareja ni tiene una relación afectiva estable por sexo e Índice de masculinidad

según tramos de edad, Ciudad de Buenos Aires. Años 2008 – 2009*

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*Nota: se establece como supuesto que el 50% de los varones que no vive en pareja tiene una relación afectiva estable.

Fuente: Encuesta Anual de Hogares de 2008 y 2009. Dirección General de Estadística y Censo. Secretaría de Hacienda. Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires.

Falta, sin embargo, una vuelta de tuerca adicional. No lo hemos dicho antes, pero este ejercicio apunta a dimensionar el mercado matrimonial heterosexual, lo que implica que no debiéramos incluir, dentro del universo de los solos y solas, a aquellos varones y mujeres que tienen una orientación homosexual. Obviamente, aquí tropezamos con una segunda dificultad metodológica, porque tampoco los censos y encuestas en nuestro país interrogan a las personas sobre si son gays, lesbianas, travestis o transexuales. Tampoco existe ninguna otra fuente que, al menos, nos permita conocer la magnitud del fenómeno, y si es más o menos frecuente en varones o mujeres

Aunque en este caso no realice ninguna hipótesis, me parece importante aclarar que cuanto mayor sea la proporción de gays y lesbianas sobre el total de la población, mayor será también el desequilibrio que genera en el mercado de los solos y solas. En otras palabras, en un mercado caracterizado por la escasez relativa de varones heterosexuales, aunque la incidencia de la homosexualidad masculina y la femenina fuesen idénticas, su existencia tiende a aumentar el desequilibrio en favor de los varones y en perjuicio de las mujeres. Insisto en este punto, porque es moneda corriente escuchar que hay muchos más gays que lesbianas, y que esa sería una de las causas que explicarían por qué hay tan pocos hombres disponibles en el mercado matrimonial. Si eso fuera cierto –no como opina otra corriente que afirma que el lesbianismo es igual de importante solo que está más invisibilizado–, indudablemente estaríamos en presencia de un factor que contribuiría fuertemente a agrandar el desequilibrio. De todas maneras, si ambos fenómenos tuvieran igual importancia, de todas maneras las mujeres tendrán mayores dificultades para encontrar una pareja heterosexual, debido a que son el sexo superavitario.

Estos números, que tienen tanta contundencia, lo que hacen es ponerle magnitudes a un fenómeno que en mayor medida la sociedad percibe. Sin embargo, hay varias cuestiones que merecen ser profundizadas. La primera -y quizás más obvia- es que hablar de un mercado es una simplificación, sino tenemos en cuenta que existe una serie de submercados que resulta fundamental contemplar. Las personas ciertamente tienden a establecer relaciones duraderas con personas con las cuales tienen un conjunto de afinidades. Esto no va de ninguna manera en menoscabo de la química o del romanticismo (que puede estar o no presente en una relación), sino a que antes operan procesos de selección basadas en clases sociales, nivel educativo, edad, valores o creencias religiosas, estereotipos físicos, el estilo de vida y cuidado de la salud, entre muchas otras. Es interesante que estos requisitos no solo son de carácter individual, sino que muchas son establecidos por las familias y los grupos de pertenencia. A las típicas indagaciones familiares sobre “qué estudia, de qué trabaja, qué religión tiene, cuánto gana, en que barrio vive”, en los último años se agregó otra más, crecientemente compleja, que refiere a la orientación política. Ser por ejemplo kirchnerista o macrista (la ideología en general incluyendo cada vez más las cuestiones de género) puede ser, para algunas personas, sus familias o el entorno social en el que se mueven, un factor determinante de exclusión. Es decir, mientras en los gráficos hemos visto relaciones de escasez solamente diferenciadas por la edad, en la práctica los mercados matrimoniales se segmentan por numerosos factores. En la ficción romántica las relaciones suelen salirse de los parámetros esperables: pobres y millonarios se enamoran; personas muy apegadas a religiones distintas y hasta enfrentadas viven sus pasiones a escondidas; eminencias científicas y personas analfabetas descubren que existen otras sabidurías para conectar. Por supuesto que esas relaciones existen, pero son absolutamente atípicas y marginales.  Lo que en verdad sucede es que los “requisitos” que los candidatos tienen funcionan como la intersección en la teoría de conjuntos: de la mayor o menor flexibilidad que se tenga, el mercado de cada persona será mayor o menor; se agrandará o achicará. “Sos demasiado pretenciosa/o; a vos nadie te viene bien”, son las frases populares que describen muy bien a quienes deciden ser fieles a sus expectativas y se quedan con un mercado potencial muy pequeño. Es cierto que a partir de cierto momento de la vida, hay personas mas interesadas en descubrir diferencias irreconciliables, que en encontrar la anheladas coincidencias. Y que también se puede estar muchas veces en presencia de fóbicos, pero ese aspecto mejor es dejárselo a la psicología.

El tema de los submercados nos dice, además, que el desequilibrio general puede ser un dato limitado a la hora de observar lo que ocurre en los segmentos específicos, partiendo de la base de que una gran cantidad de personas tienen tanta posibilidad de emparejarse con otras como el agua con el aceite. En este caso, tenemos algunas precisiones. Por las encuestas conocemos los ingresos de las personas, su nivel educativo, si son o no propietarias de su vivienda. Todos elementos que responden a distintos tipos de solvencias, status, trayectorias y realidad actual.

Estas dimensiones de ninguna manera nos permiten calcular el tamaño que tendrían los submercados, pero si conocer algunas características para aproximarnos a la comprensión de ciertos fenómenos. El nivel educativo es una de las variables más significativas; para algunas personas funciona como excluyente. Al respecto, desde hace ya bastantes años la proporción de las mujeres que comienzan y terminan una carrera universitaria es mayor que la de los varones. Pero más interesante es aún que, cuando la comparación se realiza entre varones y mujeres solas, el diferencial de nivel educativo a favor de ellas, se estira aún más. ¿Por qué? Porque hace ya tiempo las mujeres postergan el casamiento o la primera unión y tener hijos para estudiar, mientras que aquellas que lo hacen más temprano y, en particular las que tienen hijos en edades tempranas, tienden en mayor medida a abandonar los estudios. El resultado es que las mujeres solas le sacan una diferencia de años de estudio a los varones solos, particularmente aquellas que tienen entre 30 y 50 años, lo cual hace veinte o treinta años no sucedía. En tal sentido, para las mujeres con títulos universitarios se les plantea la disyuntiva de flexibilizar o no el requisito de similar nivel educativo. Si no lo hacen, su mercado se restringe, el desequilibrio aumenta. ¿Por qué razón lo flexibilizarían? ¿Solo por amor? ¿Por ganas de estar con alguien? ¿Por resignación? Las razones son muchas; las respuestas particularísimas. Ejemplos parecidos pueden buscarse para los hombres. Para algunos, el mismo ejemplo anterior sirve: ¿en qué medida podrían superar el legado patriarcal y tener a su lado una mujer más educada y exitosa que ellos? 

Cualquier mercado que está en una situación de desequilibrio, tiende a compensarlo a través de una serie de ajustes. Y el mercado matrimonial no escapa a esta regla. Una de ellas, como mencioné en el ejemplo español de hace cerca de un siglo, funciona a través de la edad. Eso en el caso de Buenos Aires se observa muy claramente. La diferencia es muy pequeña entre las parejas que pasan por primera vez por el registro civil (de las uniones de hecho no existe información). En cambio, en las segundas nupcias la brecha se agranda significativamente, por una razón  muy sencilla: como vimos, en las franjas de edad más joven, el desequilibrio es relativamente pequeño. En cambio, en las segundas y ulteriores nupcias, se incrementa significativamente. Cuando esto sucede, los hombres se dan cuenta que tienen mayor posibilidad de elegir mujeres más jóvenes, de hacer valor una suerte de poder de negociación. Esto también explica, porque algunas mujeres que no aceptan esta situación, deciden abrir su búsqueda a varones en ocasiones mucho más jóvenes que ellas. Ligado al anterior, otro dato contundente: los hombres que se separan se vuelven a casar en una proporción mucho más significativa que las mujeres. Pero, además, cuando los hombres reinciden lo hacen en menos tiempo que las mujeres. ¿Eso sucede por su escasez? ¿Es por qué, como suele decirse, que no pueden vivir solos? ¿A las mujeres les cuesta más conseguir una pareja porque hay poco hombres libres? ¿O ya no quieren saber nada con volver a intentarlo? O, también, quizás ambas cuestiones se potencien.

Hay otros ajustes que sugiero más a modo de hipótesis. Las relaciones extramatrimoniales no son por supuesto algo nuevo. Me refiero no a canitas al aire o acercamientos eventuales o pasajeros, sino a aquellas que se prolongan en el tiempo, que tienen cierta “estabilidad”. Muchas veces,  en estas relaciones una de las partes espera salir de la clandestinidad, e iniciar una relación normal. Nuevamente, y sin desdeñar el amor, ¿estas relaciones en cierta medida no podrían deberse a la dificultad de encontrar a alguien plenamente libre? No recibe el varón -quien por lo general es el que está en una relación estable- una señal del mercado de la cual abusa?

Pero no solo es importante pensar en los distintos recortes que las personas se plantean. Hasta ahora hemos supuesto que todas las personas están en alguna relación (casados y unidos; relaciones cama afuera; y hasta amantes con cierta estabilidad), y aquellos que no están, buscan. Pero esto no es así. La búsqueda está precedida por el deseo o la intención, y no todos, por distintas razones, la tienen. Y de ninguna manera ese grupo de desinteresados está restringido a gente muy mayor o con problemas de salud. Hay personas que por distintas razones se colocan transitoriamente o de manera definitiva fuera del mercado, por razones de distinta índole. Una de ellas podría ser en respuesta a una serie de experiencias negativas, en las que el candidato/a percibe que la persona que busca es muy difícil de encontrar, como en el ejemplo señalado de la mujer universitaria que tiene una vida “exitosa”. Cuando digo estar fuera de mercado, me refiero a una búsqueda activa (apps de citas; ir a bailar en plan de conocer a alguien; presentaciones a través de amigos). Pero de la misma manera que alguien que no está buscando trabajo no dejará pasar una gran oportunidad laboral, para los tórtolos potenciales la misma puede presentarse en la góndola de un supermercado o en la parada del colectivo. Estar dentro o fuera del mercado es una decisión tan significativa como rápidamente reversible.

Ahora bien, no hemos dicho nada de las razones por las cuales se producen estos desequilibrios y; en particular, porque se manifiestan de manera tan contundente en la Ciudad de Buenos Aires. Los factores determinantes son la mayor mortalidad masculina y el efecto producido por las migraciones del interior y las internacionales.

Como mencioné arriba, a pesar de que en Buenos Aires nacen más varones que mujeres, ese diferencial rápidamente comienza a compensarse por la mayor mortalidad infantil y de menores de cinco años. Luego, a lo largo de la vida, y en todas las edades, la mortalidad masculina siempre es más elevada, razón por la cual la esperanza de vida de las mujeres es unos siete años mayor que la de los varones. Por ejemplo, en edades jóvenes, los accidentes, la violencia y las enfermedades cardiovasculares, son algunas de las causas de muerte que comienzan a minar el número de hombres con relación a las mujeres.

Asimismo, Buenos Aires es una ciudad que atrae más mujeres que varones del interior y del exterior del país, mientras que estos últimos la abandonan en mayor medida en busca de nuevos rumbos. En el caso de las migraciones internas, lo que también ocurre es que, de las mujeres que llegan para estudiar y/o trabajar, son muchas (en comparación con los varones) que deciden no regresar a sus lugares de origen, a pesar de que originalmente ese no era el plan. ¿Por qué? Las mujeres en el interior se casan y tienen hijos hasta cuatro años antes que en Buenos Aires; en los mercados de trabajo de muchas profesiones hay mucho más machismo y discriminación de género, la cultura es mucho más patriarcal; en muchas ciudades y pueblos los controles y mandatos sociales, como casarse, siguen siendo fuertes. Todas esas situaciones son percibidas por muchas chicas como inhóspitas. Es mejor quedarse en Buenos Aires, una ciudad en la que la libertad de hacer y no hacer es enorme, y donde a nadie le cuestionan su modo de vida.  En cambo, para un varón esas restricciones tienen mucho menos relevancia, lo cual explicaría porque ellos vuelven en mayor medida que ellas.

En síntesis, las dificultades asociadas a encontrar una pareja  después de los 30 años, no se deben solo a factores psicológicos o sociales, sino también demográficos. Como dije, nadie se encarga de medir lo que sucede en el mercado matrimonial. ¿Por qué sería de interés medir algo sobre lo cual  no se puede incidir? El estado de hecho interviene en los mercados para regularlos: establece un salario mínimo, leyes de alquileres, la operatoria en el mercado de valores, indemnizaciones por despido.  Resulta interesante pensar cuáles podrían ser las maneras en las que el estado podría intervenir en el mercado matrimonial, con qué objetivos, como podría corregir los desequilibrios mencionados.

De cualquier manera, los datos aquí mostrados no deberían desanimar a las mujeres ni hacer que los hombres nos durmamos en los laureles. Al fin y al cabo, las estadísticas sólo muestran tendencias y la suerte de cada uno de los porteños se construye a partir de su propia historia. Después de todo, en el mercado de los afectos todos los días se realizan nuevas operaciones y, claro está, la competencia está lejos de ser perfecta.

*Agradecimientos

A Paulina Seivach por sus valiosos comentarios. A Marianela Ava por el empeño y la paciencia para procesar los datos aquí presentados.